Gobernar escuchando: la política sensible de Luis Abinader
En tiempos donde la desconexión entre gobernantes y ciudadanía suele marcar la pauta en muchas democracias, el estilo de liderazgo de Luis Abinader ha ido construyendo una narrativa distinta: la de un presidente que escucha, que rectifica y que asume costos políticos en favor del bienestar colectivo.
Las recientes decisiones adoptadas por el mandatario dominicano parecen confirmar esa línea de acción. La paralización del denominado proyecto Romero en San Juan de la Maguana constituye un ejemplo emblemático de esta forma de gobernar. Más allá de los argumentos técnicos o económicos que pudieran sustentar la iniciativa, el presidente optó por atender una señal clara: el rechazo de la población. En un contexto donde muchos líderes insisten en imponer proyectos bajo la lógica del “interés nacional”, Abinader eligió reconocer que no hay desarrollo legítimo sin aceptación social. Este gesto no es menor. Implica entender que la gobernabilidad en el siglo XXI no se sostiene únicamente en la autoridad formal, sino en la legitimidad construida desde la escucha activa. Detener un proyecto de esta magnitud supone costos, presiones y cuestionamientos, pero también envía un mensaje contundente: el poder no es un fin en sí mismo, sino un instrumento al servicio de la gente.
A esta decisión se suma otro conjunto de medidas que refuerzan la misma visión de gobierno. Frente a la crisis internacional derivada del conflicto en Medio Oriente, el Ejecutivo dominicano ha optado por una estrategia de contención del impacto económico que combina prudencia fiscal con sensibilidad social. El gobierno dispuso una reorganización del gasto público para liberar cerca de RD$40,000 millones, reduciendo partidas no esenciales y priorizando la protección de los sectores más vulnerables.
Estas acciones incluyen recortes en gastos operativos, limitación de compras innecesarias y racionalización de recursos, en una clara señal de disciplina estatal. Pero más allá de la técnica presupuestaria, lo relevante es el enfoque: se busca que el peso de la crisis internacional no recaiga desproporcionadamente sobre la población.
De hecho, el gobierno ha venido absorbiendo parte del impacto mediante subsidios, particularmente en los combustibles, destinando miles de millones de pesos para evitar aumentos abruptos en el costo de vida. Esta decisión, aunque fiscalmente exigente, refleja una comprensión clara de la realidad social dominicana: trasladar completamente el choque externo al ciudadano sería profundizar las desigualdades y tensionar el tejido social. Aquí se revela una de las claves del liderazgo de Abinader: la disposición a asumir sacrificios desde el Estado para amortiguar los efectos sobre la gente. En otras palabras, gobernar no desde la comodidad de las cifras, sino desde la sensibilidad frente a las consecuencias humanas de las decisiones económicas.
Este enfoque también desmonta una crítica recurrente en la política dominicana: la supuesta falta de planificación. Por el contrario, las medidas adoptadas evidencian una planificación flexible, capaz de adaptarse a contextos cambiantes sin perder de vista el objetivo central de proteger a la ciudadanía. No se trata de improvisación, sino de capacidad de respuesta.
En definitiva, las recientes actuaciones del presidente delinean un modelo de liderazgo que combina escucha, responsabilidad y empatía. Un liderazgo que entiende que la estabilidad no se construye solo con indicadores macroeconómicos, sino con decisiones que conecten con las necesidades reales de la población. En un mundo marcado por crisis externas y tensiones internas, la política que escucha —y actúa en consecuencia— no solo es deseable: es imprescindible. Y en ese camino, Luis Abinader parece haber encontrado una de las claves más escasas y valiosas del ejercicio del poder: gobernar con los oídos en el pueblo y el corazón en la gente.

