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Ventana domingo, 26 de julio de 2020

Sigue caminando, Chula

  • Sigue caminando, Chula
Indhira Suero Acosta
Facebook: Negrita Come Coco | Instagram: @negritacomecoco1

A Esperanza Marte Santos, conocida como La Chula en la calle 27 del barrio Vietnam, se le han gastado las suelas de los zapatos andando detrás de La Doña de la casa en que trabaja como empleada doméstica desde hace 20 años. Y es que, queridos negritos, desde que llegó la maldita pandemia, nuestra querida Chula fue despachada a su casa, sin darle siquiera el pago de Febrero.

La Chula le ha prendido velas a todos los santos, porque ella necesita su dinerito para sobrevivir. La Doña, que es una reconocida ejecutiva de un banco, ni siquiera le toma el teléfono cuando nuestra Chula le llama para ver si “mi doña,  aunque sea me puede pagar una parte de mi dinerito que es que mis hijos se están cayendo muertos del hambre”.

Las súplicas de La Chula, no sirvieron de nada. Ni siquiera San Judas Tadeo ha podido ayudarla. La Doña se hace la muda y la sorda, y hasta parece que se le olvidó que, desde hace 20 años, la mujer a la que ahora pretende que no existe le limpió la mierda a sus hijos, le lavó su ropa sucia, le cocinó exquisitos platos, y hasta le enjugó las lágrimas cuando su querido esposo se fue de la casa para no volver.

La Chula entiende que la situación es complicada. Que anda una vaina rara que le dicen “el corona”, que hace que la gente, hasta los ricos vaya usted a ver, se mueran sin aire. Cualquiera se asusta, dice nuestra Chula, “pero, ¿cómo me hago yo sin dinero y sin comida en mi casa? ¿Con cuatro hijos menores de edad y un esposo paralítico?”.

Pero, queridos negritos, lo que más le duele a La Chula es que La Doña ni siquiera le responde el télefono. “Te soltó en banda, mami”, le dicen sus hijos, aunque La Chula se niega a creerlo, porque ¿cómo va a ser que una mujer a la que le dedicó la mitad de su vida actúe de esa manera cuando más la necesita?

Al parecer, a las mujeres como nuestra Chula nadie las protege. Lo que es más, creo que ni siquiera cuentan. Ni para el Gobierno, ni para la sociedad. Solo están ahí para limpiarle la mierda a nuestros hijos, lavarnos la ropa sucia, cocinarnos exquisitos platos y hasta enjugarnos las lágrimas cuando nuestros queridos esposos o nuestras amadas esposas se van de la casa para no volver.

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