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¿Un mal negocio?

Hace unos días, escuché un cuento del comediante Carlos Sánchez que va más o menos así. Un hombre con cara de pocos amigos entra a la iglesia, el párroco observa que lleva a cuesta un puñal, de esos que le llaman “lenguemime” y le pregunta al parroquiano que para qué lo tenía acuesta. El individuo le responde que para “ajustárselo” al primero que lo contradiga en sus opiniones. El individuo argumenta que no cree en nadie, ni en familia, ni en Dios. El padre lo observa y guarda silencio. El hombre, al no recibir una reacción por parte del hombre de la iglesia, toca su puñal, mira al sacerdote y le pregunta: - Padre, ¿usted cree en Dios? - El padre responde temeroso: “¡No!, y tú tampoco debería hijo mío… es un mal negocio.” Está demás decir que las risas no se hicieron esperar. Ahora bien, lejos de ser un chiste, este cuento encierra una gran verdad. Muchos de nosotros consideramos el seguir los caminos del Señor como un mal negocio, aunque no lo expresemos con palabras. Si nos sinceramos, comprobaremos que no todos estamos dispuestos a dar la otra mejilla, poner nuestra riquezas a favor del bien común, amar a tus enemigos igual o más que a tus seres queridos… darle, realmente lo mejor a Dios. En vez de esto, preferimos convertirnos en “cristianos de la secreta”, cristianos de ir a ocupar un banco físicamente, mas no espiritual, cristianos de ocasión y de boca. Vociferar a los cuatros vientos que no hay nadie tan grande como Él, sin embargo, idolatramos a “don dinero” y todos sus “bienestares”. ¡Hermanos!, acordémonos que ninguna religión nos salvará, tratemos de estar menos atentos a las cosas de la iglesia y más atentos a las cosas de Jehová. Seamos más humanos, más hermanos y démosle el carácter que amerita al negocio del Supremo. ¿Quién dijo que es un mal negocio? Tú más que nadie sabe los beneficios que hemos obtenidos cuando lo atendemos como debemos. Pidamos cada día más luz y entendimiento.

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