¿Resolverá la IA la deuda de los países ricos?

Existe una muy difundida creencia en que las mejoras de productividad derivadas de la inteligencia artificial resolverán el problema de déficit fiscal insostenible de las economías avanzadas. La idea sería que la IA aumentará la recaudación tributaria de modo tal que incluso los gobiernos más pródigos reducirán el déficit.

Puede que sea cierto. Pero hay muchas más razones para pensar que esas expectativas son peligrosamente optimistas. Para empezar, parece probable que la IA aumente la participación del capital en el producto y reduzca la participación del trabajo (algo que tiende a reducir la recaudación tributaria). Sin una decisión firme de subir los impuestos a las rentas del capital (algo que se vuelve cada vez más difícil conforme aumentan la concentración, el poder político y la movilidad de la riqueza), es improbable que la recaudación tributaria crezca al mismo ritmo que el producto.

Además, incluso con un aumento de la recaudación, ¿qué garantía hay de que la respuesta del sistema político no sea incrementar todavía más el gasto y el déficit? Al fin y al cabo, las economías avanzadas ya son muy ricas. En principio, no les tendría que haber resultado difícil gestionar mejor sus finanzas, si sus dirigencias lo hubieran considerado políticamente conveniente. Pero la riqueza no ha sido jamás un obstáculo contra la bancarrota. Los votantes apenas comienzan a adaptarse a la realidad de un mundo con tipos de interés más altos, donde el declive demográfico y el enorme aumento de las necesidades de gasto en defensa introducen importantes costos nuevos. Al envejecer el votante medio, aumentará el sesgo desfavorable a los jóvenes del sistema actual.

Un problema más inmediato es que la transición a la IA no será un camino de rosas. Muchos temen que los despidos de trabajadores de oficina generen un marcado aumento del desempleo. Algunos comentaristas desestiman estas advertencias por «catastrofistas», pero quizá deberían preguntarse por qué tantos investigadores de primer nivel en el área de la IA coinciden con ellas. (Aunque algunos puedan tener un interés financiero en exagerar el poder de sus modelos, muchos expertos independientes son de la misma opinión).

Un contraargumento es que por mucho tiempo seguirá habiendo numerosos bienes y (sobre todo) servicios que necesiten un importante componente humano. Aunque la IA pueda abaratar algunas tareas, a los humanos se les pagará muy bien por hacer lo que la IA y los robots no puedan. También puede ser verdad, pero dada la velocidad con que la revolución de la IA parece estar desarrollándose no es seguro que los trabajadores puedan y quieran adaptarse al mismo ritmo. Tal vez los oficinistas desempleados demuestren ser más flexibles que los obreros de fábrica despedidos en las últimas décadas, pero incluso así, el cambio puede ser más rápido que cualquier cosa que hayamos visto antes.

Quizás el problema más grave e inmediato es que a pesar del enorme potencial de la IA para mejorarnos la vida, también puede causar problemas profundos, de no mediar regulaciones adecuadas. El sector financiero apenas empieza a ser consciente del riesgo de que nuevas herramientas de programación basadas en IA puedan ayudar a actores malintencionados a penetrar en sistemas que se consideraban seguros. Asimismo, Internet está cada vez más llena de deepfakes, con el consiguiente riesgo para la estabilidad política que supone el hecho de que nadie pueda dar fe a lo que ven sus ojos.

En principio, las empresas de IA podrían evitar estos problemas implementando controles de seguridad propios. Pero en un contexto de casi total ausencia de regulaciones estatales, los desarrolladores de modelos están más interesados en tomar la delantera (en lo que ven como una carrera donde el ganador se lleva todo) que en la seguridad.

Todavía más siniestros son los usos militares de la IA, que pueden anular cualquier beneficio de la tecnología a menos que se llegue a alguna clase de acuerdo internacional al respecto. Mucho se ha escrito sobre el riesgo de drones y robots programados para matar al enemigo en forma autónoma sin control humano. En el ajedrez, ya ni siquiera un campeón mundial tiene chances contra una computadora. Si los generales humanos no pueden igualar los tiempos de reacción y la capacidad de planificación profunda de la IA, el resultado podría ser una escalada incontrolada de conflictos allí donde la aplicación del juicio humano en ambas partes podía generar desenlaces más pacíficos.

Si hay motivos para relativizar los beneficios de la IA en el caso de las economías avanzadas, el cálculo es aún más complicado para los países en desarrollo. La India todavía es un país pobre, pero fue una de las economías importantes que más creció en los últimos años (mucho más incluso que China). Pero la exportación (subcontratación) de servicios, que tal vez sea el componente más valioso de la economía india, ahora es muy vulnerable a la competencia de la IA. Aunque los oficinistas indios que dan soporte administrativo a distancia cobren mucho menos que sus homólogos en los países ricos, tal vez la IA cueste incluso menos.

Por supuesto, a pesar de todos estos costos, algunos países pueden obtener grandes beneficios. Un ejemplo es Corea del Sur, que encontró un nicho en la fabricación de chips de memoria esenciales para el desarrollo de la IA (Japón está haciendo algo parecido).

¿Y Estados Unidos? En cuanto motor (junto con China) del desarrollo de la IA, puede parecer seguro suponer que será uno de los ganadores (y las bolsas estadounidenses piensan exactamente eso). Pero incluso entonces, es probable que también sea uno de los países más afectados por la pérdida de empleo y la disrupción social derivadas de la IA. Sus profundas divisiones políticas no dan motivos para creer en un buen manejo de la transición. Y como demostró el uso de drones por parte de Irán, la evolución de la guerra en un mundo de IA puede erosionar la ventaja militar de Estados Unidos y obligarlo a un fuerte aumento del gasto en defensa.

Aunque la IA puede ayudar a resolver el problema de déficit fiscal insostenible en Estados Unidos y otros países, es más probable que genere más daño que beneficios. Y en un contexto de agitación social, tal vez la prudencia fiscal sea la última preocupación de los gobiernos.

Traducción: Esteban Flamini

Kenneth Rogoff, ex economista principal del Fondo Monetario Internacional, es profesor de Economía y Políticas Públicas en Harvard, ganador del Premio 2011 del Deutsche Bank en Economía Financiera, coautor (con Carmen M. Reinhart) de This Time is Different: Eight Centuries of Financial Folly (Princeton University Press, 2011) y autor de Our Dollar, Your Problem (Yale University Press, 2025).

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