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LA CUARTA PARED

Ana Karenina

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Virginia Sánchez NavarroSanto Domingo

En 1877, el autor ruso Leo Tolstoy publicó en su totalidad la serie de entregas que había estado publicando por un período de cuatro años. El resultado fue la novela Ana Karenina. Pero, a pesar de ser su homónima, la novela no solo se centra en éste personaje, si no en un conjunto de personas que formaban la sociedad de Moscú y San Petersburgo en la que se movía el autor. Ana viene siendo la víctima por excelencia del silencio fatal, característico de éste ambiente y odiado por el escritor. Casada desde joven con Alexei Karenin, Ana lleva una vida digna y soportable, siempre y cuando no se detenga a pensar en lo desagradable que le es su impasible compañero. Alexei, a su vez, viene siendo uno de los exponentes principales de éste modo de vivir. Las cosas se piensan y hasta se sienten, pero no se hablan, no merecen reacción pública. De él no obtenemos una reacción humana ni siquiera cuando Ana inicia una relación con el atractivo Conde Vronsky. La sociedad “moderna” de San Petersburgo celebra el hecho de que la perfecta Ana Karenina haya descendido, teniendo un amante, al nivel promedio de las damas casadas de la ciudad; y para ella es sorprendente la facilidad con que sus mentiras son recibidas por ellos y por su esposo. Pero cuando la situación se torna inaguantable, Ana decide decir la verdad, considerando cualquier consecuencia preferible a tener que seguir engañando. Es entonces cuando entendemos que aquí la verdad, esa aseveración de lo que se hace, de lo que se siente, es una desgarre en la plataforma de un barco que flotaba perfectamente sobre apariencias. Alexei se ve obligado a abandonarla y privarla de su hijo, y todos aquellos que colaboraron con el mantenimiento del secreto ahora la señalan y abandonan. No cabe dudas que el ser humano, aunque en situaciones y a ambientes diferentes, no deja de ser el mismo. Todavía nos encontramos a esa persona que prefiere aguantar en silencio toda humillación a aceptar ante otros el que está siendo humillado. Aún tenemos a esos que te acompañan en el descenso pero huyen de tu lado cuando llegas al suelo. Por ahí andan como siempre los que actuan bajamente sin verguenza alguna, hasta que alguien se lo dice en la cara, entonces empiezan las lágrimas, las defensas. Aún visitamos a alguien por que sino qué dirán, sabiendo claramente que ni nosotros queremos visitarlos ni ellos quieren la visita. Todavía hacemos amistades que se vencen cuando ya no son convenientes. Todavía es preferible sofocarse que abrir una ventana, donde todos nos pueden ver, para tomar aire. Hoy aún preferimos ir flotando en apariencias que celebrar el que alguien, para bien o para mal, finalmente fue honesto.

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