Enfoque

¿Peruanización o gobernabilidad y desarrollo?

“Vale más un mal acuerdo que un buen pleito”. Sabiduría popular

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GEDEÓN SANTOSSanto Domingo, RD

La peruanización se refiere a la incapacidad de la clase política para ponerse de acuerdo en aquellos puntos que permitan una gobernabilidad duradera y un desarrollo sostenido, llevando a la nación a la confrontación permanente y al eterno conflicto sin solución; y arrastrando en sus vendettas a las instituciones del Estado y a la sociedad en general.

La política destructiva En Perú, la clase política, incapaz de controlar sus impulsos primarios, ha llevado al país a un círculo pernicioso de política destructiva: han desacreditado la política, han atomizado a los partidos, han institucionalizado la venganza, han judicializado la política, han politizado al poder judicial, han desajustado la economía y han sembrado la desconfianza y la apatía en amplios segmentos de la población.

Han llegado a creer, que tanto el ascenso como el mantenimiento en el poder depende de la destrucción de sus adversarios y no de la búsqueda de sus propios logros históricos. Ignorando las enseñanzas de la historia, los líderes peruanos han olvidado que en política, la forma más sustentable de consolidarse en el poder consiste en hacerlo mejor que sus antecesores, pues los pueblos, cuando tienen un presente bueno y un futuro prometedor, no miran al pasado.

No han comprendido los políticos peruanos, que es difícil matar y sepultar los liderazgos en nuestra región, pues la historia nos ha enseñado, que todo el que ha gobernado en América Latina, sin importar si lo ha hecho bien o mal, puede volver a gobernar; ya sea él mismo, o a través de sus partidarios, o a través de sus hijos o incluso a través de sus esposas. Sólo hay que ver los casos de Alan García, José Figueres, Mireya Moscoso, Cristina Fernández de Kirchner, Joaquín Balaguer o Álvaro Uribe, para sólo poner algunos ejemplos.

En Perú, la persecución y encarcelamiento del expresidente Alberto Fujimori terminó con él, pero no con el fujimorismo, pues aunque su partido no quedó con la fuerza para ganar, si quedó con la suficiente fuerza para hacer perder y para desestabilizar, debido a que su paso por el poder los dejó con profundas raíces en una parte del electorado, y con sólidas influencias en las fuerzas económicas, militares, judiciales y congresuales del país, lo que le ha permitido seguir gravitando en forma determinante en la vida política peruana. En las pasadas elecciones su hija Keiko, estuvo muy cerca de convertirse en presidenta, confirmando la constante histórica de que no hay “muertos políticos” en América Latina.

La judicialización de la política y viceversa Por su parte, el sistema semipresidencial consagrado en suConstitución ha favorecido las distorsiones de la política peruana. En Perú, el Congreso es capaz de “vacar” a un presidente con la misma ligereza que un fiscal somete a un funcionario o a un dirigente político. La figura de la vacancia y de la censura, al permitir que la permanencia de un presidente y su gabinete dependa de la discreción del Congreso, desnaturalizó el carácter presidencialista del régimen peruano, haciendo de la institución presidencial un organismo débil, instrumento de las guerras de intereses de los grupos de poder.

Asimismo, debido a la eterna confrontación entre el Congreso y el Ejecutivo y al descrédito de ambos, una cantidad importante de decisiones sobre políticas públicas que deberían ser parte de acuerdos políticos, terminan en el despacho de un juez o de un fiscal, lo que le ha dado un inusual poder al sistema de justicia peruano, haciendo posible la “judicialización de la política”. Entonces, como algunas políticas públicas y la suerte de muchos servidores públicos está ahora en manos de jueces y fiscales, todos los políticos buscan controlar o influir en este poder del Estado, lo que ha devenido en la “politización de la justicia”. La politóloga peruana Pamela Loaiza Díaz dice al respecto: “Al remplazar jueces y tribunales a políticos, estos últimos buscan influenciar en los nuevos decisores, y por lo tanto, lo judicial termina politizándose”.

La paradoja entre justicia y política La paradoja entre justicia y política consiste en que mientras la buena justicia debe ser ciega, la buena política ha de ser visionaria. El cumplimiento ciego de la ley, sin enmarcar las decisiones judiciales en un contexto amplio del Estado, puede llevar, a que una conclusión justa, termine siendo un obstáculo al desarrollo, a la gobernabilidad o a la propia justicia. Es por ello que la mejor justicia es aquella que va de la mano de una amplia visión del Estado y de una correcta estrategia nacional de desarrollo. Perú, ha sido un pésimo ejemplo en la gestión correcta de esta paradoja.

Todas estas distorsiones en el sistema político peruano se pueden relacionar con el hecho de que en este país, presionados por poderes extranjeros y por la sociedad civil, han querido copiar modelos institucionales de democracias maduras, que cuentan con Estados ricos, poblaciones educadas y con economías desarrolladas; y que para llegar a donde están, pasaron por las mismas falencias democráticas, políticas e institucionales que nuestras naciones pasan en la actualidad. Y además, a que muchas de las llamadas reformas institucionales no se correspondían ni con el nivel de desarrollo, ni con la idiosincrasia del pueblo peruano. En Perú, la historia ha demostrado, que los saltos, cuando no se tienen los recursos y el entrenamiento adecuado, pueden ser mortales. Al final, la negociación y el acuerdo, figuras esenciales para la democracia y el desarrollo, fueron sustituidas en Perú por la confrontación y la revancha infinita que han llevado a la justicia a todos sus presidentes electos en los últimos seis lustros y han parido cinco gobernantes en los últimos cinco años.

Los pactos “incómodos” dominicanos Contrario a lo que ha pasado en Perú, en la República Dominicana, luego de la Guerra de abril de 1965 y de los convulsos 12 años del doctor Joaquín Balaguer, hemos logrado 40 años de estabilidad política, crecimiento económico y una relativa paz social. Una nación de éxito se diferencia de una fracasada por su capacidad para trazarse metas y prioridades y ponerse de acuerdo para ejecutarlas. Y eso fue lo que hicieron nuestros líderes. En las crisis post electorales de 1978, 1986, 1990 y 1994 sacrificaron lo ideal para lograr lo pragmático, cedieron lo deseable para lograr lo posible y pusieron el desarrollo y la unidad de la nación por encima de los deseos de justicia o de venganza. La diferencia de éxito entre Perú y la República Dominicana en la historia reciente consiste en que mientras ellos han tenido “buenos pleitos” en aras de la “justicia”, nosotros hemos logrado “incómodos” acuerdos en aras de la gobernabilidad. En nuestro país, la clase dirigente ha sido capaz de lograr transiciones democráticas complejas sin mayores traumas, ha tenido la inteligencia de compartir el poder con diferentes sectores ya sean económicos o sociales; y ha demostrado una inusual destreza en crear amplias alianzas partidarias y de gobierno que han sentado las bases de la larga gobernabilidad que hemos gozado en los últimos decenios.

Aún con nuestras falencias y errores hemos mantenido un sistema de partidos sólido, con líderes de experiencia que han sido capaces de ponerse de acuerdo en los momentos más cruciales de la vida del país. Sin embargo, es lamentable que a veces, atrapados en nuestro propio pesimismo no reparamos en lo exitoso que hemos sido como nación, si nos comparamos con la mayoría de los países de la región.

¿Peruanización o desarrollo? En la República Dominicana estamos en una especie de punto de inflexión, en el que tenemos la posibilidad de continuar el camino del acuerdo y la concertación donde hemos sido exitosos, o caer en la “peruanización” de la política dominicana, donde el presidente entrante no podrá gobernar y el saliente no podrá descansar, llevando al país a una estéril confrontación entre líderes, quienes arrastrarán con ellos a las fuerzas políticas, económicas, sociales, militares, mediáticas e internacionales que les siguen. Con lo que corremos el riesgo de desequilibrar el país y detener el proceso de crecimiento y desarrollo que emprendimos hace más de 30 años y que, aunque algunos se resistan a aceptarlo, es la envidia de la región.

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