Celaje de ruiseñor

Por la manera abrupta en que aparecía en los escenarios, el tono melodioso muy veloz en que cantaba y la forma aún más rápida en que desaparecía, lo bautizaron Celaje de ruiseñor.
Alguien pudiera ciertamente argumentar que eran otros tiempos -primera mitad del siglo pasado, que es cuando dicen que vivió- y que en Santo Domingo como en el resto del mundo aún muchas cosas de esta vida que no para, se desenvolvían y desarrollaban con la calma o premura de aquello que por primera vez se hace. En muchos hogares ni siquiera había teléfono, los carros eran aún el futuro, lindando casi la increíble velocidad de la luz a 40 kilómetros por hora y ni se soñaba con el mundo digital, ni con tanta frívola velocidad para todo, lo que aumentaba en el acervo popular la percepción del rigor con que Eulalio Nicanor Nolasco Rubio, nombre con que fue declarado en su pueblo natal, las matas de Farfán, se montaba o descendía de los pedestales y escenarios en el tiempo exacto en que fuera contratado. También decían que ese rigor -que sólo se le quitó con la muerte- era miedo a las mafias extranjera de Chicago o un terrible temor al mismísimo diablo, con quien firmó contrato para adquirir su maravilloso talento, esa voz que nadie ya sospecha.
Pero también es muy cierto que son cosas que alguien oyó que dijo la mamá antes de morir o el abuelo de un tío con Alzheimer, así que mejor es llamar a eso viejo rumor o ancianas voces de patios olvidados y ahí mismo agregas que sólo lo estás contando para que no se pierda la historia, hay que levantar los hombros y hasta bautizarse o pedir una botella de ron y echar un buen trago de los muertos, para agarrar fuerzas y seguir adelante con el cuento.
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