Ventana

Perfect Days y el arte de habitar el presente

Captura de un fotograma de la película "Perfect Days" de Wim Wenders.

«El hecho es que, si realmente aprendes a vivir enteramente en aquí y ahora, ya no hay rutina, solo hay una cadena interminable de eventos únicos, de encuentros únicos y momentos únicos».

Wim Wenders

Bajo el prisma de nuestra sociedad actual, el protagonista de Perfect Days, podría considerarse como un perfecto perdedor. Se desempeña en un trabajo mal pagado limpiando los aseos públicos de Tokio (los diecisiete baños en Shibuya que componen The Tokyo Toilets, los cuales fueron diseñados por diecisiete arquitectos con motivo de las Olimpiadas de 2020), vive en un pequeño apartamento en una zona pobre de la ciudad, en el que apenas hay espacio, y no parece tener una ambición por escapar de esa situación en la que se encuentra. Pero ante esa mirada que prioriza el éxito material frente a todo lo demás, en cuanto nos sentamos a contemplar el largometraje dirigido por el realizador alemán Wim Wenders (Düsseldorf, 1945), coescrito con el guionista Takuma Takasaki, y protagonizado por Kôji Yakusho (Isahaya, 1956) en el papel de Hirayama, la contradicción entra en escena.

El personaje, aunque durante su vida ha sufrido (y en esto, el largometraje sugiere algunos detalles de ese dolor, pero no los revela), es feliz con su lugar en el mundo y con la vida que lleva, englobada en una serie de rutinas que se suceden día tras día. Pese a su pobreza y a desempeñar un trabajo que provoca repugnancia a parte de la sociedad (y que no obstante, él realiza con la minuciosidad de un cirujano), descubrimos a una persona que es capaz de disfrutar de todo lo que le rodea: la música de las décadas de los sesenta y setenta que escucha en casetes, la lectura de libros que compra en librerías de viejo, la paupérrima naturaleza que persiste entre lo artificioso de la ciudad, las duchas en baños públicos tras el trabajo, tomarse algo antes de volver a casa o el cuidado de un pequeño jardín que mantiene en casa bajo iluminación artificial... Esa capacidad de disfrutar del detalle, de las pequeñas cosas cotidianas, refleja una serenidad que contrasta con los demás personajes que pululan por la película, colmados de todo tipo de deseos e inquietudes que al mismo tiempo les provoca dolor. En ese aspecto, hay en el filme un vínculo con la filosofía oriental y la práctica budista que trasciende todo lo meramente superficial para quedarse únicamente con lo esencial: la importancia de vivir en el aquí y ahora como seres efímeros dentro de un todo y la certeza de que nos vamos de este mundo tal y como hemos llegado.

La dirección fotográfica del largometraje corre a cargo de Franz Lustig y a lo largo de todo el metraje muestra incontables perspectivas de la ciudad de Tokio, dándole visibilidad a la arquitectura más icónica y moderna de la ciudad que el personaje recorre tanto en los momentos de trabajo como en las numerosas escenas que recrean su actividad una vez ha finalizado su jornada o durante los días de descanso.

La estructura de la película se aleja de un habitual división en tres actos (introducción, nudo y desenlace) para adentrarse en una secuenciación cíclica: una sucesión de días en la vida del personaje principal, durante los cuales se repasa cada uno de los actos cotidianos que realiza, pero a la vez se muestran los encuentros -algunos fortuitos- con otros personajes a los que, por una razón u otra, la vida les causa choques. Todos esos personajes sumidos en esa vorágine social que empuja a actuar de determinado modo (ese joven desesperado por conseguir dinero con el que impresionar a la chica de la que está enamorado o esa hermana que viaja en un coche de gama alta, que únicamente valora lo material y que se sorprende por la vida que lleva su hermano), factores de los que el protagonista se ha alejado.

Ese desapego de todo lo que es superficial lo convierte en un ser entrañable. Desde la mañana, elige de su colección de casetes, qué música va a escuchar ese día. Cuando termina una lectura, elige el siguiente libro que va a leer. También la práctica artística tiene cabida en su existencia, pero una vez más, alejada de toda búsqueda de aceptación social. En este aspecto, la fotografía forma parte de su día a día, Hirayama lleva consigo una pequeña cámara y fotografía árboles que observa durante su jornada. Los fotografía con una cámara de fotos analógica, cuyo carrete, lleva al estudio fotográfico al final de la semana para que se lo revelen y recoge las fotografías tomadas la semana anterior, así como un nuevo carrete. Esta disciplina artística es una meta en sí, es decir, el personaje no persigue nada más allá que tomar esas fotografías, revelarlas, descartar las malogradas y guardar las seleccionadas en cajas metálicas que acumula en un armario. De este modo, el personaje consigue una vida en la que se mezcla lo mundano con lo trascendental, sin que parezca que tenga que hacer ninguna transición de lo uno a lo otro, conviviendo como un monje cuya práctica monástica es la vivencia del día a día, es la convivencia entre las multitudes.

Frente a la idea de autoexigencia y el consumo excesivo que la voracidad de la sociedad actual impulsa, frente al supuesto deber de destinar el máximo potencial a la especialización que elijamos y obtener el máximo de productos y de objetos que muestren y demuestren el éxito alcanzado, Perfect Days nos enfrenta al presente más cotidiano, a lo asombroso que puede resultar hasta la actividad más insustancial o anodina si, durante la ocupación, prestamos la suficiente atención a todos los detalles que en cualquier otro contexto pasarán desapercibidos. Y esto, bien nos valdría aplicarlo en nuestro devenir cotidiano, porque tal vez sea la diferencia entre disfrutar de la experiencia de estar vivo y pasarse la vida persiguiendo y anhelando cosas insustanciales.

La película ha obtenido varios reconocimientos, entre nominaciones y premios. Cabe destacar la nominación a los premios Óscar a la «Mejor película internacional» y las distinciones en el Festival de Cannes, donde ha obtenido la nominación a «La Palma de Oro» y los premios al «mejor actor» para Kōji Yakusho y «Premio del Jurado Ecuménico» para Wim Wenders.

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