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La naturaleza de la disciplina artística

«La única verdadera salud y riqueza del hombre es una vocación». Natalia Ginzburg

La única verdadera salud y riqueza del hombre es una vocación

La única verdadera salud y riqueza del hombre es una vocación

¿Por qué nos iniciamos en alguna disciplina artística? En mi caso, y apuesto a que también el de muchas otras personas, fue por accidente, fruto de la más absoluta casualidad. Y el motivo de por qué sigo en ello después de muchos años es porque sigo disfrutando. Hay algo en la disciplina que he «elegido», que me sigue motivando a hacerlo día tras día con el entusiasmo y la obstinación del primer día. Con el tiempo se ha vuelto parte de mi vida.

A lo largo de todos estos años, son varias las ocasiones en las que me he encontrado con personas que querían «escribir un libro» (en referencia a su publicación), bien para que se publicara porque era un sueño, porque tenían una vida que contar o bien porque querían hacerlo desde lo personal, para dejárselo a sus seres queridos como un pequeño legado. Dejando de lado los motivos, las emociones y los sentimientos que llevan a ello, buscar este destino conlleva en sí el hecho de que no se está persiguiendo la práctica en sí, sino tan solo el resultado final. La publicación de un libro como fin único y no como el final de un largo proceso.

No tiene por qué tener nada de incoherente, a fin de cuentas es una forma válida, como cualquier otra de empezar… Quiero decir que es una forma de verlo desde el desconocimiento, con una mirada romántica. Y si esa motivación es el empujón necesario para ponerse a escribir, bienvenida sea, pero ese motivo, ese fin, dista mucho de la realidad de la disciplina artística: si se pretende que una obra finalmente se materialice, primero hay que escribirla, y no solo escribirla, sino trabajar sobre la obra durante un tiempo determinado (que dependerá de la obra en sí, su tamaño, el destino que vaya a tener), con numerosas correcciones, y seguir trabajando otros aspectos una vez terminada las correcciones. Porque darle salida también es un trabajo, y además de bastante engorroso, no tiene nada de artístico.

La velocidad del mundo actual da a entender que todo puede o debe ser inmediato. Incluso el publicar una obra, como si de realizar una búsqueda en la web se tratara. Todo esto lleva a errores, como caer en manos de alguna empresa de edición cuyos clientes en realidad son los propios escritores, o caer en una decepción incluso antes de empezar el trabajo.

Es necesario disfrutar del proceso, disfrutar de sentarse a escribir y dedicar incontables horas, porque de lo contrario, pasar tiempo frente a un cuaderno o un ordenador, a veces sin lograr encadenar palabras, puede convertirse en un tormento. Las personas a las que me refería no llegaron a materializar la idea: tuvieron un desvelo que pensaron que podría ser un buen libro, pero al sentarse, al remangarse y mancharse las manos de barro, vieron que no disfrutaban del proceso. Y todo quedó en eso, en que una vez se tuvo una idea y se pensó que… o tal vez se llegó a escribir un par de hojas con ligeros bocetos... pero ahí quedó todo. Porque para qué engañarnos, si el fin es un mero objeto con nuestro nombre impreso, poco valor va a tener. Después de todo, no lo va a leer prácticamente nadie, y no es más que un objeto condenado a la desaparición. Ni siquiera los incunables que aún persisten, con todos los cuidados que se les profesa, permanecerán hasta la noche de los tiempos.

Al final, lo que verdaderamente tiene valor es el proceso, el trabajo, la disciplina en sí. Independientemente que después, por un motivo u otro (y aquí cada cual tendrá el suyo), se pretenda o se intente materializar en una obra física (o digital) que dé a conocer todo ese trabajo.

Por eso separo la escritura por un lado y el proyecto literario (libro) por otro. El proyecto literario y el libro, si finalmente se manifiesta, no solo es la obra, sino el objeto que la contiene intentando integrarse en el sistema en el que vivimos. Un sistema voraz, muy complejo, nada amigo de los productos de naturaleza artística, salvo que los pueda despachar por miles. Porque el sistema solo entiende de resultados. En cambio, con la escritura disfruto, disfruto como con la música, el teatro, la lectura, el cine, la pintura… es algo que me absorbe y evade de la mundanidad, una actividad que me enriquece. En este aspecto, podría escribir y dejar los textos sin más, sin preocuparme por la reescritura y por toda la parte técnica del proceso. Y de hecho, lo hago. Son muchos los textos que solo los concibo para mí o simplemente para practicar. Sin expectativa alguna. Sin ningún interés más allá de la disciplina en sí.

Por otra parte, materializar un proyecto literario nace de la necesidad de dar a conocer la obra artística, ponerla a disposición de las personas a las que pueda interesarle. Pese al sistema. Contra todo. A fin de cuentas, el escritor es un artista que elige la literatura como expresión para materializar todo aquello que lleva dentro, y como cualquier otra actividad artística, tarde o temprano necesita darse a conocer. Y tiene sentido, pues la naturaleza del arte necesita de receptores, es parte de la propia obra artística: ¿qué sería de la música sin nadie que la escuche?, ¿qué sería de la escultura sin nadie que la aprecie?, ¿y de la pintura sin nadie que la contemple?, ¿y del cine sin espectadores? Pero sin olvidar, como sugiere el poema de Konstantino Kavafis, que esto solo es la «Ítaca que nos regaló un hermoso viaje», y que lo que realmente merece la pena es el propio viaje en sí.

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