Crónica
En la mitad
Es 15, día de pago. Voy caminando al banco más cercano, a una esquina de mi casa, a retirar el dinero necesario para que mi vida cotidiana siga su curso en calma. En el cajero automático externo al banco, hay una fila que me hace recordar los domingos en el cine triple o en cinema centro, cuando llegó “La guerra de las galaxias”. Entro al banco y contrario a lo que había pensado, no hay casi personas, las facilidades tecnológicas del mundo contemporáneo, específicamente el cajero automático, actuó a mi favor.
Es miércoles, mitad de semana, mitad de abril, sólo faltan dos meses para la mitad del año. Un azul muy limpio es el cielo, y parece haber entendido exactamente a lo que yo me refiero al decir que mi vida cotidiana siga su curso en calma, porque por más afanes que jaloneen nuestra vida, por más cobradores o mensajeros de la oficina que obstaculicen tu camino o que te persigan, mirar ese limpio azul del cielo calma, uno se siente poeta con sólo levantar los ojos.
Son las doce y media, mitad del día. Pronto comeré mi bandera nacional (arroz, habichuelas y carne) y seguiré tranquilo, tomaré café, sin mayores contratiempos que los de la vida misma, que aún con sus momentos fuertes, que nunca faltan y que uno sólo aprende a llevarlos, suele ser maravillosa.
De pronto suena mi celular y la voz de un viejo amigo me pide que lo ayude a desarrollar una campaña publicitaria, y dice casi gritando, que está muy sofocado porque tiene una presión “del diablo”, pues se suponía que iba a entregar ayer y le dieron un chance hasta el medio día de mañana. Le recuerdo que dejé de trabajar en publicidad hace tiempo y dice: -Ay c…verdad! Y me estralla el teléfono.
Yo sigo mi día calmado, contento de que todo en mi vida lleve ahora ese curso. Me abrocho mi plato de comida, luego tomo café en silencio y al recordar la forma tan abrupta en que me colgó el teléfono el viejo amigo que me llamó, pienso en un verso de Elliot que dice: “Abril es el mes más cruel” y en toda la contradicción y el contraste de ese primer verso que mata de curiosidad y obliga a seguir leyendo.
Yo en cambio, me quedo un rato en silencio y al tomar un sorbo de café pienso que Elliot muy bien tuvo sus razones para escribir ese famoso verso, pero yo ahora me acojo a la temperatura calurosa de nuestra geografía y a nuestra vivacidad y al múltiple verdor que abunda y florece en este mes por todas partes, la vegetación de esta época en que todo parece nacer, pero sobre todo me acojo al sabor del café que disfruto como sólo un viejo poeta en la cafetera del conde y pienso que todo ello, como dicen los españoles “me ha hecho el día”, que a penas va por la mitad. Me río un poco y sin perder más tiempo me voy a echar una siesta.