La economía dominicana ha sido, durante las últimas cinco décadas, un ejemplo de crecimiento sostenido. Primero con el turismo, que nació como apuesta estratégica en los años setenta, y luego con las zonas francas, que desde los noventa consolidaron al país como potencia exportadora en manufactura ligera, dispositivos médicos y tabaco. Ambos sectores aportaron estabilidad macroeconómica y empleo formal, pero todo modelo llega a su punto de madurez. Cuando las naciones no anticipan esa curva, el progreso acumulado se vuelve vulnerable. En el caso dominicano, la nueva frontera tiene nombre: la logística. En el tablero económico mundial, las aduanas se han convertido en instrumentos de poder político. Donald Trump las utiliza como herramienta de negociación coercitiva y recaudatoria, imponiendo aranceles no solo a China, México y la Unión Europea, sino también a Canadá, Brasil, Argentina, India y aliados históricos como Japón o Corea del Sur. Bajo su visión, la aduana deja de ser un puente de comercio para transformarse en una muralla de presión. A corto plazo, esa política eleva la recaudación y refuerza el discurso nacionalista; a largo, encarece bienes y distorsiona las cadenas de valor. El comercio global, antes sostenido en la cooperación, se ve ahora condicionado por el cálculo político. La República Dominicana, en cambio, ha seguido una ruta opuesta. La Dirección General de Aduanas (DGA), bajo el liderazgo de Eduardo “Yayo” Sanz Lovatón, ha demostrado que una institución pública puede transformarse en motor de competitividad. No se trata de restringir el intercambio, sino de hacerlo más eficiente. El programa “Despacho en 24 horas”, con más de 90,000 contenedores despachados en un solo día y ahorros superiores a RD$1,400 millones, es prueba de que la modernización genera más resultados que el proteccionismo. A ello se suman más de 600 empresas certificadas bajo el Operador Económico Autorizado (OEA) y una apuesta firme por el talento humano mediante alianzas con el ITLA y la UASD. En cinco años, la logística ha pasado de ser un servicio auxiliar a consolidarse como un nuevo sector económico, generador de empleo e inversión. El país posee una ventaja estructural difícil de igualar: su ubicación geográfica. En el corazón del Caribe y a pocas horas de Norteamérica, Sudamérica y Europa, puede convertirse en el gran centro logístico del hemisferio. La Ley 30-24 de Centros Logísticos refuerza esa visión con un marco moderno de incentivos, flexibilidad y certidumbre. Es la herramienta que permite pasar de un modelo basado en la recaudación a uno basado en la productividad. En menos de una década, la República Dominicana ha escalado del puesto 96 al 69 en el Índice de Desempeño Logístico del Banco Mundial. Ese avance refleja una transformación institucional sostenida: una aduana más moderna, ágil y enfocada en facilitar el comercio. En esa dirección, Yayo Sanz Lovatón ha hecho un gran trabajo. Ese tipo de funcionario —técnico, moderno y con visión de país— es el que una nación necesita para avanzar. La República Dominicana tiene ante sí la oportunidad de pasar de ser una nación que produce y recibe turistas a una que conecta economías. Esa es la curva del futuro que debemos atrevernos a escalar.