El manantial de la doncella

Igmar Bergman reescribió el cuento “Caperucita roja” en su laureada cinta “El manantial de la doncella”. Según su versión, la jovencita no visita a su abuelita para llevarle un pastel de manzanas, sino que cumple un ritual noruego del siglo XIV vinculado al deber que una doncella debe hacer, llevar una ofrenda de velas al altar de la virgen. El rey Tore envía a su hija adolescente con otra persona encargada de cuidarla, pero ella la abandona a su suerte en medio del bosque.

El lobo feroz no es el lobo feroz, sino tres bandidos que la rodean, la violan y la asesinan. Lo demás, cae por su propio peso. No pretendo reescribir de nuevo el cuento ni voy a relatar el peligro de andar a solas por parajes copiosos.

He recordado esta historia para revertirla en una estampa de crímenes y manías redentoras que lamentablemente funcionan en la mente de humana de diversas formas: una es la venganza frente al crimen de un ser querido y otra con la falsa idea del gozo personal envuelto en extraña humedad que saldrá volando al poco tiempo mientras los culpables solo pretenden la creencia de poder cambiar un status de ambición frente al acto que al siguiente día pasará la página.

Me explico. Se ha anunciado la visita al país, invitado por un festival literario, de Carlos Granés, erudito colombiano que se ha detenido a estudiar la historia de las ciencias sociales de América Latina en el pasado siglo. Es una buena ocasión para recordar las páginas de su libro “El pulso invisible” donde retrata el cambio ideológico del líder Le-Roy Jones (1934-2014) un influyente poeta, dramaturgo y activista político estadounidense, figura clave en la literatura afroamericana y el movimiento Black Arts. Fundó la revista “Yugen” y la editorial “Totem Press”. Destaca su ensayo «Blues People: Música negra en la América blanca».

Fue carismático, siempre en busca de ideas que pudieran contribuir al mejoramiento y la igualdad. Le-Roy Jones, desde la década de los años sesenta encarnó mejor que nadie algunos de los cambios culturales que se produjeron en el mundo. Por esas causas visitó Cuba y lo que allí vio por sus propios ojos, le impactó. Los hombres no solo eran barbudos que vendían cara su vida, sino que alfabetizaban a los pobres, manejaban tractores y montacargas, cortaban caña, labraban la tierra: no solo defendían un lugar trascendente. Tampoco existían garitos ni aventuras sexuales, borracheras, programas exóticos o noches de droga. Hacían algo por su pueblo y no se les ocurría la idea de saciar su fervor revolucionario en vulgares orgías. Y lo que más le llamó la atención era la forma en que una idea compartida embellece a la gente: en todos los municipios que visitó encontró gente bailando, cantando, celebrando. No había nadie que no estuviera inspirado en la embriaguez contagiosa de ideales idénticos. El joven apolítico Le-Roy Jones que llegó a Cuba sin saber qué se hacía allí, y regresó a cambiar la piel. Su sensibilidad navegó hacia nuevas preocupaciones y a nuevas posibilidades. Había descubierto que en ese pueblo había más libertad que en los propios Estados Unidos.

El tiempo trajo sus máscaras. Le Roy Jones cerró los ojos y no vio que poco a poco aquel país sufría una transformación radical. Hasta el día de su muerte siguió creyendo a Cuba como un modelo a seguir. No vio cómo de pronto se abrían los garitos, la discriminación racial era cada vez más marcada, la prostitución volvía a la calle y la gente que había luchado por una causa de pronto tuvo que emigrar. La alegría se volvió tristeza, la miseria arropó las calles y aquel modelo social arremetió contra sus propios hijos. Las ciudades se llenaron de sangre y un raro olor a esclavitud contagió el aire: hasta los peces desaparecían del mar y los campos se convirtieron en fosas baldías donde todo el poder se concentraba en la venganza, como el rey Tore creado por Igmar Bergman, quien no sintió piedad ante asesinos que no sabían leer ni escribir; sus rostros presumían inocencia mientras la sangre de la doncella corría por las aguas de aquel manantial como homenaje a las causas perdidas que una vez resultaron hermosas como los campos de flores que la Caperucita Roja recogió para su abuela.

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