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Desde la última butaca

Woody Allen

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Woody Allen, en apariencia, tiró la toalla. Anunció el posible final de su carrera: “Probablemente haré esta película, pero he perdido gran parte de la emoción, porque no tiene el mismo efecto cinematográfico, no es como cuando comencé a filmar”.

El director de Annie Hall, a sus 86 años, recordó sus improntas juveniles cuando el mundo celebraba la originalidad de sus historias. Pero hoy parece enfermo. Solo de esa forma se justifica que un maestro del cine no sepa que los nuevos tiempos implican nuevas formas, nuevos discursos y nuevas estrategias de realización y exhibición.

Con su anunciado final, Allen se parece al Vladimir Putin quiere ser Zar hasta su muerte y sueña con hacer de Rusia el imperio anterior a 1917 y, para lograrlo, no escatima mentiras ni discursos, ni ataques despiadados contra la humanidad.

Vuelvo a Woody Allen. Un cineasta auténtico solo deja de filmar cuando la cámara cae de sus manos. Hay muchos ejemplos de entereza profesional; los otrora quijotes que en estos nuevos tiempos olvidan la vejez para insistir una y otra vez en sus proyectos. Puede que patrocinios y locaciones tarden, lo que no puede tardar es la creatividad. Woody Allen, mientras respire, siempre encontrará aliados financieros para sacar adelante cuanta obra nazca de su inteligencia.

Esto que ahora escribo me recuerda a Clint Eastwood y a Adrzej Wajda. El primero, a sus noventa y dos años, no le entrega a nadie su bandera: continúa al frente de sus filmes como si la muerte no existiera. El segundo, falleció a los noventa años con la mente fija en una nueva obra. Y como ellos hay otros ejemplos valederos. El dinero es importante. Pero cuando un nombre es arropado por la palabra prestigio, deja a un lado los sueños mercuriales para mantener ese rigor propio de los que saben que el cine no es un juego de muchachos, ni un medio lucrativo para el entretenimiento de avivatos.

Ojalá que Woody Allen tire a broma aquella tonta anunciación. Es difícil actualizarse. Cuesta mucho esfuerzo ser cineasta durante dos siglos diametrales. Pero no imposible. Si abandona el terreno, su grandeza autoral le pasará la cuenta, en algún momento, con un mal irreparable: el olvido. Pero, si insiste, morirá con las botas puestas. De todas formas, ya lo dijo un sabio: “Al final, todos seremos olvidados, pero unos primero”.

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