ENFOQUE

El país que siempre empieza de nuevo

En una mañana fresca de diciembre, la escritora Yinett Santelises, de mi círculo amistoso más especial, me compartió un cuento de Max Henríquez Ureña, incluido en una compilación de Emilio Rodríguez Demorizi, y me sugirió leerlo. Ella había llegado al texto luego de leer una columna de la exquisita periodista Inés Aizpún. Me dije que Borrón y cuenta nueva, citado por Inés y recomendado con entusiasmo por Yinett, no era un texto para dejar pasar.

Lo leí. Y luego volví al artículo de Aizpún. Ahí capté las claves generales, pero me afloró el deseo de hacer zoom en el universo textual de Henríquez Ureña para observar qué dice, cómo lo dice y —sobre todo— qué revela de nosotros como conglomerado social. Comparto, entonces, mis conclusiones.

En Borrón y cuenta nueva, un grupo de hombres ligados al poder conversa, con absoluta naturalidad, sobre cómo dejar atrás errores y responsabilidades tras un cambio político. No hay reproches ni quiebres: solo el acuerdo tácito de empezar de nuevo. Don Melitón, economista y figura central del relato, atraviesa ese tránsito sin conflicto y termina bien colocado en el nuevo orden, confirmando que en ese mundo no triunfa quien rinde cuentas, sino quien sabe borrar a tiempo.

El cuento de Max Henríquez Ureña no propone una anécdota excepcional; describe un mecanismo cultural. Todo ocurre en el plano del diálogo, pero no del debate. Los personajes no discuten principios, solo conveniencias. El “borrón” no es un conflicto moral, es un acuerdo práctico. Y ahí aparece el primer hallazgo, que es una sociedad donde el pasado no se evalúa, sino que se neutraliza.

El universo simbólico del cuento descansa en la ligereza del lenguaje. Nada suena grave, aunque todo lo sea. Esa naturalidad es clave y en ella la política no aparece como tragedia, sino como rutina. El abuso no escandaliza; se administra. El error no se corrige; se diluye en el tiempo.

Don Melitón, un predestinado a ministro de Hacienda por aclamación popular, emerge como figura central por lo que encarna. Es el personaje que siempre encuentra cómo seguir, cómo acomodarse, cómo permanecer. No necesita justificarse porque el entorno no se lo exige. La sociedad que lo rodea ha aprendido a convivir con la falta de consecuencias.

En ese marco, estamos ante un sujeto político que sobrevive a todos los contextos. No defiende principios, defiende posiciones. Su flexibilidad no es ideológica, es moral. Sabe cuándo callar, cuándo sumarse, cuándo empezar de nuevo. El “borrón” no lo incomoda porque no concibe el pasado como deuda, sino como episodio superado por conveniencia.

Simbólicamente, Melitón representa al hombre-Estado, una extensión humana del aparato público. No necesita instituciones fuertes porque él mismo reproduce sus vicios. Es el funcionario, el asesor, el dirigente reciclable que siempre encuentra legitimidad en el cansancio social. En su figura, Henríquez Ureña condensa la continuidad del poder más allá de los cambios de régimen.

Leído hoy, Borrón y cuenta nueva funciona como una metáfora incómoda de nuestra contemporaneidad. Cambian los tiempos, los discursos y los formatos, pero el reflejo es el mismo: pasar la página sin haber cerrado el libro.

Más allá de sus evidentes virtudes literarias, Borrón y cuenta nueva obliga a reconocer la agudeza política de Max Henríquez Ureña. No escribe desde la ingenuidad del observador externo, lo hace a partir de un conocimiento profundo de las lógicas del poder, de sus rituales y de sus autojustificaciones. Henríquez Ureña entiende que el problema no es solo moral, sino estructural: un Estado que se protege a sí mismo mediante el olvido, y una sociedad que aprende a convivir con esa lógica.

Resulta aún más inquietante comprobar que un escritor del siglo XIX nos entregue una arquitectura discursiva que atraviesa el tiempo con tanta precisión. El Estado que retrata —ese leviatán que administra silencios, recicla responsabilidades y normaliza la impunidad— no pertenece al pasado. Llega hasta nosotros con la misma claridad, como si el cuento hubiese sido escrito hoy. Su fuerza radica en haber captado una forma duradera de ejercer y tolerar el poder.

Relatos de ese tipo, como los que antologa Rodríguez Demorizi, siguen sonando actuales. No porque la historia no avance, sino porque ciertas lógicas culturales persisten. Henríquez Ureña no escribe para denunciar un hecho; lo hace para revelar una forma de ser. Y en ese espejo —a veces con incomodidad— seguimos reconociéndonos.

Como apunta Inés Aizpún, estos cuentos siguen vigentes porque explican mejor que muchos discursos por qué todo parece nuevo y, sin embargo, nada termina de cambiar. Desde mi óptica, Borrón y cuenta nueva no es hoy un cuento sobre el pasado, sino sobre nuestra relación con él. Cada vez que pasamos la página sin leerla, el país vuelve al mismo punto, con los mismos actores y las mismas excusas. No avanzamos: giramos. Y en ese giro, el olvido sigue siendo la forma más eficiente de gobierno.

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