Los detectives de Arthur y Agatha

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La novela policíaca es un género que requiere de gran meticulosidad y creatividad en su narración. Fue establecido en 1841 por Edgar Allan Poe con su relato “Los crímenes de la calle Morgue”, del cual su detective Auguste Dupin sirvió como inspiración para dos de los personajes más aclamados de este género narrativo.

En 1887, Arthur Conan Doyle creó a Sherlock Holmes, quien apareció por primera vez en su novela “Un estudio en Escarlata”. Con el tiempo, Sherlock se transformó en un ícono de la cultura popular y un símbolo de la novela de detectives.

Otro importante ícono del género fue el personaje Hércules Poirot, creado por Agatha Christie justo 33 años después del surgimiento de Sherlock Holmes y parcialmente inspirado en este último.

Poirot nunca tuvo la misma fama que su predecesor. Sin embargo, no se debe subestimar su éxito. A pesar de no ser reconocido en todo el mundo, llegó a convertirse en un emblema de Reino Unido.

La obsesión con estos personajes y sus historias nace de la curiosidad que generan en el lector o espectador. A través de situaciones enredadas, peligrosas o incluso inverosímiles, ambos escritores lograban mantener a la audiencia enganchada esperando con ansias el momento en el que se revelaría la verdad.

Ambos personajes, aparte de varias otras similitudes, resolvían casos que aparentaban ser incomprensibles gracias a su intelecto y capacidad de deducción. Sin embargo, hay un aspecto que los diferencia de manera inequívoca. Este aspecto nace de la narrativa de sus historias.

Según mi experiencia como lectora de ambos autores, he podido analizar dónde distan.

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María Heyaime

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