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Ventana jueves, 18 de abril de 2019

Literatura

Martin Lutero visto por Lindal Ropel

  • Martin Lutero visto por Lindal Ropel
Darío Jaramillo Agudelo
Bogotá, Colombia

Lyndal Roper (Melbourne, 1956) es profesora de la Universidad de Oxford y gastó diez años de investigación que son notorios en el detalle y en la exhaustividad de Martín Lutero, renegado y profeta, excepcional biografía de Martín Lutero que mereció varias distinciones, como ser declarado libro del año por The Guardian y por The Sunday Times en 2017 y como haber ganado el Gerda Henkel Prize y haber sido finalista en el premio Wolfson de historia. Lo que le queda al lector no especializado es la sensación de que a principios del siglo XVI la corrupción por la venta de indulgencias era estructural en la curia romana y que la situación estallaría de todas maneras. La prueba es el efecto dominó que se produjo a partir del 31 de octubre de 1517, día en que ese oscuro monje agustino de Sajonia llamado Martín Lutero fijó sus 95 tesis en la puerta de la iglesia del castillo de Wittenberg. La biografía cuenta los orígenes del personaje y los avatares de la Reforma a partir de aquel día; entra en detalles sobre las discusiones teológicas y las maquinaciones políticas que supusieron la separación entre la iglesia romana y las iglesias que protestaban principalmente en Alemania y en Suiza. 

Lutero lanzó “un ataque al corazón mismo de la iglesia del papa y a su estructura social y financiera, basada en un sistema de salvación colectiva, que permitía a la gente rezar por los demás y reducir así el tiempo que pasarían en el purgatorio. Pagaban a todo un proletariado de sacerdotes dedicados a recitar misas de difuntos y a mujeres laicas y pías para que se ocuparan de los hospicios y rezaran por el alma de los fallecidos con el fin de facilitar su paso por el purgatorio. También pagaban a las hermandades (…). La vida religiosa y social de la mayoría de los cristianos medievales giraba en torno a este sistema. La cabeza de esta iglesia era el Papa (…) de modo que era previsible que, antes o después, la crítica de las indulgencias acabaría poniendo en cuestión el poder del Papa”. Existían guías que mostraban el número exacto de días de purgatorio que se ahorraban según se rezara una oración o se tocaran unas reliquias o se hiciera una excursión piadosa a Roma o algún lugar que el papa hubiera aprobado como lugar de apariciones. El gobernante de Sajonia tenía una colección de reliquias que incluía una espina de la corona de Cristo, el cuerpo entero de uno de los santos inocentes y 19.013 fragmentos de huesos de santos.

Lutero era un tipo muy hábil para predicar y para armar barullo y esto le sirvió para impulsar su movimiento; también era muy laxo en cuestiones de sexo, asunto que lo acerca mucho a la moral de nuestro tiempo. Pero era muy propenso a los accesos de ira, tenía una inmensa capacidad para odiar y no perdonaba cualquier desvío de sus opiniones, desvíos que él consideraba traiciones. No gustaba de los judíos (llegó a decir: “si los cristianos ven a un judío, deberían arrojarle excrementos de cerda y ahuyentarlo”) y veía al diablo en todas partes; varias veces fue atacado por el diablo y dijo: “en realidad no soy un monje [es decir un eremita, a solas] porque me acompañan muchos astutos demonios; me ‘divierten’, como dice uno de ellos y me perturban”; con toda seriedad pensaba que “su propio cuerpo se había convertido en un campo de batalla en donde se libraba la guerra cósmica entre Dios y el diablo”; al papa lo consideraba delegado del infierno y, aunque nunca dijo que Dios se le apareciera, con mucha, muchísima frecuencia alude a sus luchas contra el demonio. Durante los primeros tiempos de la Reforma, Lutero se volvió inmensamente popular: “entre 1518 y 1525 se publicaron más obras de Lutero en alemán que de los 17 autores más prolíficos juntos. Sólo Lutero fue responsable del 20 por ciento de todas las obras publicadas por las imprentas alemanas entre 1500 y 1530”.

Lutero creía que las buenas obras no llevaban al cielo, que uno se salvaba sólo por la fe; creía que Cristo estaba realmente presente en el pan y el vino, pedía que los cristianos comulgaran con las dos especies y llegó a afirmar que “para ser obispo había que comportarse a la griega, sodomizar y vivir al modo romano y amasar propiedades personales, es decir el insaciable infierno de la avaricia”. Buena parte de su éxito se debió a la manera tan hábil como explotó la disminución del poder secular de las autoridades alemanas por parte del papa, cuestión que le valió el apoyo de muchas de ellas; además, en la guerra de los campesinos de 1524, se puso de parte de los señores. Fue una línea de conducta y pensamiento constante durante toda su vida: “respeto a las autoridades civiles y a los derechos de propiedad, incluso en el caso de los esclavos”.

Al final, sacando conclusiones, la biógrafa destaca el talento de compositor de himnos y el valor literario de su versión de la Biblia: “su prosa –dice– convirtió la lengua alemana en el alemán coloquial moderno que conocemos”. También resalta como parte de su legado “una visión de la naturaleza humana que elimina la característica escisión entre carne y espíritu, responsable de la suspicacia frente a la sexualidad y de la rigidez moral del cristianismo”. Sin embargo, anota que “Lutero es un héroe difícil. Hay mucho odio en sus escritos y su predilección por la retórica escatológica no casa bien con el gusto actual. (…) Su intransigente capacidad para demonizar a sus adversarios fue algo más que un defecto psicológico. (…). Su antijudaísmo era más visceral que el de muchos de sus contemporáneos. (…) [Y] tenía una gran aptitud intelectual que se reflejaba en su capacidad para simplificar y llegar al corazón de los problemas, pero eso mismo le impedía llegar a acuerdos o ver matices”..