SIN PAÑOS TIBIOS

Un camino de sueños

En cierta forma, todos somos Gilgamesh. La muerte cerca los pasos de los hombres, quienes temen y huyen de su encuentro. Intentando escapar de la muerte se les escapa la vida… y así, durante toda la eternidad.

Leer la Epopeya de Gilgamesh es reencontrarse con uno mismo. No con “uno” en tanto individuo, sino con uno en tanto especie; porque los zulúes no andaban desencaminados cuando miraron con ojos desencajados la inmensidad de la llanura africana y dijeron por primera vez “ubuntu” (yo soy porque nosotros somos); porque la soledad es propia de los animales o los dioses, no porque lo dijera Aristóteles, sino porque el sapiens es un ser gregario por naturaleza, y, en esa esencia, reside la clave de su éxito.

Lo colectivo pues, es la repetición de las múltiples combinaciones de todas las posibilidades que brindan las vidas de los individuos que componen el todo. La historia entonces es una recreación de hechos que fueron y que volverán a ser.

Y, bien se le puede encontrar justificación esotérica o religiosa a través de las diversas manifestaciones del eterno retorno de lo idéntico del hombre del bigote; o bien podemos entenderlo sobre la base de pura repeticiones estadísticas o ejercicios de regresión lineal. Da igual, lo que fue, será. Y eso es una constante en casi todos los libros sapienciales, o en los textos fundacionales de la mayoría de las religiones.

Que un libro (el libro más antiguo, hasta ahora) escrito hace más de 4,000 años pudiera llegar hasta nosotros –casi intacto–, es algo maravilloso. Lo de en qué medida la expoliación y saqueo de ingleses, franceses o americanos lo posibilitó, es otra cosa. Aunque convengamos que, de no haberse sido por ellos, las tablillas cuneiformes que relatan la epopeya continuarían enterradas en las ruinas de la biblioteca de Nínive, bajo las arenas del desierto.

Hablamos del libro más antiguo, pero también del más vigente, porque Gilgamesh recrea las dudas e incertidumbres que a todos nos atormentan. Gilgamesh ejerció el poder y convivió con sus demonios, pero también conoció la amistad, la valentía y el honor. Fue un semidiós, pero era mortal, y supo de boca de Utnapishtim que “Nadie ve a la Muerte. Nadie ve su rostro. Nadie oye su voz. La muerte, tan despiadada, que siega a los hombres».

“El hombre que no quería morir” intentó vivir para siempre, pero luego de fracasar en el intento, aceptó con dignidad su destino, que es el destino de todos. El mensaje era ese, porque si el recuerdo de las obras realizadas y las palabras dichas trasciende el tiempo, en cierta forma, la inmortalidad es alcanzada.

Así que 4,000 años después, si pienso en Gilgamesh, Señor de Uruk, La Cercada, pienso en todos los que quisieron vivir para siempre y no pudieron; o tal vez, porque escribimos siglos después sobre ellos, quizás lo hicieron.

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