EDITORIAL

El coletazo criminal de Senasa

No es un déficit en un balance contable. Ni una noticia más de malversación.

Es el sonido seco de un frasco de medicamentos que nunca llega a las manos que tiemblan por esperarlo.

Es el silencio helado que sigue a la palabra “negado” en una ventanilla, donde antes había una promesa de vida.

El sistemático asalto a los dineros del SeNaSa tiene un eco ensordecedor con el gemido de miles de asegurados a los que, en la práctica, se les arrancó el seguro de la piel.

Nunca antes, en esta historia recurrente de codicia vestida de funcionario, la corrupción había hincado el diente con tanta saña en lo más sagrado: el precario hilo de la vida y la salud de los dominicanos.

Esta traición se mide en quimioterapias pospuestas, en analgésicos que no calman, en citas que son fantasmas en un sistema ahora fantasma.

La estafa encontró su víctima perfecta en el más vulnerable, el paciente que libra una guerra cuerpo a cuerpo contra un mal implacable, y cuyo único escudo era un medicamento de alto costo.

A ellos los golpearon dos veces: primero, con la enfermedad. Después, con la alevosía.

Las triquiñuelas de facturas falsas, de procedimientos fantasmales pagados a clínicas cómplices, no fueron solo un robo. Fueron una condena.

Pusieron en riesgo, con deliberada frialdad, miles de vidas que pendían de un papeleo ahora manchado de sangre.

La historia se vuelve carne y quebranto en Santiago, donde a hombres y mujeres con mieloma múltiple les cambiaron su bala de plata terapéutica por “carabelitas”.

Y se vuelve rostro demacrado de pacientes oncológicos que, mientras un intermediario se embolsaba millones, murieron esperando la aprobación de un tratamiento que jamás llegó.

Frente a esta trama que huele a crimen de lesa humanidad, el reclamo social exige un castigo que haga justicia proporcional a la magnitud del daño.