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REFLEXIÓN

Dios sale a buscar a todos los suyos

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Teresa Valentí BatlleSanto Domingo

Jesús nos presenta hoy una novedad en el evangelio de San Marcos. Una novedad que guarda relación con la salvación. Isaías en la primera lectura anuncia algo nuevo que resulta desconocido; tan extraño y chocante que convertirá los desiertos en vergeles; tan alegre y saludable que Dios en persona abrirá un camino para saciar la sed de su pueblo. Dios saldrá al encuentro de los suyos, a pesar de la infi delidad de ellos. Perdonados sus pecados, sólo les traerá bienes, bendiciones, salud, hartura de lo que carecen y desean. Esa novedad se ve cumplida en Marcos con la curación del paralítico de Cafarnaún. Jesús se hospedaba en la casa de Pedro. Exponía la buena noticia del Evangelio a los que acudían a escucharle. Su predicación se rompe con la irrupción del paralítico desde el tejado ante la imposibilidad de llegar a Jesús de otra manera por el gentío que se agolpaba. Jesús se dirige a él directamente y, sin mediar palabra, le declara perdonados sus pecados: “Coge tu camilla y echa a andar”. La curación sucede en la dimensión física y en la dimensión moral. La camilla tenía atrapado al paralítico. Era su lecho del dolor. Nuestras parálisis no pueden quitarnos las ilusiones y los sueños. No podemos establecernos en la inmovilidad, en una silla de ruedas o en una cama. Los estados carenciales de los enfermos se parecen pero no así las personas. Las hay que luchan y reducen su inmovilidad, intentan ayudar a los demás y echan a andar como sea. Todos, de alguna manera, andamos en camillas, nos agarramos a ellas para no salir andando ligeros. Nuestras ataduras materiales, las convenciones sociales que nos incapacitan para acercarnos a quienes nos necesitan; el orgullo, la violencia. También son camillas nuestros defectos de carácter: la pereza, la mezquindad de corazón, la indiferencia. Todo ello lo usamos para justifi car nuestra inmovilidad. Nuestras “camillas” nos tienen atrapados. Nos falta la fe, el desparpajo para colarnos, aunque no sea por el tejado, en la casa de Jesús y sanarnos. El paralítico no era cobarde. Pidió ir a ver a aquel que prometía vida nueva y curación de las limitaciones. Soñaba y creía y por eso Jesús ni le pregunta ni él pide nada. “Hijo, tus pecados quedan perdonados”. La frase escandaliza a unos y asombra a otros. El perdón no se ve, pero la señal del mismo sí. En Jesús se cumple la profecía de Isaías: Dios mismo sale en auxilio de su pueblo, del nuevo pueblo para el que Jesús ha venido: la humanidad entera. Todos aquellos que quieren reconocer en Jesús. Así lo recoge el fi nal del pasaje.

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