Ventana

A una isla desierta, me llevaría un libro, pero no uno cualquiera

A una isla desierta, me llevaría un libro, pero no uno cualquiera

Toda lectura es interpretación y lo que el lector es capaz de comprender y de aprender es a través de la lectura.

Kenneth Goodman

En «Foe», J. M. Coetzee hace una reinterpretación del «Robinson Crusoe», de Daniel Defoe, donde un náufrago, Cruso, vive en una isla desierta junto a su siervo, Viernes. Su vida transcurre en una ruda monotonía, en la que su mayor ocupación (cuando no debe protegerse por alguna tormenta), es crear terrazas de tierra en las que proyecta o sueña sembrar semillas que no tiene, semillas que espera con una paciencia incalculable. Tras el naufragio, a Cruso, le hubiese resultado muy productivo, además de herramientas y un puñado de semillas, un buen libro con el que pasar sus tardes.

O eso creo, porque si yo tuviera que elegir qué llevarme a una isla desierta, indudablemente arrastraría conmigo algún libro. Junto con herramientas imprescindibles, iría, en mi maleta de náufrago, un libro que sobreviviría -de alguna forma- a la tempestad y al temido naufragio y que llegaría hasta la orilla sin demasiados imperfectos (tal vez alguna esquina desbaratada, hojas dobladas, pero sin estar demasiado rasgado). No podría llevar, lógicamente, toda mi biblioteca, tendría que conformarme con alguno que se convertiría en el libro que leería durante el resto de mis días. Solo uno. Uno que quepa en una mochila, junto a las cosas imprescindibles: martillo, cerillas, cuchillo, arroz, un recipiente… Lo más probable es que no me preocupara de llevar cuadernos y bolígrafos. Si quedara espacio puede que me dejara llevar por la tentación, pero es poco probable, más bien adaptaría mis inquietudes artísticas a mi nueva situación. Cambiaría de herramientas. Sin embargo, sí que me llevaría un libro como algo imprescindible, uno que fuese extenso, muy presumiblemente un clásico con cientos o miles de años de trayectoria. Porque ya que se puede elegir, no me voy a llevar a la isla el enésimo diario del encierro al que nos vimos obligados hace pocos años, tras toda la vorágine vomitiva que hubo en su momento. Ni tampoco el último superventas que colma las listas de los más vendidos y que dentro de uno o dos años colmará los estantes de saldos de las librerías de segunda mano. Tampoco alguno de esos (demasiados) libros, que de la pura mediocridad que reflejan en cada página, casi se olvidan antes de finalizarlos. No, nada de eso, me llevaría una obra que poseyera múltiples lecturas, por si dentro de cinco, diez, quince o veinte años, lograra ver el cambio en mí, tras una interpretación distinta. Me llevaría una Biblia, alguna edición de «Zhuang Zi», el «Bhagavad Gita», una conjunta de «La Iliada» y «La Odisea», de Homero, tal vez «Las Metamorfosis», de Ovidio, al ingenioso hidalgo «Don Quijote de la Mancha», de Miguel de Cervantes, los «Ensayos», de Michel de Montaigne o alguna recopilación de obras escogidas de Shakespeare… En definitiva, una obra que me diera para muchas lecturas, que fuera capaz de seguir nutriendo esta mente incluso en un lugar remoto, salvaje, completamente alejado de la civilización.

Protegería bien ese libro, que me acompañaría el resto de los días, lo leería una y otra vez, porque primero uno es lector y luego todo lo demás: «Que otros se jacten de las páginas que han escrito; / a mí me enorgullecen las que he leído» que escribiría Jorge Luis Borges en el poema «Un lector», incluido en su obra «Elogio de las sombras».

Porque una de las cosas más interesantes de la lectura, más allá del placer por el puro entretenimiento, es el discurso al que acontecemos mientras leemos: nos nutre la mente y el alma, bifurca los caminos por los que recorremos la vida y nos abre la mirada a otras posibilidades y a otros mundos. Por eso es importante la elección de las obras que se van a abordar: elegir lo que deja huella. Porque aunque legítimo, lo que busca únicamente el mero entretenimiento, se va con la misma rapidez que llega.

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