Ventana

AFRODESCENDIENTES

Mis queridos “cocolos”

LOS “COCOLOS” SE ASENTARON EN LOS INGENIOS DE ANGELINA, CONSUELO, PORVENIR, SANTA FE, PUERTO RICO Y COLÓN, EN SAN PEDRO DE MACORÍS

Indhira SueroSan Pedro de Macorís

“Los cocolos son aquellos negros que vinieron de sus islas tropicales con banderas de hermandades, con trajes oscuros, de luto y domingueros, respeto, mutualismo y sociedades. Los cocolos son aquellos negros que vinieron de sus islas tropicales con espejos, flautas y tambores, alegrando las calles soñolientas, en cadencia de trémulos sudores, en torbellinos de huracanes”. Luego de leer estos versos de Antonio Frías Gálvez, el viejo Macorís del Mar se pregunta: ¿Dónde están sus cocolos? ¿Adónde llevaron sus costumbres y su guavaberry? Se lamenta siempre aquel que un día recibió a cientos de inmigrantes con ansias de trabajo. Hoy día responder a su pregunta se hace difícil, se da por sentado que en esta ciudad habitan los cocolos, que su cultura llena las calles y alimenta al pueblo, pero tras escuchar tres historias de descendientes de emigrantes se hace necesario pensar en el destino de estos afrodescendientes. OneDesde pequeño demostró amor por la historia. Cuando se hizo mayor, el deseo de conocer más sobre sus orígenes lo llevó a especializarse en la “cultura cocola”. Hijo de un padre que nació en Antigua, Rafael Jarvis demuestra con cada palabra que conoce y ama su etnia. “Los dueños de ingenios buscaron alternativas en la mano de obra porque desde 1880 hasta 1884, hubo una crisis en el sector del azúcar debido al bajo precio del producto, el poco interés de los campesinos dominicanos en convertirse en obreros de la industria azucarera y a los salarios excesivamente bajos. La solución más rentable fue buscar trabajadores entre los residentes de las Antillas Menores que en el momento vivían una situación penosa económicamente hablando”, afirma Jarvis, catedrático de la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra (PUCMM). Muchos de los libros que posee Jarvis en su hogar tienen relación con hombres y mujeres definidos en el poema “Cocolos de Cocolandia”, de Antonio Frías, como “negros de la alegría”. De acuerdo a Jarvis, “los braceros vinieron a trabajar en los ingenios, en la instalación vía férrea Sánchez- La Vega y en la Refinería de Petróleo de La Romana. A partir de ese entonces, la industria azucarera descansó en los hombros de esos inmigrantes”. Como todo grupo humano, los cocolos generan dos niveles de cultura, material y espiritual. Estos inmigrantes trajeron consigo comidas y una manera de vestir diferente a los dominicanos, de igual manera valores, costumbres y creencias. “Con ellos vinieron las nasas de pescar, que no eran utilizadas en el país antes de la llegada de los cocolos y que en un principio eran hechas de ‘bejuco’. Además infundieron valores morales y religiosos a sus hijos, deferencia a los mayores y a las damas. Muchos hijos de cocolos han ocupado puestos como literatos, médicos e ingenieros y no se han embarrado con la podredumbre que hay en la sociedad dominicana, entre ellos Avelino Stanley, Celsa Albert, reverendo Isaac, reverendo Brooke, Nadal Walcot y Norberto James”, asegura Jarvis. Los trabajadores que vinieron desde las islas del Caribe ingles se mostraron como personas reservadas, valor transmitido por la cultura anglosajona. Además el ser rechazados, al principio, contribuyó al desarrollo de estas características. Two “Mis padres eran de San Martin y de Tórtola. A mi madre la trajeron cuando era una ‘baby’. He ido allá muchas veces para conocer mis orígenes. Encontré familia en Tórtola y en Saint Thomas, fue una bendición conocerlos”, asegura Cinthia Dunker, propietaria, junto a sus nueve hermanos del “Rincón Cocolo”, restaurante del barrio Miramar en San Pedro de Macorís. Esta mujer dio sus primeros pasos en medio de sabores y olores de una cocina que define a los inmigrantes. Desde niña, su abuela le transmitió la pasión por la comida “cocola” al preparar la harina de trigo y el pescado junto a vegetales, tubérculos, frutas, nueces y molondrones. Considerado por Pedro Richardson, en el libro “La cocina cocola de la tía Susana”, como el aspecto menos conocido de los aportes de ese grupo al país la comida es uno de los rasgos que destaca la influencia de varias naciones en los cocolos. Dunker conoce con exactitud la manera de hacer el fungi (fish corn mill), los domplin, el johnny cake, el conconete, el peppermint, el ginger swett, el mabí inglés y las bebidas de guavaberry hechas de araijan (fruta endémica del país, abundante en el Seibo) e industrializadas en las bodegas de Pedro Justo Carrión a principios de los años 90. Sobre su infancia recuerda que aprendió el inglés antes que el español. Una anécdota que en sexto curso daban becas y que ese año se la dieron a una niña que era ‘blanquita’: “A mí, que era la que tenia mejor nota, no me la dieron. Pero en ese entonces no pensé que era por ser “cocola”. Me acostumbré a esa palabra, porque nadie me decía ‘cocola del diablo’, viví siempre como dominicana”. Según Dunker, muchos de los braceros no se quedaron aquí cuando se acabó la “danza de los millones” , debido a que la vida era mejor en otras islas, “aunque creo que a los que se quedaron aquí les ha ido mejor”. Sobre el restaurante, Dunker destaca que al principio algunos de sus hermanos no querían el nombre de “Rincón cocolo”, porque no les gustaba el adjetivo. “Pero mamá decía que éramos cocolos y que debíamos aceptar ese mote. Ahora estamos pensando que haremos con el lugar porque no acuden muchos clientes y ya ha pasado a ser algo más familiar”. ThreeNadal Walcot ama dibujar el Ingenio Consuelo, en ese lugar vivió junto a sus padres originarios de San Martin y Anguilla. En sus pinturas hace revivir las locomotoras que transportaban la caña picada de sol a sol por los braceros de las “islas”. Aunque los cocolos no se destacaron por el cultivo de las artes plásticas, debido a que esa aréa no había experimentado gran desarrollo en tiempos de las inmigraciones. Este artista petromacorisano disfruta dar a conocer la cultura de sus padres. “En si el desarrollo de las artes plásticas fue limitado, pero en áreas como la artesanía de madera, se destacaron mucho siendo grandes carpinteros y ebanistas, aunque habían pintores que más que publicitar sus obras se limitaron a colgarlas en sus casas”, asegura Walcot. En la memoria del artista aparecen los valores e instituciones de la “cultura cocola”. La prescencia en el país de instituciones como las ‘logias’ “que aunque no eran exclusivas de los cocolos se usaron como una protección mancomunada”, los representaban frente al régimen de Trujillo y los protegieron durante la dictadura. Walcot recuerda como si hubiera sido ayer cuando su abuela se preocupaba cuando se atrasaba en el pago de la carta de migracion que en ese entonces era de un peso con 50 centavos En cuanto a la discriminación afirma que al entrar a la escuela “todos los lunes tenía que pelear porque le decían ‘cocolito’ y como iba peinado con aceite de coco me voceaban: ¡fo’ que bajo a aceite de coco¡. En las escuelitas de cocolos no tenía que enfrentar nada de eso,hablabamos “ingles de muelle” y los profesores nos enseñaban de todo un poco: repostería, higiene, idiomas como el holandés, en fin, a ser autosuficientes”. Para el artista, la presencia cocola en República Dominicana decrece porque muchos regresaron a su país en tiempos de la dictadura de Trujillo con todo y familia. “Quedan muy pocos porque ya la quinta generación no quiso seguir siendo cocola, ya eran dominicanos. La preocupación por la amenazaza de “extinción” de este grupo se refleja en dos notas. Una del periódico Última Hora, escrita por Florentino Durán el 25 de junio de 1991 que manifestaba: “Pero de aquella cultura cocola, es muy poco lo que queda, más bien está en la memoria de algunos buenos historiadores e intelectuales de Macorís, que si tienen precisión al recordar sus mejores tiempos, aunque con la nostalgia de que ya no está.Y la otra, del periodico “El Nacional” autoría de Tony Pina, el 27 de julio de 1988 que aseguraba que de los ‘cocolos’ solo quedaban vestigios amenazados con desaparecer debido a la presencia, cada vez más creciente, de estudiantes extranjeros matriculados en la Universidad Central del Este. OPOSICIÓN A LA LLEGADA DE COCOLOSEmilio Rodríguez Demorizi en su texto “Poesía popular dominicana”, y citando al periódico “El Dominicano” de 1855, señala que los dominicanos de esa época se referían a los haitianos con el término peyorativo de ‘cocolos’.Un artículo del LISTIN DIARIO, el 21 de diciembre de 1900, afirma que con el mote de ‘cocolos’ fueron confirmados aquí los emigrantes que de varias de las pequeñas Antillas “vienen todos los años a este distrito con el objeto de trabajar durante la zafra en los ingenios de caña”.En el artículo “Inmigración dañosa”, aparecido en el LISTIN DIARIO en diciembre de 1900, se decía: “Estos desgraciados cocolos… vienen a Macorís , no a vivir, no a fundar, sino a trabajar cuatro meses , en los cuales solo cambian de traje en carnaval para pedir limosnas bailando en las calles públicas; no comen , que viven divinamente con algunas galletas y un poco de bacalao, y al fin de zafra, cargados con el producido de sus jornales, emprenden viaje, hasta la próxima molienda”.En el 1904, los dueños de ingenios salieron a la defensa de los cocolos al asegurar que “tal inmigración era un regalo del cielo, gracias a ella no se ha arruinado la industria sacarina, pues solo pide un jornal de 40 centavos, mientras que el dominicano no trabaja por tan poco”.Para el 22 de agosto de 1912, un artículo titulado “Ley de inmigración” alababa la promulgación de una ley que prohibía la migración de enfermos, anarquistas, asiáticos, africanos, habitantes de Oceanía y colonias europeas de América, al referir que el pueblo dominicano tenía derecho a defenderse de inmigraciones no deseadas: “no puede dejar que gentes que no son lo mejor de su tierra se apoderen de una de nuestras provincias y la conviertan en una sucursal de Cocolandia (…) de allá no sale para acá sino la gente más inferior, la que en su tierra misma tiene por poco deseable”.

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