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La República domingo, 25 de septiembre de 2016

ENTREVISTA

José Mármol: La poesía es muchas cosas y nada. Incluso, llega a ser lo que nunca será

NUESTRO AUTÉNTICO PORVENIR Y NUESTRA VIABILIDAD COMO NACIÓN ESTRIBAN EN LA LUCHA A FAVOR DE LA EDUCACIÓN. UNA EDUCACIÓN DE CALIDAD, QUE PUEDA GANAR LA BATALLA A LA IGNORANCIA

  • José Mármol: La poesía es muchas cosas y nada. Incluso, llega a ser lo que nunca será
Néstor Medrano
Santo Domingo

José Mármol es, sin lugar a dudas, un  referente de la literatura dominicana desde hace décadas. Si bien la poesía y la obra filosófica de este pensador han trillado un largo camino, forjadas de conceptuosidad y del magma que ha atravesado fronteras, de él hay que decir que es la figura descollante de la llamada generación de los ochenta, que tantos buenos partos literarios generó para bien de nuestra poesía, fundamentalmente. Joven y con una trayectoria caudalosa en términos de producción, recibió el Premio Nacional de Literatura que adjudican la Fundación Corripio y el Ministerio de Cultura, hasta ahora el lauro más prestigioso del país, al igual que el Premio Casa América de Poesía, que ya de por sí lo catapulta en términos de proyección y nos habla de una República Dominicana con autores de categoría universal.

En esta entrevista se destacan dos aspectos: José Mármol es un intelectual terminado en todo lo que respecta a las ideas, a los fundamentos de esas ideas y a las convicciones que pueden plantear esas ideas en determinadas coyunturas. Y un segundo aspecto es que no rehúye a temas. Responde preguntas difíciles, con una altura desbordante y leerlo, es un estímulo más que para las generaciones asentadas en el trono de su confort, para las nuevas generaciones inquietas, que se sacuden y hormiguean buscando nuevas fuentes de donde abrevar.

Nos recuerda aquellos años que los poetas de los ochenta recordarán, algunos con dolor, otros con inquina y otros con el placer de haber conformado una generación sólida, que es hoy la que más sobresale en ese mar proceloso donde todavía gravitan hombres y mujeres de la generación de posguerra, del interiorismo y esa crisálida a veces especial y otras veces mancornada por rarezas especiales de los autores de los noventa y los de ahora.

     “Yo, en cambio, opté por ser ecléctico y crítico, y pude leer, al mismo tiempo, a Feurbach, Marx, Engels, Lenin, Trotsky, Gramsci, Mao, Min, y también a Kant, Hegel, Popper, Anderson, Deleuze, Foucault, Bachelard, Sartre, Heidegger y Nietzsche, entre otros. Si bien fui lastimado, afortunadamente, no sé guardar ni cultivar rencor. Asumí la responsabilidad, sobre la base de la convicción, de promover la literatura como un compromiso con la creación a partir del lenguaje. Todo lo demás era y sigue siendo accesorio”, dice José Mármol al hablar de ese momento del Taller César Vallejo.

      José Mármol nos habla de crítica literaria, la asume desde todos los puntos sin complacencias ni benignidades gratuitas, nos dice:

“Tenemos académicos que se han formado al amparo de determinadas escuelas o corrientes críticas de renombre en Europa o Estados Unidos, pero que, salvo muy contadas y meritorias excepciones, no han hecho más que alinearse a esos preceptos y repetirlos a su modo, sin ser capaces de fundar un nuevo pensamiento, una nueva visión, una nueva mirada creativa sobre lo literario, para abrir con ello un espacio a la crítica con criterio. Ahora bien, la crítica es parecida a la novela, en el sentido de que necesita de una industria editorial que la desafíe, de unos medios de comunicación que la hagan parte suya y de una vida académica que trascienda el adocenamiento repetitivo de lecciones entumecidas en folletos rancios y grasientos. Por si fuera poco, en nuestros intelectuales y escritores no hay lugar para el disenso. Si ejerces la crítica, con respeto, pero, con libertad de criterio, y lo que cuestionas no es del agrado del autor, entonces te granjeas un problema de tipo personal. Puedes ser llamado a duelo, porque la prepotencia narcisista de quien ha cometido un libro no tolera el que disientas de su creación. Es un tema muy complejo, cuyo círculo vicioso no convertiremos en virtuoso hasta tanto entendamos que es un error tratar de reducir a priori un objeto concreto de lenguaje, como es la obra literaria, a un concepto o una serie de preceptos categoriales, a veces convertida en parafernalia abstracta”.

De este tema y de otros de mucho impacto, nos habla José Mármol.

A continuación La Entrevista:

Hubo un José Mármol, narrador y poeta argentino, de la generación del 1837, autor de una novela emblemática, Amalia que combatió la dictadura de Juan Manuel Rosas, ¿qué tipo de dictadura le ha tocado enfrentar al José Mármol dominicano, de la generación de los 80?

JM: Además de la tiranía que sobre mí ejerce mi aprendido sentido de la responsabilidad, porque fue un valor inculcado por mis padres y maestros, también la disciplina se me ha vuelto una rutina esclavizante que, como política de vida cotidiana es, al fin y al cabo, caprichosa, aunque placenteramente, dictatorial. Ahora bien, la verdadera y despiadada dictadura es la que sobre el ser humano actual ejercen la sociedad y cultura del rendimiento en el tiempo laboral y la práctica del consumo, que han fulminado el ocio creativo y al homo ludens, para reducirnos a la tiranía de la eficiencia, la productividad y la alienación por lo banal y superfluo, que por falta de diferenciación y espíritu crítico en el sujeto digital, el desdichado homo savants, nos ha conducido al burdo homo laborans, un reducto desechable del tránsito de la producción al consumismo delirante y de la revolución digital. Se trata, pues, de la dictadura de nuestra modernidad tardía, la revolución tecnológica y digital, y las relaciones de producción del siglo XXI; una dictadura en la que el sátrapa es, contra sí mismo, cada uno de nosotros en sacrificial ejercicio de autoexplotación sin horario, autovigilancia y pérdida de libertad, en detrimento de la riqueza del espíritu y del vínculo humano con el otro y por el otro. Laboro, luego existo, es la nueva máxima de la posmodernidad y la globalización de la desigualdad y el sufrimiento humanos.

¿Qué es la poesía?

JM: La poesía es muchas cosas y nada. Incluso, llega a ser lo que nunca será. Desde el ver con asombro donde los demás ven con costumbre, de Borges; la ética de la forma en Valéry; el acto de comunión, en Paz; la palabra esencial en el tiempo, de Machado; el caracol nocturno en un rectángulo de agua, de Lezama; el arma cargada de futuro, de Celaya; el agua que casi no se ve en el vaso, pero, que pone de un lado el mundo y del otro lado, casi nada, de del Cabral, hasta aquello que hace que no ocurra nada, según el credo de Auden, o la percepción infinita de las cosas, según Blake; o bien, como en Hölderlin, aquello que sobrevivirá como único testimonio del ser humano sobre la tierra y el espacio. La poesía es un ser siendo. El poema, en cambio, es un hecho concreto de lengua y cultura, en cuya pluralidad de sentido y multivocidad se registran, y quedan trascendidos, el individuo creador, la sociedad, la lengua-cultura y la época que le vieron nacer.

¿Lenguaje del mar es el libro o lo es Deus ex Machina, o lo fueron El ojo del arúspice, o tal vez La invención del día? ¿Por qué?

JM: Cada uno de ellos es, en sí mismo, el libro que es, en función de lo que su autor se planteó como apuesta creativa. Responden a estrategias estéticas, discursivas y conceptuales o imaginativas específicas; es decir, propias del momento particular de un proceso y una evolución inventivos a través del lenguaje y el pensamiento poéticos. Eso sí, con un denominador común: la preeminencia del lenguaje en el fenómeno poético. Ahora bien, la relevancia o trascendencia de un determinado libro, así como su jerarquización en la trayectoria de un autor, serán responsabilidad del lector, su tiempo y su cultura. Nunca de su propio creador. A mí solo me interesa el proceso de génesis del poema y del libro; su propia biografía como hechos de lenguaje, al igual que su valor como mercancía no merecen mi atención.

¿Cuando un poeta criollo ha obtenido galardones tan importantes como el Premio Casa América de Poesía (Lenguaje del mar 2012) y poco tiempo después es consagrado con el Premio Nacional de Literatura, que convocan la Fundación Corripio y el Ministerio de Cultura, el más alto galardón a la trayectoria de un autor en el país, queda algo más qué dar?, ¿no se debilita el ser creativo?

JM: Los premios son, en cualquier esfera humana, reconocimientos importantes que, en mi caso, he recibido con gratitud y humildad. Sin embargo, he tenido muy claro, desde mis primeros años como perpetuo aprendiz de la poesía, que en ellos no tiene lugar el acontecimiento,  sino, más bien, la contingencia. Una obra puede o no ser premiada, y su valor no se medirá por esa probabilidad. Igual pasa con la trayectoria de un escritor o un creador. Más premios no equivalen a más calidad, como más tiempo no equivale a más eternidad. Los premios no deben agotar la energía creativa de un autor. Por el contrario, han de estimularla. La de la literatura no es una carrera de velocidad, sino, de resistencia. En mi caso, suelo competir contra mí mismo. Trato de superarme en cada nueva empresa; aunque quizás no lo consiga. ¿Se debilita el creador por ser premiado? Sí, solo si ser premiado era su fin. No, si su fin era, simplemente, escribir, crear.

José Mármol, ¿más filósofo pensador o más poeta?

JM: Creo que ninguno de ambos. Soy un aferrado aprendiz de ambas disciplinas. He apostado siempre a su conjunción, a su imbricación, a su hibridación. No al dilema o la disyuntiva. Heidegger reconoció en Hölderlin el ideal de la expresión poética como morada del ser, al nombrarlo “poeta pensador”. ¿Por qué separar el pensar del poetizar? Pensamiento es creación. Y como en Unamuno, piensa el sentimiento y siente el pensamiento. Octavio Paz, Jorge Luis Borges, Roberto Juarroz, Franklin Mieses Burgos, Gatón Arce, Manuel Rueda  y Manuel del Cabral se entregaron a esa noble tarea de pensar y poetizar; es decir, explorar la viabilidad del pensamiento como poema y del poema como pensamiento (y como conocimiento). Después de todo, ¿qué responder a Martí acerca de la pregunta de si la lengua es jinete o caballo del pensamiento? Poesía es pensamiento y lengua, y viceversa.

De las viejas pugnas de una poesía de jóvenes en aquellos ochenta del Taller Literario César Vallejo, de las que incluso hubo enemistades, islas y culto al ego de unos sobre otros, queda alguna resina? ¿Quiénes destacaron, quiénes quedaron sepultados por el polvo del olvido?

JM: Resina es, según María Moliner, un sustantivo de origen latino que remite a una sustancia proveniente de diversas plantas, cuyas características más notorias son la viscosidad, cierto brillo; es insoluble en el agua, pero, soluble en el alcohol, y, además, es combustible. El diccionario Apple Wikipedia es aun más poético, paradójicamente, en su acepción del término, al definirlo como sustancia orgánica, de origen vegetal, de consistencia pastosa, pegajosa, transparente o translúcida, que se solidifica en contacto con el aire. El ámbar es, por ejemplo, una resina fósil de las plantas coníferas. Si bien es cierto que en el Taller Literario “César Vallejo” de la UASD hubo viscosidad, pastosidad y pegajosidad, sobre todo, en la intentona estéril de algunos de reducir el arte a la estética del realismo socialista, contra los principios artísticos del propio César Vallejo; también hubo solubilidad en el alcohol, aunque yo preferí siempre, y todavía hoy, la del agua; y también nos investimos, la mayoría, de cierto espíritu y actitud combustibles, especialmente, contra la tradición poética y la generación literaria precedente; si bien es cierto eso, también lo es el hecho de que imperaban en el grupo la armonía, el trabajo en equipo y la ilusión compartida ante el fenómeno de la creación por medio de la palabra. Fui, porque dirigí por varios años el grupo, purgado y excomulgado por la seudointeligencia uasdiana de entonces, muy vinculada a la doxa y al dogma paramarxistas. Yo, en cambio, opté por ser ecléctico y crítico, y pude leer, al mismo tiempo, a Feurbach, Marx, Engels, Lenin, Trotsky, Gramsci, Mao, Min, y también a Kant, Hegel, Popper, Anderson, Deleuze, Foucault, Bachelard, Sartre, Heidegger y Nietzsche, entre otros. Si bien fui lastimado, afortunadamente, no sé guardar ni cultivar rencor. Asumí la responsabilidad, sobre la base de la convicción, de promover la literatura como un compromiso con la creación a partir del lenguaje. Todo lo demás era y sigue siendo accesorio.

¿Qué opina José Mármol de la poesía que escribe hoy en el país, es buena, es mala, se ha estancado?

JM: En arte el progreso es algo muy discutible. Creo, más bien, en la singularidad y la diferencia de los estadios evolutivos. Cuando las sociedades se estancan, ya sea por ralentización económica, por guerras o por desastres naturales, el arte suele alcanzar su máximo esplendor. Octavio Paz fue categórico en esa afirmación y creo en ella. La dinámica del artes es más rica cuando se la ve desde una perspectiva sincrónica, antes que diacrónica. Esta última se complace con la descripción. Luego, la poesía que se escribe hoy en nuestro país conjuga actores de al menos tres, cuatro o más generaciones, desde la del 60, la Posguerra, el interregno de los 70, la de los 80, la de final del siglo XX y las expresiones del siglo XXI o más jóvenes. Que poetas como Soledad Álvarez, Alexis Gómez Rosa, Mateo Morrison, José Rafael Lantigua, Juan Carlos Mieses, Plinio Chahín, G. C. Manuel y otros estén publicando libros de un aliento poético innovador, junto a los que publican jóvenes y más jóvenes aun, es reflejo de la enorme vitalidad de nuestra poesía. Sin lo pequeño no es posible tener una idea de lo grande. Sin lo malo tampoco es posible tener una idea de lo bueno. En esa dialéctica se van moviendo el arte y el espíritu, mediante la evolución del lenguaje, desde estadios precedentes a nuevos acontecimientos. Nuestra poesía tiene vigor y los jóvenes talentos habrán de enriquecerla y proyectarla más allá de sus actuales fronteras.

Al mencionar dos nombres, Pedro Henríquez Ureña y Manuel Arturo Peña Batlle, ¿qué ideas le surgen en su formación crítica sobre el destino dominicano?

En su controversial libro El Ocaso de la nación dominicana, el ensayista Manuel Núñez habla de la traición histórica de los intelectuales dominicanos ante la narración de hechos históricos sobre las batallas libradas con Haití, ¿comparte José Mármol esos criterios?

JM: Pedro Henríquez Ureña es nuestro insigne humanista. Fue llamado por Trujillo y convencido por su hermano para que viniera a colaborar con la transformación de la educación a inicios de los años treinta. Previó el curso desgraciado del autoritarismo y se marchó. Peña Batlle está siendo revalorizado, destrujillizado, desatanizado. Pero, en lo que concierne al tema haitiano, otro deporte nacional que, por ser deporte, se suele ver, desde ciertos sectores retrógrados, más con pasión que con raciocinio, este pensador dominicano está siendo, nuevamente, instrumentalizado. Si bien ha habido lecturas amañadas y análisis distorsionados de hechos históricos, unos jalonados hacia la hispanofilia y el etnocentrismo, y otros hacia la hispanofobia y el seudomaterialismo histórico, no es menos errado teñir la nueva visión, presumiblemente crítica, de nacional-racismo, xenofobia, odio e intolerancia, manipulados por individuos, sectores sociales o por partidos políticos minoritarios o electoralmente insignificantes. La síntesis superadora de este nudo gordiano de nuestra historia tiene un único denominador común para todas las fuerzas y pensamientos involucrados: la sensatez.

Jean Price Mars es un nombre clave para la creación de una ideología que acusaba al dominicano de racista y a quien los historiadores dominicanos lejos de enmendarle la plana, han rendido culto, ¿cómo definir esa actitud?

JM: Este ha sido un capítulo más de la mundialmente llamada queja de los intelectuales. Price Mars es un intelectual de merecida relevancia internacional. La matanza de 1937 y un trato neoesclavista a los obreros haitianos de la caña, antes, ahora de la construcción y de las plantaciones agrícolas diversificadas, entre otros eventos e incidentes histórico-sociales han sido promovidos por fuerzas sociales e intelectuales haitianas en el ámbito diplomático internacional, con una estrategia discursiva erigida desde la victimización. En el ambiente eufemístico del tercer sector, la sociedad civil mundializada, y ante organismos de justicia internacional, esos acontecimientos históricos, así como otros hechos más recientes, a saber, la sacrílega sentencia 168-13 del Tribunal Constitucional, que da un deleznable e inhumano sentido a la noción de tránsito territorial, al narrarse desde la victimización han proyectado una imagen de verdugo del país dominicano, que no se corresponde con la solidaridad humanística con que nuestro pueblo y nuestro Estado han tratado al pueblo y Estado haitianos en el siglo XXI. Las ideologías encorsetan y alteran el sentido de los argumentos y de los hechos. El punto de vista de los más civilizados suele estar plagado de barbarie. Para avanzar algo en esta disputa, creo que lo importante es desvestir de ideologías los análisis y revestirlos de sensatez, objetividad y consenso. La visión maniquea instaura la pasión y exilia la razón. El mejor destino para ambos pueblos ha de ser el que se construya en el camino del respeto mutuo, la convivencia pacífica y civilizada, la institucionalización democrática la puesta en vigor de una hoja de ruta y agenda comunes para el desarrollo económico, social y humano de ambos Estados.

¿Sigue siendo República Dominicana un país de poetas y cuentistas, o la novela rompió esos esquemas?

JM: En casi todas las sociedades contemporáneas la poesía suele ser más cultivada, aunque menos publicada, y consecuentemente, menos leída que la prosa corta o novelística. Autores nuestros como Juan Bosch, Marcio Veloz Maggiolo o Pedro Vergés, entre otros, han trascendido el espacio insular por sus respectivas obras narrativas, cortas o largas. En cambio, Pedro Mir, Manuel del Cabral, Fernández Spencer y Manuel Rueda, entre otros, han trascendido por sus obras poéticas. Con novelistas más jóvenes como Pedro Antonio Valdez, Rita Indiana Hernández, Rey Andújar y Rubén Sánchez Féliz, entre otros, nuestra novelística se proyecta con un porvenir alentador. Sin embargo, no tiene nada de malo ser un país de poetas, aunque, como se atribuye a un estadista del pasado, parecería que hacen falta, más bien, ingenieros y técnicos agrónomos.

¿Hace falta una crítica literaria seria y objetiva o estamos bien a la libre, sin que nadie enfile los cañones hacia la literatura dominicana?

JM: Tenemos académicos que se han formado al amparo de determinadas escuelas o corrientes críticas de renombre en Europa o Estados Unidos, pero que, salvo muy contadas y meritorias excepciones, no han hecho más que alinearse a esos preceptos y repetirlos a su modo, sin ser capaces de fundar un nuevo pensamiento, una nueva visión, una nueva mirada creativa sobre lo literario, para abrir con ello un espacio a la crítica con criterio. Ahora bien, la crítica es parecida a la novela, en el sentido de que necesita de una industria editorial que la desafíe, de unos medios de comunicación que la hagan parte suya y de una vida académica que trascienda el adocenamiento repetitivo de lecciones entumecidas en folletos rancios y grasientos. Por si fuera poco, en nuestros intelectuales y escritores no hay lugar para el disenso. Si ejerces la crítica, con respeto, pero, con libertad de criterio, y lo que cuestionas no es del agrado del autor, entonces te granjeas un problema de tipo personal. Puedes ser llamado a duelo, porque la prepotencia narcisista de quien ha cometido un libro no tolera el que disientas de su creación. Es un tema muy complejo, cuyo círculo vicioso no convertiremos en virtuoso hasta tanto entendamos que es un error tratar de reducir a priori un objeto concreto de lenguaje, como es la obra literaria, a un concepto o una serie de preceptos categoriales, a veces convertida en parafernalia abstracta. La crítica es un ejercicio de pensamiento creativo, con ribetes de sistematicidad, y su misión ha de ser la de contextualizar el arte que aborda y, al mismo tiempo, orientar a los interesados, lectores o espectadores, para que sea más plena su experiencia de comunión con la obra creativa. En ella es tan valioso un enfoque positivo como uno negativo. Para entender esto, no obstante, hace falta humildad frente al análisis, tanto por parte de quien lo hace como de quien lo recibe.

¿Qué cree que falta en República Dominicana para que el escritor y la escritora

real, quien trabaja en un ejercicio sincero, cuente con las herramientas que faciliten su ejercicio, tomando en cuenta un mercado editorial prácticamente complejo cuando no inexistente?

JM: La profesionalización del oficio de escribir requiere, por un lado, de un proceso de enseñanza-aprendizaje de la escritura como arte, y por el otro, de una industria y un mercado editoriales que hagan sostenibles la profesión y el negocio. Sin esos factores no pasaremos de las ediciones de autor sinceras ni de aquellas que, siendo de autor, se escudan en un supuesto sello editorial. En las universidades de países desarrollados se invita a escritores de renombre a impartir cursos de escritura creativa. Esa es una buena herramienta para escritores noveles, aunque, claro está, no es garantía de nada. La otra lo constituye el mercado editorial.

¿Qué opina del desdén que se muestra desde muchos ámbitos hacia los autores dominicanos y las preferencias de autores del exterior sobre nuestros escritores, es cierto que esto se debe a que tienen una mayor calidad o que se trata de una realidad impuesta por las propias deficiencias sistémicas del país?

JM: Un escritor es un habitante del planeta, un ciudadano del mundo cuya patria radica en la lengua en que escribe. Su patria es su lengua. No me queda claro en qué ámbito se dan ese desdén y esa preferencia que señalas. Por fortuna, y siguiendo una recomendación de Pedro Henríquez Ureña en su momento, en el currículo escolar figuran autores dominicanos y sus obras. Luego, estamos enseñando lengua materna a partir de la obra literaria de escritores nuestros. Eso es importante. Que valoremos poco lo nuestro y pongamos en primer plano lo extranjero es una práctica inveterada que, desde una perspectiva xenofílica, se ha dado en llamar complejo de Guacanagarix. Eso sí ocurre. Pero no solo en literatura, sino también, en otras esferas. Casi llega a ser otro deporte nacional.

¿Qué escritor o escritora dominicana lo representa y por qué?

JM: Más que representarlo yo, mérito que no alcanzo, hay algunos a los que me gustaría parecerme si llego a ser escritor. Si tuviera que mencionar solo uno, diría, a sabiendas de que sacrifico otros nombres relevantes en nuestras letras, Freddy Gatón Arce. Me dijo, en un momento decisivo de mi modesta trayectoria, que dejara salir mis demonios.

¿Existen las fronteras en este mundo globalizado?

JM: Las fronteras ya no son físicas ni territoriales. Son, más bien, un discurso jurídico-político que mantiene en cierto y débil equilibrio la vulnerabilidad territorial de las naciones contemporáneas. Hoy día existen Estados sin pueblos, como Kuwait, y pueblos sin Estados, como los armenios, kurdos y palestinos, entre otros. La interdependencia globalizada es un hecho que borra los mojones fronterizos y ha rebajado a su mínima expresión, una expresión fantástica y a veces ridícula, la institución del Estado-nación o Estado territorial. La globalización es el resultado tumoral de una acelerada modernización de la modernidad y de la evolución del capitalismo del siglo XXI hacia las transformaciones tecnológicas y la revolución digital. La exclusión, la desigualdad, la pérdida de vínculos humanos, la incertidumbre, la inseguridad y mitigación de la libertad, las crisis económica y de valores, la barbarización de la cultura y la civilización del espectáculo, la nueva esclavitud de la ansiedad por el rendimiento laboral y el consumismo patológico, los seres humanos residuales (refugiados, apátridas, parias, víctimas de guerras y genocidios, desempleados, desplazados, damnificados, etc.) son parte de los efectos colaterales de la globalización. Las fronteras de hoy día son las grandes brechas entre globales y locales, entre países y gente ricos y países y gente pobres, entre migrantes digitales y nativos digitales, entre habitantes de un territorio y migrantes o desplazados perpetuos. Y hay todavía una frontera mayor, aquella que separa la tolerancia de la intolerancia, la democracia del populismo y el nacionalismo, la racionalidad de la irracionalidad integrista y fundamentalista. Hoy día, en realidad, las fronteras son más horizontes que unen, antes que líneas que separan.

¿Cómo repensar una República Dominicana en la coyuntura actual y desde la perspectiva de la cultura?

JM: Nuestro auténtico porvenir y nuestra viabilidad como nación estriban en la lucha a favor de la  educación. Una educación de calidad, que pueda ganar la batalla a la ignorancia, el analfabetismo medular y funcional, y también a la cultura clientelar y a la demagogia política, última, en cuyo sustrato se cultivan, el parasitismo de Estado, la corrupción y la impunidad. Sin educación no hay ética; sin ética no hay futuro. Vista desde la perspectiva de la esfera de la cosa pública, la cultura es parte fundamental de la educación. Hemos visto señales muy claras acerca de la voluntad política del Gobierno de Danilo Medina, y consecuentemente, del Estado dominicano, en desarrollar políticas públicas, con el concurso del sector privado y la sociedad civil, tendentes a lograr mejoras cualitativas y cuantitativas en el sistema educativo nacional. El cumplimiento con el mandato de la Ley General de Educación 66-97, en lo relativo al financiamiento de la educación con el 4% del Producto Interior Bruto (PIB) ha hecho posible el despegue de una transformación de la educación, tanto infraestructural como supraestructural. De alguna manera, esta iniciativa debería impactar favorablemente, también, en la cultura. Establecer sinergias, en ideas y en presupuestos de ambos ministerios, podría arrojar impactos favorables en la formación de las presentes y futuras generaciones. No podemos construir una nueva realidad sin ser capaces de transformar nuestro pensamiento acerca de la realidad misma. La República Dominicana soñada por los fundadores de la nación, por nuestros grandes maestros y por toda la sociedad ha de ser construida por la vía de una auténtica revolución en la educación y en el andamiaje de una ciudadanía ética, sometida al imperio de la ley y de la responsabilidad individual y social.

¿Qué opina de la situación actual de los escritores dominicanos? ¿Quién es escritor, el que escribe o el que publica?

JM: Hemos visto que la profesionalización de la condición de escritor está estrechamente vinculada al establecimiento de un verdadero mercado editorial. De lo contrario, tenemos que conformarnos con la ilusión, con la somnolencia de ser escritores. La publicación implica la socialización de una obra. Escritor es todo aquel que, en efecto, escribe, a sabiendas de que tiene en la lengua, en cuanto que significante mayor de una cultura, la razón de ser de su oficio. La problemática fundamental, esencial de un escritor es el lenguaje. Tenemos escritores que publican poco o no publican. Y tenemos, por desgracia, individuos que cometen libros, con la misma impunidad, en este caso, lingüística y estética, con que se cometen crímenes contra la ley y el orden social. Ser escritor significa convertirse en un instrumento y un obrero del idioma. Como Onetti, apuesto más a los que simplemente quieren escribir, que a aquellos que quieren, a toda costa, llegar a ser escritores.

¿Existe una poesía y en términos generales una literatura dominicana? ¿Qué nos falta?

JM: Dar existencia o no a una literatura por el gentilicio es un seudoproblema con una seudosolución. Es un silogismo del equívoco. ¿A qué nación atribuir, por poner el caso de un autor en boga en nuestro país, especialmente, por su postura ante el derecho internacional de las personas, la obra de Mario Vargas Llosa? Nació en Perú, ciertamente. No obstante, su obra, escrita siempre en español, se desarrolla en España y otros países de Europa. Además, el gobierno despótico de Fujimori le despojó de su nacionalidad peruana;  es decir, de su identificación, no de su identidad. La obra de Vargas Llosa es una proeza, una conquista de la lengua española. En ese sentido, tenemos una tradición literaria enraizada en la dominicanidad, escrita dentro y fuera del país, real o imaginario, que hemos venido siendo y construyendo. Tenemos, incluso, autores de origen y nacionalidad dominicanos, que se sienten ser dominicanos, que escriben sobre cuestiones propias de la cultura dominicana, y sin embargo lo hacen en otras lenguas. El gentilicio no es pues ni el problema ni la solución. La cuestión está en lograr obras literarias que trasciendan el endógeno horizonte de la insularidad y que lleguen a considerarse auténticas conquistas de la lengua, es decir, buenos ejemplos de creación del español dominicano. Eso es lo que nos falta a una mayor escala, pues, algunos autores nuestros se han colocado en esa senda.

¿Qué opina de los autores jóvenes dominicanos?

JM: La juventud tiene que ser, ineludiblemente, sinónimo de rebeldía, de ruptura, de transgresión de lo establecido. Lo importante es hacerlo conscientemente. Ha habido claras señales de pretensión en la renovación del lenguaje poético y narrativo en algunos de nuestros jóvenes. Y algo importante, su vocación, su compromiso con superar los límites conceptuales y estéticos de la generación precedente. Veo, con desaliento, en muchos casos, que la pose social o mediática supera la obra, hasta el momento, y eso no es más que espectáculo, antes que auténtica literatura. Apuesto a una mayor internacionalización de la literatura escrita en nuestro país a partir de la proyección de nuestros jóvenes talentos y, concomitantemente, de nuestros autores consagrados. Que sigan inventando, creando, rompiendo paradigmas y esquemas, pero, que lo hagan como resultado de reflexiones y praxis profundas y serias acerca de la tradición y las rupturas que dio a luz la literatura en lengua hispana y universal. Hay fanfarrones y payasos, que solo quieren sobresalir en el momento; pero, también hay otros muy serios, poco dados a la publicidad y las poses, y comprometidos con hacer de la literatura su cosmovisión y su forma de ser en la sociedad y la historia.

¿Qué le parecen las intervenciones de los intelectuales dominicanos en las redes, se abusa de Facebook, los temas que tratan son frívolos, inducen al debate o deberían alejarse un poco?

JM: Las redes sociales son una realidad derivada de la revolución, del “giro digital”, como lo llama el pensador coreano, de raíz nietzscheana y heideggeriana, Byung-Chul Han. Lo efímero, lo fugaz, lo desechable, la banalidad, la falta de compromiso o irresponsabilidad, la disolución de vínculos humanos y la ilusión de creerse comunicados por el hecho de estar conectados son atributos perversos de la cibercultura, la cibersociedad y el sujeto digital. Más conectividad no implica mejor comunicación. Y si bien el ready made y la instalación pueden exhibirse como conquistas del arte visual contemporáneo, adheridos a la vertiginosidad de los cambios y la vida efímera de las cosas en la posmodernidad, no me parece que en literatura podamos tener los mismos resultados. Excepto, eso sí, en el desafío de la red, de la sociedad red de Manuel Castells, a desarrollar nuevas tendencias de formatos escriturales como el microrrelato y la poesía breve. La frivolidad es consustancial a la cultura en red, y, al menos, los que he podido revisar en torno a algunos temas, no pasan de ser debates con un elevado índice y denominador común de narcisismo. George Steiner hizo el llamado de que las redes sociales no fueran a convertir la escuela en una fábrica de ignorantes. Y Umberto Eco, al advertir que el exceso de información, eso que solemos llamar “infoxicación”, es malo per se,  y corresponde al ámbito del entretenimiento, subrayaba también el hecho de que internet es útil para los sabios, es también peligroso para los ignorantes, porque no alcanza filtrar la información, y por tanto, distorsiona el conocimiento. Eco habla acerca de la necesidad de crear una teoría de la “filtración” de la información, como lo hace la televisión, para evitar los desmanes de la información excesiva. En mi caso, no solo filtro, sino que además, dosifico el tiempo en las redes. Soy su artífice, no su esclavo. Alejarse de la revolución digital y sus artefactos es un error. Lo importante es saber aprovechar su pragmatismo y utilidad.

Finalmente, ¿Quién es  José Mármol, que los niños, los adolescentes y los jóvenes puedan entender las razones de su pensamiento y de sus actitudes intelectuales ante el compromiso  con la causa de su país, que mira su entorno y reflexiona como  poeta.

JM: Soy el que seré, siguiendo el consejo de Píndaro que reza “Llega a ser lo que eres”. Descubrí en Nietzsche la importancia del ser humano que reconoce en sí mismo la condición de puente y no de meta. Valoro más el sentimiento que el cálculo; antepongo la palabra o la imagen al dato o al número. Pensar y escribir son mi vocación; sueño con que algún día puedan ser mi oficio, y por tanto, comunicarlos a plenitud. Mi compromiso con mi país está atado a contribuir, modestamente, con una mejor educación, para lograr mejores individuos en esta o una próxima generación; a consolidad un mayor compromiso ético y social por medio de la difusión, práctica y concienciación de una auténtica ciudadanía corporativa de las empresas; a hacer ver al mundo que nuestra mediaisla es algo más que playas, sexo y alcohol, y que nuestra danza con la historia, como la vio Mieses Burgos, si bien lleva el merengue y la bachata en la sangre, también los trasciende, con el legado de grandes humanistas, pensadores sociales, artistas, intelectuales, políticos y empresarios honestos, y gente común que van tejiendo los nudos de una dominicanidad de aspiraciones planetarias, con la parsimonia y la perseverancia con que los pescadores de Playa Chiquita, en Azua, construyen sus redes para faenar, viendo en ellas un futuro mejor para sus hijos y su pueblo. Soy, pues, el que seré.

 Biografía activa

 Nació en Santo Domingo, República Dominicana, en 1960. Estudió filosofía y lingüística aplicada. Profesor y coordinador de la cátedra de filosofía en prestigiosas universidades dominicanas. Fundador y director de la Colección Egro de Poesía Dominicana Contemporánea. Ha publicado los siguientes poemarios: El ojo del arúspice (1984), Encuentro con las mismas otredades I (1985), La invención del día (Premio Nacional de Poesía 1987), Encuentro con las mismas otredades II (1989), Poema 24 al Ozama: acuarela (plaquette con grabados de Rufino de Mingo, Madrid, 1990), Lengua de paraíso (Premio Pedro Henríquez Ureña 1992), Deus ex machina (Premio de Poesía Casa de Teatro 1994 y Accésit al Premio Internacional de Poesía “Eliseo Diego”, Excelsior, México, en ese mismo año), Lengua de paraíso y otros poemas (1997) y Criatura del aire (1999). En prosa ha publicado Monografía sobre Rufino de Mingo (en colaboración con José David Miranda, Madrid, 1991), Ética del poeta, escritos sobre literatura y arte (1997) y Premisas para morir, aforismos y fragmentos (1999).

En 2013 obtuvo el Premio Nacional de Literatura que adjudican La Fundación Corripio y el Ministerio de Cultura, por su trayectoria.

En el 2012 ganó el XII Premio Casa América de Poesía Latinoamericana.