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Tomarse en serio la batalla por la atención humana
PARÍS – En el siglo XXI, el poder ya no reside únicamente en el territorio, el capital o la tecnología. Reside en algo mucho más esquivo y finito: la atención humana. El veredicto del jurado en una demanda civil estadounidense que declaró a Meta y YouTube responsables de crear adicción deliberadamente en usuarios jóvenes, lo que provocó numerosos problemas de salud mental, es probablemente solo una primera escaramuza en lo que promete ser una larga guerra.
La atención no es meramente una conveniencia psicológica; es una función biológica. La neurociencia la define como el proceso mediante el cual el cerebro selecciona, prioriza y mantiene la concentración en una fracción de la información de la que dispone. En todo momento, estamos inmersos en una tormenta de señales, pero solo unas pocas llegan a la conciencia.
Este filtrado está regido por dos sistemas: una atención rápida, reflexiva y «ascendente», impulsada por la novedad, el miedo y la emoción; y una atención más lenta, deliberada y «descendente», que permite el razonamiento y el pensamiento estratégico. El desequilibrio entre estos dos sistemas es ahora la línea de falla de la civilización moderna.
Durante milenios, las sociedades han buscado captar la atención. Los oradores dominaron la retórica para conmover a las multitudes. Las instituciones religiosas crearon rituales y edificios diseñados para inspirar reverencia. Los regímenes políticos recurrieron al espectáculo —desde los juegos romanos hasta la propaganda revolucionaria— para moldear el enfoque colectivo.
La imprenta, la radio y la televisión ampliaron la escala de influencia, pero no alteraron fundamentalmente la naturaleza de la atención en sí misma. Lo que ha cambiado hoy en día es la precisión y la intensidad con las que se puede manipular la atención.
La era digital ha transformado la atención en una mercancía. Ya en 1971, el psicólogo estadounidense Herbert Simon advirtió que «la abundancia de información genera una pobreza de atención». Esa paradoja define ahora nuestro mundo. Cada plataforma, marca y actor político compite por un recurso cognitivo limitado, utilizando herramientas cada vez más sofisticadas para capturarlo y retenerlo.
La neurociencia moderna ha proporcionado el manual de instrucciones. La amígdala responde instantáneamente a las amenazas, lo que garantiza que el contenido cargado de emociones se difunda más rápido que la información neutra. Los circuitos de recompensa impulsados por la dopamina fomentan la comprobación compulsiva, el mecanismo que subyace a las notificaciones y al desplazamiento infinito. Mientras tanto, la corteza prefrontal —sede del juicio y del pensamiento crítico— requiere una atención sostenida e ininterrumpida, una condición que los entornos digitales erosionan sistemáticamente.
El resultado es una asimetría estructural. Es mucho más fácil secuestrar la atención que mantenerla.
Las plataformas de redes sociales han industrializado esta asimetría. Diseñadas para maximizar la participación, privilegian la atención ascendente —lo que impacta, entretiene o indigna— por encima del pensamiento reflexivo. Como ha argumentado Tristan Harris, cofundador del Center for Humane Technology, miles de ingenieros aplican ahora diligentemente sus habilidades para explotar vulnerabilidades cognitivas, creando sistemas que compiten directamente con el autocontrol humano.
Pero la batalla por la atención ya no se limita al ámbito comercial. Se ha convertido en una cuestión geopolítica. Por primera vez en la historia, los actores políticos y económicos dependen de la misma infraestructura de comunicación global. Gobiernos, corporaciones, grupos activistas y agencias de inteligencia compiten en los mismos espacios digitales, utilizando las mismas herramientas y dirigiéndose a las mismas audiencias.
Diferentes regiones han desarrollado modelos distintos de control de la atención. Estados Unidos se apoya en plataformas privadas dominantes a nivel mundial, cuyos algoritmos configuran los flujos de información en todo el mundo. China ha construido un ecosistema digital soberano, controlando estrictamente la atención interna mientras proyecta su influencia en el extranjero a través de plataformas como TikTok. Europa, al carecer de grandes plataformas, ejerce su influencia principalmente a través de la regulación, buscando limitar los excesos de la economía de la atención en lugar de dominarla.
En este nuevo panorama, la influencia tiene menos que ver con la persuasión que con la redirección. Una de las estrategias más poderosas es el «cambio de agenda»: no se trata de ganar una discusión, sino de cambiar de tema. Al inundar la atención con nuevas controversias, los actores pueden ocultar verdades incómodas o fragmentar el discurso público. Esta táctica ha sido utilizada tanto por actores estatales como no estatales, desde campañas coordinadas de desinformación hasta movimientos conspirativos virales.
La inteligencia artificial está acelerando ahora estas dinámicas de forma espectacular al reducir el coste de producir contenidos persuasivos y emocionalmente atractivos. La IA generativa puede crear textos, imágenes y vídeos a gran escala y adaptados a perfiles psicológicos individuales, lo que permite una forma de segmentación cognitiva más rápida, barata y precisa que cualquier otra cosa posible hasta ahora. También difumina la línea entre la información auténtica y la sintética, lo que desestabiliza aún más la confianza.
Paradójicamente, las tecnologías diseñadas para reducir la carga cognitiva la están aumentando. En lugar de liberar tiempo para la reflexión, comprimen los ciclos de decisión y multiplican las interrupciones. La consecuencia es un cambio gradual de una atención deliberada y descendente hacia un procesamiento reactivo y ascendente: una transformación con profundas implicaciones para la democracia, los mercados y la toma de decisiones estratégicas.
Durante la próxima década, son concebibles tres futuros. En el primero, la fragmentación se intensifica, las burbujas de información personalizadas se vuelven totales y la realidad compartida se disuelve. En el segundo, la regulación impone restricciones parciales, estabilizando el sistema sin alterar sus incentivos fundamentales. En el tercer escenario, y el más ambicioso, la atención se convierte en un recurso gestionado conscientemente. Las instituciones rediseñan sus entornos de información, y la IA se reorienta no para captar la atención, sino para protegerla y mejorarla.
Hay mucho en juego. La atención determina lo que las sociedades perciben, lo que ignoran y, en última instancia, lo que deciden. Da forma a las elecciones, a la actividad económica y a los conflictos. Rige la capacidad de detectar señales débiles, de anticipar crisis y de actuar racionalmente en condiciones de incertidumbre.
En este sentido, la atención no es solo una facultad individual. Es una infraestructura colectiva, una forma de capital cognitivo que puede reforzarse o degradarse. La cuestión ya no es si la atención será objeto de disputa —ya lo es—, sino si seguiremos tratándola como un recurso explotable o empezaremos a gestionarla como un activo estratégico esencial para la supervivencia de las sociedades abiertas.
Jacques Attali, presidente fundador del Banco Europeo de Reconstrucción y Desarrollo, fue asesor especial del presidente francés François Mitterrand y es autor de 86 libros.
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