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Ventana domingo, 15 de noviembre de 2020

Una pequeña librería

  • Una pequeña librería
Fernando Molina
Santo Domingo

Desde la puerta de la librería me sentí incómodo, como si los libreros me conociesen y me estuviesen mirando con arrogancia. En el suelo había colinas de libros, tenían una fina capa de polvo, y frente a mí estaba una anciana, sentada en una mecedora escuchando las noticias en la radio; me invitó a que pasara sin miedo, pero no entré, me quedé en el marco de la puerta viendo el sitio. Pese a haber pasado muchas veces por esa calle nunca había visto aquella librería, olía a humedad y a casa de abuelo, que quizás son sinónimos, las estanterías eran altas y tocaban el techo, estaban cargadas de ediciones que parecían usadas o que nunca habían sido tocadas. Desde la puerta de la librería podía jurar que los libros desde sus estantes me juzgaban.

La anciana me repitió que pasara sin miedo, y esta vez sí le hice caso. El primer libro que saqué de una estantería era de poesía, de un autor que jamás en mi vida había escuchado, tenía nombre de guachimán y sus metáforas eran empalagosas, cada estrofa estaba formada por una serie de piropos azucarados que se te quedaban en el cielo de la boca. La edición era de los años ochenta, en su foto el autor estaba con un bigote a lo Oscar de León, y llevaba un traje barato, como los que usan los políticos que han caído en desgracia. Me entraron unas terribles ganas de arrancarle todas las páginas. Volví a ponerlo en su sitio y agarré el que estaba al lado, de una tal Hilda Martín Pérez; la portada tenía una foto distorsionada de la catedral, al leer sus versos noté que tenían palabras demasiado rebuscadas, leí dos poemas de los que no entendí nada y volví a meter el libro donde lo había encontrado. Pensé que, quizás esa estantería era la de libros malos así que me fui a otra, tomé un libro de relatos de alguien llamado Juan Soto Peña pero, sus cuentos eran como lamer asfalto; en el primero, no fue hasta el quinto párrafo que encontré un sustantivo, no había historia alguna, era una especie de reflexión inmamable, casi un artículo de opinión sobre la gran obra de los sindicalistas en el país en los años ochenta. A mis espaldas me interrumpió un hombre con camisa de cuadros y un bigote negro con mucho pelo, parecía un policía de los ochenta y me dijo:

—¡Ese que tienes ahí es un gran escritor!

—Yo jamás en mi vida había escuchado a este tipo —le respondí.

—Eso es porque esta librería toma lo que nadie quiere y lo guarda, yo fui gran amigo de Juan Soto, estudiamos juntos en la universidad

—¿Que pasó con él? —le pregunté.

—Quién sabe, no escribió mucho, creo que ahora vive en Dajabón

—Eso es como vivir en ninguna parte —le dije.

—Quizás tienes razón, creo que muchos de los escritores de este país….

No sé que más dijo, me aburrió, no le hice mucho caso.

—Muy bien —le respondí mientras colocaba el libro en cualquier hueco sin prestar mucha atención —¿Y usted trabaja aquí?

—Esta es mi librería, hijo.

Pensé en decirle que su librería era un cementerio de libros de escritores dominicanos, pero me contuve. Nos separamos, iba a intentar con otro libro pero el señor volvió y me pasó una edición de un escritor llamado Luis Raymundo Díaz, la portada era bonita tenía en los bordes un patrón de figuras geométricas, pero los versos trataban demasiado de parecer poesía, como un Benedetti pero más estrellado, patriótico y sexual, con muchas esquinas comunes. El librero me miraba expectante con ojos grandes y sus cejas despeinadas, emocionado de poderme enseñar algo, me compadecí y le dije que estaban buenos, y me quedé con él en la mano hasta que se fue y lo dejé en cualquier estante. Decidí dar una última vuelta.

Fue en el fondo de la librería en un estante escondido, que encontré una edición de relatos con una portada bellísima, tenía una ilustración parecida a las de Liana Finck o los tatuajes de Glenda Priego; el borde estaba rodeado con margaritas, y en el centro había una niña con la cabeza metida en una cubeta en el pórtico de su casa en un día soleado, me recordó a un cuento que había escrito hace unas semanas. Los relatos tenían un capitular sencillo con pequeños dibujos de espíritus, aves e insectos en los alrededores. Sin embargo los cuentos eran demasiado simples, no había muchas figuras literarias y no parecían despegar o acabar, eran carreteras que terminaban en barrancos, me dio la impresión de que el autor trataba de imitar los trabajos más surrealistas de Cortázar. Los relatos no me soltaban, los leí sin detenerme, no por que estuviesen bien tejidos, sino porque me recordaban a temas que yo mismo había escrito con anterioridad, hablaban de calles bullosas por las que había caminado en mis cuentos, mencionaba nombres de escritores muy específicos que yo solía referenciar. Llegué al cuento que se ilustraba en la portada, y al principio lo fui leyendo como cualquier otro, pero luego comencé a saltar los párrafos, y ni siquiera lo terminé. Cerré el libro y me quedé rígido viendo la portada con el nombre del autor. Caminé hacia la caja y le pedí al señor que me lo facturara, me miró a los ojos, quizás mi cara le dijo algo, él sólo me miraba con ojos de que no podía creer lo que veía, me fui sin decir nada.

—Tenga buenas tardes —escuché a la anciana decirme mientras salía.

Entré a mi carro, recliné el asiento y me quedé leyendo mis cuentos. 

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