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Editorial lunes, 26 de octubre de 2020

El mal “padrastro”, un monstruo agazapado

Un padrastro debe ser, teóricamente, un padre sustituto. Pero en el país hay demasiados con ese inmerecido título que, en realidad, son monstruos aga­zapados, asesinos silentes como ciertos cánceres.

Son muchos los episodios en que estos falsos padras­tros aparecen como protagonistas de historias de abu­sos, violaciones sexuales y asesinatos de niños y adoles­centes con los que conviven bajo el techo familiar.

El más reciente de ellos es el de un joven de 27 años, quien ha estado preso por violación sexual y reincide una vez más. Ahora estupró y mató a su hijastra adoles­cente, machacándole el cráneo con una piedra.

La joven desdichada fue Perla Taveras, de 17 años, residente en el sector La Zurza.

Lo que preocupa es la cantidad de casos semejantes. Unos que se denuncian o se descubren cuando termi­nan dramáticamente, y otros, la mayoría, que se ocul­tan por causa de un chantaje y amenaza o que quedan en el secreto forzado de la víctima humillada y aver­gonzada.

Las parejas en las que existe un padrastro son vul­nerables a estos riesgos. Por lo general, los organismos que dan asistencia legal o psicológica para casos de vio­lencia intrafamiliar se esmeran y enfocan en los peli­gros de los feminicidios.

No sabemos hasta qué punto hay programas siste­máticos para proteger a los adolescentes de las inten­ciones morbosas de los padrastros, aunque en aparien­cia luzcan como inofensivos, cuando se les permite una relación o coexistencia sin límites ni precauciones.

Hay excepciones, desde luego, con padrastros que actúan como verdaderos padres de niños y adolescentes cuyos progenitores son sinvergüen­zas e irresponsables que los abandonan o no les brindan el debido cariño ni protección a sus hijos.

El caso de Perla Taveras, una vida joven y más útil que la de su padrastro, tronchada en medio de un camino de éxitos en la escuela, le parte el alma a esta sociedad, conmovida y adolorida por este crimen.

Otro más de una larga cadena.