Ventana

ESCRITORES DOMINICANOS

Aída Cartagena

Carlos X. ArdavínSanto Domingo

Sólo una vez en mi vida he estado en la benemérita ciudad de Moca. Recuerdo aquella visita pues acaba de estrenar la adolescencia y en mí bullían los pensamientos, ideales y sueños propios de esa edad. Recuerdo el aroma memorable de las fi ncas cafetaleras, el café colándose en la mañana fría y lluviosa, las mujeres del servicio dándole los últimos toques al suculento mangú, mientras en la distancia atisbaba, con gesto escrutador, la línea verdinegra de las montañas. Moca, como una visión lejana y adolescente que vuelve ahora a mi mente al evocar la fi gura de Aída Cartagena Portalatín. Moca, en 1918, año en el que la escritora nació: apenas un puñado de casas, imagino, de calles de tierra y pájaros piando profusa y sabiamente entre los cafetos; y el sempiterno perfume despedido por los sembradíos de cacao. Solo una vez, también, conocí y charlé con Aída. Nuestra breve charla tuvo lugar en la Biblioteca Nacional Pedro Henríquez Ureña. Era la poeta de mediana estatura, de parla calmada y modales exquisitos. Tal vez sus años de aprendizaje y estudio en París forjaron su carácter más bien meditabundo, caviloso, y esa mirada que supo traspasar las breves fronteras de su ínsula en busca de horizontes más amplios y ecuménicos. África se le apareció en el camino, con un fulgor que dejó algunas huellas indebles en su obra. Obra poética y narrativa de vanguardia, inclinada a las aventuras de la experimentación literaria, abocada a la búsqueda permanente de un lugar de primacía en el que el quehacer creativo de la mujer esctiroa no estuviese sometido a ningún género de consideraciones sexistas. La Poesía Sorprendida acogió sus primeras publicaciones líricas: Víspera del sueño, Una mujer está sola. Luego dirigió los cuadernos de las Brigadas Dominicanas y publicó una novela de complicada lectura que inauguró de cierta forma un espacio novedoso dentro de la novelística dominicana; novela de título venturoso, por cierto: Escalera para Electra. Cartagena murió en Santo Domingo en 1994. La última imagen que tengo de ella me la muestra tras el volante de su pequeño coche en la avenida Bolívar. Tengo el convencimiento de que algún día volveré a Moca.

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