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LA CUARTA PARED

Flotando

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Virginia Sánchez NavarroSanto Domingo

¿Cuántas personas son felices? ¿No es casi normal, luego de preguntarle a alguien cercano cómo está, que nos responda con un desanimado “aquí”, indicando lo lejano que está de poder decir bien? ¿Cuántas personas vemos flotando de alegría, como si fueran parte de una pintura de Chagall? Estar bien no es magia. No es levantarse y decir: ¡Estaré bien! Estar bien es poder decir que hacemos lo que, dentro de nosotros, sabemos es nuestra razón de ser. De niño, Marc Chagall observó a un compañero de escuela dibujar. Aunque el arte para él era un concepto desconocido, ese día el futuro pionero del modernismo descubrió que la pintura era su llamado y que nunca estaría bien si no la practicaba. Chagall, nacido en Bielorrusia (1887), entendió que con la discriminación judía en su país, nunca alcanzaría éxito; el ambiente no lo dejaría desarrollar su talento. Entonces, dejando familia y prometida atrás, Chagall fue a Francia, rápidamente iniciando su carrera y rodeándose del trabajo de quienes tanto admiraba. Durante los siguientes años, Chagall se la pasaría entre ambos países, hasta que la Segunda Guerra Mundial lo obligara a huir a Estados Unidos. Sufrió el aislamiento mientras llegaban noticias de que su querida ciudad, Vitebsk, estaba siendo destruida; de que sus amigos artistas habían sido perseguidos. Más tarde, su esposa murió, hecho que Chagall siempre achacaría al exilio. Pero por más que sufriera, el pintor siempre pudo recurrir a eso que lo hacía estar bien. La pintura lo acompañó en júbilo y tristeza. Más importante aún, seguir su llamado le permitió ser mejor para otros: Abrió una escuela de arte en Vitebsk donde niños de su raza serían bienvenidos y fomentó, a través de su arte, relaciones cordiales entre cristianos y judíos. Chagall jamás hubiera sido útil sin alcanzar su potencial. Y aunque su final estuvo lejos de sus orígenes, estos siempre marcaron su éxito, como puede verse en la carta que dedicó a Vitebsk: ¿Por qué te dejé años atrás?... Tú pensaste: “ese niño busca algo, una delicadeza especial, ese color que desciende como estrellas desde el cielo y que cae, brillante y transparente, como nieve en nuestros techos. ¿De dónde lo sacó? ¿Cómo pudo venirle a un niño como él? ¿No sé por qué no pudo encontrarlo en nosotros, en la ciudad, en su patria? Tal vez el niño está loco, pero ‘loco’por el bien del arte”… Tú pensaste: “Puedo ver que estoy grabado en su corazón pero, aún así, el continúa volando”; el sigue luchando por emprender vuelo, lleva ‘viento’ en su cabeza.” No viví contigo, pero no hubo una sola pintura que no respirara tu espíritu y reflejo.

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