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La República domingo, 26 de abril de 2020

Enfoque El dedo en el gatillo

En defensa de Emilio Zola

  • En defensa de Emilio Zola

    Desde 1897, Emilio Zola se implicó en la defensa del capitán Alfred Dreyfus, un militar francés, de origen judío, culpado de espía. Portada de “La taberna”, una de susnovelas.

  • En defensa de Emilio Zola
Luis Beiro
Editor de Lecturas de domingo

 La Francia del siglo XIX mostró continuidad cultural. La literatura encendió las artes y la música. Nombres co­mo Gustave Flaubert, Honore de Balzac, Alphonse Daudet, Guy de Maupassant , los hermanos Gon­court y Paul Alexis, entre mu­chos otros, daban de qué hablar. Todos eran amigos de Emilio Zo­la (Paris, 1840-1902), un escri­tor formado en librerías. Había abandonado sus estudios de ba­chillerato para no ser una carga familiar. Y jamás volvió a sentar­se en un pupitre.

A los 31 años, deslumbrado ante las novelas de Balzac, ideó un proyecto similar a la “La co­media humana”. Intentaba di­bujar la historia natural y social de una familia bajo el segundo imperio. Con el título de Rou­gon-Macquart, publicó unas 20 narraciones, algunas muy acla­madas por sus índices de venta como “Naná”, “Germinal”, “La taberna” y “Teresa Raquin”. Ese proyecto le otorga el liderazgo de un movimiento singular, bau­tizado “Naturalismo”. Quienes lo secundaron eran autores de tercera categoría.

Las novelas de Zola no fue­ron un dechado de virtudes es­téticas. Carecían de orfebrería; su lenguaje era más sociológico que libresco. Sus personajes sur­gían de sectores marginales. Sus historias, siempre conducían a la redención o al fracaso frente a las injusticias sociales. No abundaba en los vericuetos del ser.

Desde la joven devenida en li­bertina por su falta de perspectiva humanista, hasta el obrero de las minas aglutinador de voluntades contra propietarios inescrupulo­sos aquellas novelas eran el grito en busca de una salida popular a tales atropellos.

Era, en síntesis, lo que el propio Zola consideró como «novela ex­perimental», una narrativa dedi­cada a explicar las causas de los males sociales desde postulados positivistas. De ahí que la novela naturalista tuviera como centro el examen de la sordidez y de las la­cras sociales. Su propósito era pro­vocar el escándalo en determina­do contexto, sin fijarse mucho en la hondura de sus personajes ni en el nivel de su escritura. Y lo logró durante unos 20 años.

Si Balzac logró captar el alma de Francia a través de persona­jes multicordes, llenos de colores y conflictos internos, Zola se pro­puso la pincelada externa, la mi­rada “natural” de oprimidos con­tra opresores, el discurso ético y el sufrimiento popular por enci­ma de la implicación creativa. Eso puede explicar que en este nue­vo contexto las novelas de Balzar, y Flaubert, así como los cuentos de Maupassant acusen niveles de reimpresiones superiores a los tex­tos de Zola.

Su grandeza

La importancia de Emilio Zola sobrepasa la literatura. Su voca­ción de justicia y su defensa a las libertades individuales lo consa­gran. Ninguno de los literatos de su tiempo pudo tan siquiera igua­lar su hazaña a pesar de escribir li­bros mucho más celebrados que los suyos.

Desde 1897, Emilio Zola se implicó en la defensa del capitán Alfred Dreyfus, un militar fran­cés, de origen judío, culpado de espía.

El escritor lo defiende a raja­tabla. Y apoyó la causa de los ju­díos franceses. Publicó varios ar­tículos, bajo la conocida frase “la verdad está en camino y nadie la detendrá”. El gobierno lo tiene en la mira. Por sus escritos, su­fre el vejamen y la bulia. Pero esas ofensas solo determinaron el ascenso de su reclamo a favor a Dreyfus. La publicación de una carta al Presidente de la Repú­blica con el título de “Yo acuso”, en la primera plana del diario La Aurora, en 1898, tuvo una tira­da de trescientos mil ejemplares. Su escrito fue considerado como un libelo. Ante la presión social, la justicia no tuvo más remedio que acudir a una farsa: revisar el proceso de Dreyfus. Pero como aquel juicio no tuvo éxito algu­no, el verdadero traidor, el co­mandante Walsin Esterhazy, fue absuelto en un Consejo de Gue­rra el 10 de enero de 1898.

En otro proceso al vapor por los supuestos delitos de difama­ción e injuria, Emilio Zola fue condenado a un año de cárcel y a una multa de 7500 francos, que pagó su amigo y escritor Oc­tave Mirbeau.

Para no ir a prisión, Zola se exi­lió en Londres. A su regreso, un año después, reunió en el diario La Vérité en marche sus artículos sobre el caso Dreyfus.

Se emitió una sentencia que anuló el juicio de 1898, sin reen­vío para realizar uno nuevo. Se acordó la rehabilitación del capi­tán, decisión inédita y única en la historia del derecho francés. Tras su reinserción en el ejército, a Dre­yfus se le otorgó el cargo de co­mandante.

Su estoicidad ciudadana consa­gró social y políticamente a Emilio Zola. Pero ya nada quedó de aquel escritor “naturalista”. Su final no fue feliz: estaba en la ruina. Sus pocos bienes fueron intervenidos. Fue también atacado por medios muy influyentes y, ante ello, nada pudo hacer.

Murió como los inmortales: so­lo y olvidado. El misterio de su muerte está aún sin resolver. Unos alegan el suicidio, y otros el cri­men. Pero ese es un tema ajeno al mundo literario. ¿O no?.