Ventana

Rannel Báez: una mirada antropológica del sur en la poesía

La agitación en la que nos envuelve la cotidianidad nos cohíbe del tiempo necesario para la lectura. Pero para los comprometidos con esta herramienta del conocimiento, el placer se agiganta si se trata de leer poesía.

Desde esa perspectiva, leer a Rannel nos permite adentrarnos en el disfrute del objeto de su actividad creadora, de sus luchas y sus desvelos. Su libro “Tinglado” (Ángeles de Fierro 2007:125 páginas), es una muestra representativa de una propuesta creativa y singular, que nos conduce deliberadamente por los espinosos caminos de una poética enmarcada en la iconología propia del Sur, donde el poeta trastoca su contexto citadino en una fabulosa celebración de lo agreste y lo meloso.

La de Rannel, es una apuesta por la existencia y los pesares de un poeta cuyas raíces están cimentadas en lo más hondo de la tierra que lo parió y curtió de fecundas realidades y paradojas; de agobiantes soles y noches frías y estrelladas; de lejanías y confines que se extienden bajo el sol como si se tratara del alma misma del poeta. El libro se divide en cinco capítulos en el orden siguiente: I: Rompiendo el cascarón; II: Arrebatos; III: Veros interminables; IV: Efluvios en el laberinto; y V: Tinglado, este último da título al libro.

“Tinglado” es la tierra y la palabra, la lengua materna de las espinas y las flores; un recorrido en el que nos sumergimos -desde las primeras páginas- en las fauces de un dolor que al poeta se le antoja dulce y quejumbroso. De ahí su obsesión por representarlo desde una estética basamentada en la palabra propia, en la palabra íntima.

Uno de los rasgos más notorios en esta propuesta de Rannel Báez, es su creacionismo. Quiero decir, de manera explícita, su asombrosa capacidad creadora. Cuando apelamos a la semántica de “Tinglado”, descubriremos que en los cinco capítulos del libro, Rannel ejerce un arte de improvisación en el que subyace una compleja estructura caracterizada por el caos verbal visto como estrategia estética, cuyo nivel de abstracción podría tornarse oscuro para lectores poco avezados.

Hay jaleo y encanto en su profuso versolibrismo. En “Toponimia del comienzo” por ejemplo, texto que da inicio al primer capítulo, se engendra la chispa con la fuerza inédita del dolor. Y según nos vamos adentrando en la epidermis de su propuesta, advertimos que el de Rannel es un estilo dominando por la arritmia constante del verso libre; el tiempo es la ebullición de la existencia; el tiempo, otro rasgo característico del poemario. Hay momentos en los que el poeta presagia un dejo de parálisis, un estancamiento del discurrir de la existencia:

“El tiempo se ha quedado inmóvil/quizás para pensar en su cansancio gris” (p.14)

“Ya es tarde bajo la luz y muy temprano sobre las sombras para cargar con sus caderas encontradas de silencios a socorrer sus huellas alejadas dispersas al viento inmóvil con su tiempo en la distancia” (p.15)

La imagen del sur es lacerada y lacerante desde la mirada íntima del poeta. “En toda la geografía de esta casa” (que es el sur), “está presa la noche” y en ella, la noción de tiempo. Esa imagen del enclaustramiento se hace palpable en los versos del poema breve “Infinitud” (pp.19-20). Por primera vez uno siente que los cactus y las bayahondas hablan con voz propia, con su dolor a flor de piel, a flor de espina, bajo la incandescencia del sol. Acorde con lo antes expuesto, está el poema “Icono” en el cual se compendia el orgullo, el dolor agridulce de habitar y crear en el sur, pero con el placer del que contempla y se regocija de su creación. El poeta es Dios el séptimo día, después de crear el sur y sus maravillas. Con este poema se da cierre a la primera parte del poemario, al primer lienzo de patria chica que se levanta más allá de los confines imaginarios del poeta.

En tanto que “Sur de horizontes” es una celebración de la fertilidad, de la vida, de la madre tierra dadora del pan y las miserias, la vibración del sol sobre la llanura -música para el oído y el alma del poeta-; ardorosa pasión por la urbe, por la calle, por la siembra y la cosecha en medio de la agonía y la esperanza. En el poema “Lágrimas y estrellas” el se da continuidad a esa celebración de la vida en el sur. Pero de repente, lo que era armonía lingüística, a consecuencia de la felicidad del poeta, se torna en arritmia, en desazón y tragedia verso a verso: “Has tocado mi puerta/mi puerta no tiene perdón” Acariciando la flor, el poeta se hiere con las espinas. Este capítulo II titulado “Arrebatos”, cierra igual que el anterior, con un poema breve sobre la creación.

El poema “III” (p.45) supone una definición del sur en la que el poeta construye una acepción que nos caracteriza en toda la amplitud étnica e insular. En el “V” (p.48) Rannel reflexiona sobre su condición de obrero de la palabra, con las que se construye una dolorosa existencia “con nuestra muerte en las manos”. Esa muerte que como una reiteración cobra vida en el poema “VII” que versa sobre el fallecimiento de una estudiante a causa de una bala perdida durante una manifestación huelgaria.

Anteriormente dijimos que el tiempo constituye una de las principales problemáticas del poeta aludiendo continuamente a su lentitud (poema “VIII” p.55), evidenciando la desidia con elementos citadinos: la calle, la acera, la huelga… “Esta timidez de morir”, clara invocación a la lentitud, a la eternización de la existencia del poeta bajo esta incandescencia solar.

En el poema “Tres” (p.62) este demiurgo vuelve a codificar y descodificar la muerte, su destino de habitar el sur y su oficio: “Otros tiempos para abrir el libro/bajar las escaleras y llegar/llegar a la otra página/ y confesar/Rannel morirá en el sur de los cactus…” Así, en el capítulo que da título al libro, el poeta se transforma en materia y palabra. O más bien en la materia y la esencia de la materia; su imagen como objeto y sujeto de creación; verbo y carne a la vez. Transcurre en su historia personal el devenir de la patria y la historia de Antillas, como ocurre en el texto titulado “Batey Fula”: desde Maimón y Estero Hondo hasta Cuba y Martí, transcurre el yo poético construyendo el cálido verbo de sol. De igual manera ocurre en el poema “Trozos”, donde da la impresión de que un sol pequeño lo ilumina de adentro hacia afuera y viceversa.

Es admirable e ingenioso cómo en el poema “Víspera” el poeta se despoja de todo lo material y entrega su herencia a los sucesores del tiempo: su mujer, sus amigos, sus enemigos, sus hijos, los gusanos (a los que les entrega su carne), a Dios, al diablo… Luego, más adelante, en “Canciorema para una página de sol” retorna a las profundidades de la muerte, la decadencia del yo, su barro de carne y huesos:

“Nunca hemos podido salir del espejo Por eso estamos cantando fingiendo que no hemos muerto gastando estas palabras para seguir descubriendo la eternidad”,

y finalmente, como ante un ocaso de la otredad:

“El poeta encontró su muerte en el poema de fiebre y hastío”.

La poesía de Rannel está cargada de referencias culturales sobre su lar nativo, del trópico y de la ínsula caribeña. Una muestra palpable de tal aseveración la encontramos en “Geografía por las espinas” y “Canciorema para una página de sol” donde abundan las alegorías de lo agreste, las espinas, el sol, la sal, el vidrio y la existencia del sureño de cuerpo entero.

Creo que podríamos afirmar, sin ambages, que lo social es inherente a la poesía de Rannel Báez, así como lo fue en Incháustegui, en Manuel del Cabral y en Pedro Mir. De hecho, es probable que después del banilejo Héctor Incháustegui Cabral, ningún escritor de la región haya caracterizado el sur en su poesía como lo ha hecho Rannel Báez; pocos han radiografiado con tanto acierto su idiosincrasia y su diversidad cultural. Es que la de Rannel es una búsqueda de códigos identitarios que, bien mirados en su conjunto, representan una visión antropológica del sur. Donde lo social trasciende el panfleto para entregarnos una poesía rica en giros lingüísticos, valiéndose de un simbolismo mediante el cual esculpe y moldea la palabra y sus códigos, enfocando la realidad desde una perspectiva cada vez más honda y compleja.

Para Rannel, la palabra es una herramienta de barro a la que dota de plasticidad propia. Visto así, su poesía encarna una riqueza polisémica en la que se establece una dialéctica de la inducción y la deducción.

El oficio escritural de Rannel Báez, un tirapiedras consumado, nacido –sin saberlo y sin su consentimiento- en Azua de Compostela, abarca la producción de obras en los géneros teatro, poesía, cuento y ensayo, muchas de ellas premiadas a nivel local y nacional. Un ejemplo meritorio lo constituye “Orbe Per Verso, sin poesía” Premio Internacional poesía Casa de Teatro 2002.