sin paños tibios
El problema del dinosaurio
A propósito del “Día Mundial del Libro” y la celebración del “Día del Idioma Español”, valdría la pena recordar al microrrelato más famoso: “El Dinosaurio”. En sólo siete palabras, Monterosso describió un universo polisémico de dimensiones infinitas: “Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”.
Y es que el dinosaurio bien podría ser cualquier cosa, una de las muchas formas en que la realidad se expresa, pero, aún seguía “allí”, y quien despertó podría ser cualquiera.
Para las izquierdas latinoamericanas el dinosaurio eran las dictaduras; para las europeas, el status quo; para otros, el dinosaurio podría ser cualquier problema cotidiano (en la actualización interpretativa del texto reside su grandeza); para el gobierno dominicano, el dinosaurio podría ser los problemas recurrentes que no cesan, el descontrol del relato o su torpe manejo comunicacional.
El gobierno intenta dormir todas las noches y al despertar, el dinosaurio está ahí. No importa qué tan bien se gestione un problema, cuando ya le surge otro; uno que a su vez se decodifica en clave de cuestionamiento general de la obra de gobierno.
De todo, el manejo de medios, comunicadores, hacedores de opinión, influencers (y cualquiera que tenga un celular/cuenta de redes sociales dónde opinar o colgar videos) es lo peor. Y es que el gobierno ha caído en la trampa que él mismo creó, desde el momento que asumió como política comunicacional el control de la realidad a partir del control de los vectores comunicacionales… como si lo que se dice fuera menos importante que quien lo dice.
Si la comunicación es poder, lo comunicado es una manifestación material de ese poder, y también una declaración de quién lo ejerce. Admitamos que todos los gobiernos comparten el sueño húmedo de controlar la información, el problema es que si antes se resolvía con algunas llamadas –o en épocas felizmente superadas, con represión y violencia–, en esta democracia de redes sociales la información es multifocal, espontánea y autónoma.
En defensa del gobierno, hay que decir que no coarta, limita, prohíbe, censura o ejerce represalias (individuales o periféricas) contra quienes le adversan, cuestionan o difaman, y eso es meritorio. En lugar de lo que mandaba el manual (comunicar) y contar el relato de la ejecución pública de manera creíble, permanente y articulada, se apostó masivamente a comprar el silencio de quienes le atacan/difaman, en vez de comunicar activamente a través de quienes le defienden. Vamos, la receta perfecta para embromarse (pero con J).
Ahora, al echarse la paloma, con el gobierno haciendo aguas a nivel de relato, donde cada día amanece con una crisis adicional al día anterior, los funcionarios están más preocupados por lo que dicen de ellos, que sobre su institución o la obra del gobierno. Si no pagan hay ataques, si no hay dinero no hay defensas.
Así, cada día, cuando el gobierno despierta se encuentra con el dinosaurio. Y ya sabemos cómo terminaron los dinosaurios…

