ACONTECIMIENTO

Zacarías de la Cruz y el escopetazo

UNA EXPLOSIÓN QUE VOLÓ EL VIDRIO DEL VEHÍCULO CONGELÓ LA REALIDAD DE AMBOS PASAJEROS

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José Miguel Soto JiménezSanto Domingo

2 DE 4SANTO DOMINGO.- Eran las diez y cuarto de la noche cuando Zacarías de la Cruz, conductor personal de Trujillo, le dijo a su jefe que tenía un vehículo a oscuras pegado a la “cola”. Habían pasado más de un kilómetro de la Feria Ganadera cuando el “Jefe”, haciendo por instinto o curiosidad lo que haría usted o lo que haría yo, volteó la cabeza, para verificar lo informado por el espacio central que dejaban libre para la observación los dos paños de cortina que cubrían desde ambos lados el cristal trasero. De pronto, una explosión que voló el vidrio congeló la realidad de ambos pasajeros, metiéndolos en un laberinto de atmósfera enrarecida, donde la historia, el espanto y la muerte se daban la mano. Según expresara Zacarías ante el juez de instrucción, en su declaración del 21 de julio de 1961, “luego de haber avanzado un kilómetro después del último poste del alumbrado eléctrico (de la pista de San Cristóbal), repentinamente sentí un disparo desde un carro que iba detrás de mí con las luces apagadas”. “Al mismo tiempo que sentí el disparo, que presumo de escopeta por la enorme detonación, pude darme cuenta que el mismo vehículo que presumo nos perseguía, encendió las luces y volvió y las apagó. Para el 6 de septiembre, en un interrogatorio en la “Aviación Militar Dominicana” (recientemente dado a la luz pública por el investigador Víctor Grimaldi), la versión se repite adornada con otros detalles: “Después que pasamos el lugar donde se encuentra instalada la Feria Ganadera y al final del tendido eléctrico de aquella zona, a un kilómetro de este último punto aproximadamente yendo el vehículo conducido por mí a una velocidad de unos 90 kilómetros por hora, sentí la detonación del primer disparo en dirección a mis espaldas”. En noviembre del 1964, en declaración notarial efectuada en Madrid, Zacarías pudo recordar una versión un tanto más estructurada en cuanto al estilo, posiblemente ayudado por el notario u otras fuentes: “Al llegar a la altura de los kilómetros 8-9, de repente escuchamos una explosión que, momentáneamente, me pareció como conductor del vehículo, que se trataba de un reventón de uno de los neumáticos, pero no fue así. De un auto marca Chevrolet, color negro, que nos seguía, fue disparada una ráfaga violenta de balas”. Luis Salvador Estrella, el único ocupante del carro perseguidor que sobrevive para ser interrogado varias veces, (ya que Imbert, conductor del auto estaba prófugo) afirmó en la fiscalía, en junio del 1961, que: “Emprendimos desde un principio la persecución del automóvil que conducía al “Jefe”, (desde el Teatro Agua y Luz), y le dimos alcance aproximadamente un kilómetro después de la “Feria Ganadera”, en la autopista de Ciudad Trujillo a San Cristóbal. Al rebasarle al automóvil Chevrolet que conducía al “Jefe”, Antonio de la Maza le disparó un tiro con la escopeta (calibre 12) deteniéndose el carro en el que iba el “Jefe” inmediatamente”. El 6 de septiembre de 1961, en la Base Aérea de San Isidro, en unos interrogatorios ordenados por Ramfis, el valiente contratista santiaguero afirmó: “Le dimos alcance luego de pasada la “Feria Ganadera”, y de la Maza Vázquez le disparó al pasarle por al lado con una escopeta. A mí me sorprendió cuando él tiró. Yo ni siquiera llegué a distinguir con que tiró de la Maza. Digo que fue con una escopeta porque él me lo aseveró posteriormente. Tan pronto como sonó la primera detonación, el carro del “Jefe” se detuvo”. Si nos llevamos del último testimonio escrito de Zacarías en 1964, e interpretando lo que él llama, para referirse al escopetazo “la ráfaga de disparos”, entonces podríamos deducir que hubo después del primer disparo otras detonaciones, lo que abre la posibilidad de la acción de Amadito, situado en el asiento trasero derecho del perseguidor, exactamente detrás de De la Maza Vázquez, en perfecta posición de tiro con su carabina M-1, y que ciertamente secundó la acción primera del mocano. PruebasEsta deducción se transforma en un hecho, cuando se contrasta con los datos del estudio forense, alimentado por las interesantes pruebas que demuestran las fotografías tomadas por el Caribe al carro del déspota de San Cristóbal, que arrojan afortunadamente, ante la desaparición del vidrio trasero, unos paños de cortinas delatores, donde quedaron lacrados los disparos y, sobre todo, la agrupación de las municiones (balines) del único tiro de escopeta, efectuado por Antonio de la Maza, cuyas huellas están claramente estampadas en el borde de la parte izquierda central de la cortina izquierda. La concentración de los balines, que se ve ennegrecida por el quemón, evidencia cómo se abre ligeramente el impacto hacia la derecha, hablándonos de la distancia corta desde la que se hizo el disparo de esta escopeta 12 de cañón recortada. Está claro que el arma interrumpida pudo tener una falla de funcionamiento después del primer disparo, no sólo por la incómoda posición de tiro ya que Antonio de la Maza era zurdo, sino porque los cartuchos fueron preparados, recargados y modificados. En ambos paños de la cortina aparecen también los disparos del arma de García Guerrero quien, creemos, secundó esta acción y, si damos crédito a la secuencia que aparece en los relatos de Zacarías, hirieron al chofer en el “hombro derecho” por primera vez. Aunque no podemos asegurar lo aquí señalado, sí podemos comprobar que fue un balín de la escopeta de De la Maza el que hirió a Trujillo por primera vez, dentro de su carro, en la barbilla, no sólo por la circunstancia de la agrupación de los balines ya señalada y la acción de la víctima de mirar hacia atrás, justo en el momento preciso del disparo, sino por las características de la lesión del cadáver: “pequeña y redonda en el mentón”, junto al hecho incontrovertible de que su puente dental apareció dentro del carro. Hemos consultado a varios facultativos y técnicos en la materia, sobre la posibilidad de que haya sido otra arma, pistola, revólver o carabina la causante de la herida, respondiéndonos, que cualquier otra arma hubiese causado destrozos mayores. Ante el hecho infortunado de que al dictador no se le practicó una autopsia, debemos reparar también en el informe que rinde el general González Cruz a la justicia en 1961, que habla de esa lesión, referencia que se nutre como todas las demás, del reconocimiento superficial hecho por el doctor urólogo Abel González, médico militar, misionado por el general González Cruz para que preservara el cuerpo del “generalísimo” para las exequias oficiales. Son las fotos detalladas del Caribe del interior de la parte trasera del auto, estudiadas en computadoras, las que de igual forma nos permiten esclarecer las consecuencias del primer disparo, por la cantidad de sangre chorreada que en ellas aparecen, en el espaldar del asiento delantero como si Trujillo, herido y aturdido, se hubiese agarrado de este asiento y, balbuceante, le dijera a su chofer que se detuviera porque estaba herido. Otra inferencia que podemos hacer de estas fotos es el rastro de sangre que va dejando el dictador herido en todo el recorrido de esta posición hacia la puerta trasera derecha que llega hasta el marco inferior de la puerta y al estribo, según las muestras. Zacarías, en su primer testimonio del 21 de julio de 1961 nos dice que: “Que segundos después” del primer disparo “el “Jefe” me expresó: Estoy herido, coge la ametralladora y párate a pelear”. El 6 de Septiembre de 1961 en la Aviación militar Zacarías expresa que el “Jefe” le dijo primero: Zacarías yo me siento herido, agregando tiempo después: “coge la ametralladora, vamos a pelear, que estoy herido”. Más pruebasEn su declaración de Madrid, Zacarías refirió que Trujillo, después del escopetazo, le dijo: “Zacarías, párate a pelear que estoy herido”. Ante el fiscal del distrito en junio de 1961 Cedeño y Huáscar dicen en sus declaraciones que vieron y oyeron el fogonazo y el estruendo del escopetazo desde su posición, cosa que les confirmó la identificación del perseguidor en ausencia de la señal de luces convenida. Sea cual fuera la frase empleada para esta orden, es claro que Zacarías tuvo la intención de no acatarla, ya fuese para salvar “al viejo” como se ha dicho, o para salvar el pellejo de una agresión que necesariamente comprometía su integridad. Fue la primera vez que pensó e intentó desobedecerlo, a pesar de que era un hombre muy disciplinado y que en toda su vida militar le habían repetido miles de veces la frase aquella de que, “el superior siempre tiene la razón y más cuando no la tiene”. En las declaraciones del 21 de julio de 1961 para narrar porqué se paró finalmente, después que redujo la velocidad y rejugó con el guía para evitar un rebase por la derecha, donde fue tiroteado de nuevo, esta vez por los ocupantes del lado derecho del perseguidor, que entonces lo rebasó por la izquierda, recibiendo una lluvia de balas. Cuando por el rebase puerta a puerta Zacarías pudo percatarse del número de los perseguidores, ante la insistencia de Trujillo de que se parase, es que puede articular respuestas para el Jefe: “Entonces yo le contesté” dice él: “Jefe son muchos, vamos a ver si nos vamos que quiero salvarlo. Él volvió a repetirme, coge la ametralladora y vamos a pelear que estoy herido”. Agregando luego que: “en estos momentos en que frenaba trate de virar el carro nuestro hacia ciudad Trujillo, desviándome hacia la izquierda, quedando nuestro vehículo ubicado con el frente izquierdo ligeramente introducido en la grama central de la autopista”. En San Isidro, el seis de septiembre de 1961 Zacarías es mucho más claro cuando narra ese evento: “Pero cuando traté de continuar la marcha, inmediatamente el “jefe” abrió la puerta trasera derecha y se tiró fuera del vehículo, lo que dio motivo a que me viera precisado a detenerme”. En 1979, siendo yo primer teniente y ayudante personal del general Ramiro Matos, entonces jefe de Estado Mayor del Ejército, escuché al mayor retirado Zacarías de la Cruz decirle al jefe militar e historiador que él no se devolvió para la capital porque Trujillo, diciéndole lo que le dijo, abrió la puerta y puso pie en tierra. Lo mismo me dijo en mi despacho, siendo yo secretario de estado de las Fuerzas Armadas, el abogado y hoy senador de la República Don Prins Pujals, quizás por razones muy particulares el último depositario del testimonio de Zacarías de la Cruz. Pienso que sin tratar de buscarle la quinta pata al gato el escopetazo de Antonio de la Maza se parece mucho, guardando las distancias históricas, al trabucazo de Matías Ramón Mella, no sólo por lo propiciatorio, sino por lo definitorio. Sobre todo si reparamos en las declaraciones de Huáscar en San Isidro, que nos refieren al hecho de que habían implicados en el atentado que creían en un secuestro y no en la eliminación física del déspota, cosa que trae al ruedo el asunto de venganza personal a la que se refiere Huáscar de forma airada. El día 9 de junio de 1961 Pedro Livio Cedeño declaró, desde su lecho en el hospital militar Doctor Miguel Brioso Bustillo, que el “sólo conocía parte de la trama, y el plan no era matar a Trujillo, sino secuestrarlo y obligarlo a abandonar el país”. Antonio de la Maza, siendo el que mejor conocía a Rafael Leónidas Trujillo, al margen de que deseara vengar la muerte de su hermano Octavio, sabía que semejante estratagema era imposible, porque ese hombre nacido para mandar no era secuestrable.

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