HITO

Anciano juega al fútbol con una piedra de seis kilos

Manuel Loor, aficionado de la selección de Ecuador, hace malabares con una piedra en una calle, el 25 de enero en Cali la que será la sede del campeonato Sudamericano Sub20 de fútbol (Colombia). EFE/Ernesto Guzmán

Manuel Loor, aficionado de la selección de Ecuador, hace malabares con una piedra en una calle, el 25 de enero en Cali la que será la sede del campeonato Sudamericano Sub20 de fútbol (Colombia). EFE/Ernesto Guzmán

El ecuatoriano Manuel Loor tiene 68 años, es conocido como «Cascarita» y no le duele ni un centímetro de su cuerpo a la hora de lanzar una piedra de seis kilos en forma de balón, elevarla hacia lo más alto del cielo y recibirla como si se tratara de una pluma detrás de su cuello.

La mirada atónita de los transeúntes es inmediata. El ecuatoriano logra cautivar en segundos a más de una de las personas que asisten a los partidos del Suramericano Sub’20 en la ciudad colombiana de Cali.

Los aplausos suenan, mientras que «Cascarita» vuelve a tomar la pesada esfera en su mano y hace rebotar un balón con el pie, al mismo tiempo que una sonrisa se le dibuja en su cara, pues siente satisfacción de saber que ganará algo de dinero que le permita comprar la boleta para ver a su amado Ecuador en la cancha.

Nació en Portoviejo, en la provincia de Manabí, y siempre soñó con recorrer el mundo jugando fútbol con la selección de fútbol de Ecuador, pero una lesión lo sacó de las canchas.

Sin embargo, eso no le sacó de la mente su sueño.

«Yo quería ser famoso y meter goles, quería representar a mi país, pero no pude. Lo que hice fue tomar balones y comenzar a hacerlos rebotar, a ganar dinero con mi show de ‘Cascarita’ y andar por todo el planeta, soy un trotamundos», expresa Loor a EFE.

El hombre llegó al Suramericano Sub’20 porque cree que en la naciente selección hay un futuro prometedor, por eso los sigue como lo ha hecho con el equipo de mayores desde 1983.

«Tengo mi esposa, una hija y dos nietos, pero siempre ando solo. Este es el costo del amor por la Tri. Los directivos me conocen, los futbolistas también, y donde ellos estén ahí estaré yo», precisa «Cascarita».

De repente, el hombre, de cabello blanco, se mete un palo en la boca y con una agilidad envidiable eleva otra pelota hasta su rostro para que gire a varias revoluciones, como si en cada uno de esos giros se encontraran los goles.

Manuel no conoce las distancias. Ha estado presente en siete ediciones de la Copa América y en seis Eliminatorias al Mundial, también llegó con su espectáculo al Mundial de Brasil.

Muchos aseguran que varias estrellas de la selección ecuatoriana son los que lo buscan, pues consideran que tomarse la foto con «Cascarita» es de buena suerte. Un amor tan grande por los tres colores de la bandera, sin duda, es una buena recarga antes de saltar a un partido.

«He viajado miles y miles de kilómetros, a veces ni como por esta fiebre futbolera, siento que debo estar al lado de ellos, y ellos al lado mío», precisa el apasionado hincha.

De repente guarda la pelota y la pesada piedra que lo han acompañado durante cerca de 10 años en sus recorridos para sacar de su mochila una camisa gigante de cuatro metros.

El amarillo, azul y el rojo ecuatoriano no se destiñen, porque la cuida como un tesoro.

Sin embargo, la felicidad no es completa para «Cascarita». No pudo asistir al Mundial de Qatar por problemas económicos, la distancia esta vez lo perjudicó mucho y el espectáculo en la calle no le alcanzó ni para un boleto de avión.

«Yo solo quiero una cosa: ver a mi Selección de Ecuador salir campeona del mundo. He llorado cada vez que pierde, he sufrido cuando le meten goles, pero no me canso de alentarla», dice, optimista, Loor.

Agarra su mochila, recoge el dinero que ha ganado, cuenta cada moneda y billete para saber si le alcanza para la próxima boleta y se va jocosamente entre risas.

«Hasta que tenga alientos acompañaré la Tri, seguiré haciendo mi show y gritando los goles de cada jugador. Por ahora, espero que el Gobierno de Ecuador me declare embajador del buen fútbol y morirme vestido de amarillo, azul y rojo», concluye.

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