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Un humorista llamado Fiódor Dostoievski

  • Un humorista llamado Fiódor Dostoievski
Ricardo Guzmán Wolffer | Tomado de “La Jornada Semanal”
Ciudad México

Ante la profundidad de obras como Crimen y castigo, Los demonios y muchas otras de Fiódor Dostoievsky (Rusia 1821-1881), pasa desapercibido el humor que también formaba parte de su pluma, como es claro en “El cocodrilo”.

En la Rusia de finales del siglo xix, en la capital se exhibe un cocodrilo. Cosa rara para la época. Ello motiva al introvertido Iván Matvéich a ir con su esposa y su amigo Semión Semiónych. El lugar de la exhibición es elegante y el reptil enorme. Un poco decepcionados, Iván y compañía se disponen a irse, cuando aquél es devorado por completo. Mientras Semión reclama al dueño por la desgracia sucedida, todos quedan sorprendidos al escuchar cómo, desde adentro del animal, el tragado Iván opina sobre cómo resolver ese asunto, pues el dueño de la bestia no está dispuesto a que rajen al animal para sacar al parlanchín Iván. Cuando el dueño del reptil advierte la gran atracción que ahora tiene, con una persona adentro de la bestia, y que por ello cobrará más la entrada, desde la panza del cocodrilo Iván dice estar de acuerdo: “el principio económico ante todo”.

En el intento de conseguir el apoyo de Timoféi Semiónych para lograr sacar al engullido, Semión paga una deuda que claramente Timoféi no esperaba recibir. Al escuchar la situación de Iván, Timoféi afirma que era de esperarse un final así para Iván, ya que “las personas exce­sivamente formadas se meten en cualquier lugar y, principalmente, allí donde no los llaman”. Al ser increpado por Semión y pedirle consejo para Iván, quien lo espera “con lágrimas en los ojos”, Timoféi revira afirmando que “son lágrimas de cocodrilo y no hay que darles en absoluto credibilidad”. Termina por aconsejar que Iván se quede donde está, pues un suceso tan peculiar terminará por crear envidias y recelos. Además de que, reitera el autor en boca de Timoféi, debe respetarse el principio económico, el cual debe llevar a la venta de tierras comunales, “generar capitales: necesitamos tener una verdadera burguesía”; y también a que Iván permanezca dentro del animal, precisamente para generar más capital. Ello para proteger al propietario extranjero y no rajar “la fuente fundamental del capital básico, el vientre (del cocodrilo)”.

Ante la propuesta de que se le pague su salario a Iván, a pesar de estar adentro del cocodrilo, Timoféi destaca que eso sentaría un mal precedente pues pronto muchas personas se dejarían engullir por cocodrilos para cobrar su salario sin trabajar.

Bajo el humor intencionado y logrado en este peculiar teatro del absurdo, Dostoievski narra las costumbres rusas, donde la última opción es recurrir a la burocracia.

Iván quiere aprovechar la muchedumbre que lo visita para aleccionarlos, pues “del cocodrilo saldrán la verdad y la luz”. Y es que Iván ha descubierto que en la naturaleza todo vacío es irregular, de ahí la necesidad de que los cocodrilos engullan personas. Claro, acota, salvo la cabeza humana, pues cuanto más vacía está, menos deseos experimenta de ser colmada. Esta simbiosis conceptual sirve de sustento para explicar cómo podrá vivir Iván adentro del reptil: el animal le transmitirá los líquidos vitales pues Iván lo ha llenado ya. Todo parece funcionar, pero en cuanto se consuma la ropa de Iván, por ser rusa y sólo por ello de mala calidad, Iván supone que será digerido. Para resolver la situación propone la importación de tela inglesa, cuya resistencia será más útil para futuros engullidos en algún cocodrilo.

El humor de Dostoievsky anticipa al de Groucho Marx, pues desarrolla teorías a partir de un hecho inverosímil y critica a esa sociedad sólo preocupada por el dinero y el reconocimiento. De paso habla mal de los diarios: luego de unos días de ser engullido Iván, los periódicos narran el hecho desde ángulos absurdamente opuestos a la realidad. Lo que interesa es vender los diarios sin importar qué tan exacta sea la información, pero también aflora ese humor de la contraposición que hace risible la versión periodística, precisamente por ser tan distante de la “realidad”.

El calibre literario de Dostoievsky permite suponer que este tipo de humor, basado en los contrarios, en el absurdo, en la mecanización de los personajes (la mezquindad es su única característica) para arrebatarles la posibilidad de ser humanos con matices complejos, no es un ejercicio gratuito: servía para señalar la ceguera de una parte (no sabemos si representativa) de la sociedad en su búsqueda de la burguesía, tan cara para la Europa del siglo xix. También para evidenciar que el autor era más complejo de lo que suponemos: el análisis completista de su obra arroja a un escritor con matices encontrados, temáticas divergentes y una visión que no sólo era fatalista, sino también capaz de encontrar el humor en lo cotidiano: como ser engullido sin daño alguno por un cocodrilo con la posibilidad de quedarse adentro sin hambre o molestias de ningún tipo, para poder enseñarle al mundo lecciones de moral y de teoría del Estado. ¿O simplemente era una metáfora del autor encerrado en un mundo hostil, que quiere expresarse?

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