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Susurros

Epitafio

La escalera numerada para no perder el rumbo del destino presagiado en su frente se angostaba a cada paso. La luz tenue solo permitía advertir algunas siluetas a lo lejos que se mezclaban en la abrumadora noche espesa. Una historia tallada en el tiempo disimula los sacramentos perdidos en las mentiras. Está exiliado, disuelto; pero no lo sabe. Ricardo siente sus manos líquidas, llenar de aire, el estomago que traspasa las paredes. Escucha a Damián lamentarse sobre un cuerpo rígido que descansa en su cama. “¿Quién es ese extraño que ocupa mi lecho?”. Sale turbado de la habitación, sin recibir respuestas. Lo ignoran, nadie levanta el rostro para escucharlo. La ira se apodera de él y golpea con fuerza el espejo borroso del pasillo. Los filosos fragmentos vuelan a todos lados, su madre de rodillas se aferra a un rosario pidiendo perdón, suplica que se marche y encuentre su nueva morada. Aterrado ante la crueldad de la que era víctima abandona la casa. “¿Cómo pedirle a un enfermo que deje su hogar? ¿A dónde iré? Soy una peste, una carga que pesa demasiado para los que amo”. Bajo el sol no logra divisar claramente los árboles que se muestran traslúcidos en una agonía perenne sin color. Debe estar muy enfermo, tiene horas caminando en todas direcciones sin padecimientos más que aquel extraño dolor que se escurre por su ser como un profundo vacío. Sus pensamientos se difuminan, anhela recordar el sabor del café mañanero de la oficina, los olores diversos de la piel de su novia que ya son cenizas en su mente. “¿Quién soy?” pierde el sendero, no sabe a donde se dirigen sus pasos. Llora, sin la humedad de las lágrimas, se abraza a las luces de la ciudad dormida a lo alto del puente. Le robaron su mundo arrojándolo al viento desconocido reflejado en un rostro que no es suyo. Regresa a casa. Siguen los lamentos. La gente llega de distintos lugares de negro y con flores en las manos. Ha pasado alguna desgracia. Se cuela entre la multitud hasta subir a su cuarto. Sigue el silencio, la canción de los gemidos es ahora más ligera. Los versos se marcharon en un ataúd, quedaron grabados en un epitafio. Observa desde la ventana el solemne desfile. Se desmorona ante sus ojos la arquitectura de su existencia. Puede comprender lo que sucede. Ve por última vez las fotos sobre el estante. Esta es su despedida, se aleja en la inmensa luz que ahora le cubre. Sobre aquella tumba reza la dedicatoria: “Me costará la vida aceptar mi muerte y la muerte no podrá con mi vida” Ricardo Geliz.

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