El dedo en el gatillo

Ejército de elefantes elefantas

Aníbal Barca fue un general cartaginés y estadista, célebre por su liderazgo militar durante la Segunda Guerra Púnica contra la República de Roma. Famoso, además, por haber perdido un ojo a causa de una infección.

Sus padres no eligieron su nombre al azar, sino presumiendo el recordatorio de que el mundo antiguo esperaba grandes cosas de él. Llegó a vencer a sus rivales, y los acorraló. Antes de darle el tiro de gracia, consultó su invasión final al senado. Sin embargo, este enclave desautorizó el golpe mortal por considerar que Roma ya estaba vencida y el ataque final podría causar la muerte, destrucción y sangre inocente. Aníbal acató la orden y retiró sus tropas a Cartago. Como magistrado intentó reformar el sistema de gobierno y evitar que Cartago cayera en una Guerra Civil. Durante su mandato combatió la corrupción y se enfrentó con los personajes más codiciosos de su tiempo. Años después, Roma se recuperó, rearmó su ejército e invadió Cartago. Las hordas recuperadas de la humillante derrota, destruyeron la ciudad, asesinaron a sus habitantes y tomaron el control del trono de los vencidos.

Esta referencia histórica es un ejemplo que hoy algunos consideran necesario conocer para enfrentar a sus rivales y traidores.

Según los vinculados al poder, el escritor es una raza maldita y debiera ser exterminado. Sus libros contienen historias que nunca debieron ser. Consideran que fue mejor mantenerlas ocultas antes que sacarlas al mundo de hoy. Son historias que se atreven a mirar el paso de los elefantes por la selva en busca de elefantas. Tocan temas prohibidos, en vez de mirar solamente al nido de las aves que vuelan en verano sobre aguas tranquilas y praderas deslumbrantes. El escritor investiga, no se da por vencido, lo mismo recopila sus cartas íntimas que sus poemas, cuentos y artículos para jugar malabares con la historia. Pero lo mata el ego. No adivina que a la larga muy pocos libros sobrevivirán, pero insiste, como si fuera un juego de muchachos.

Hace días, Rubén Triguero, un valioso colaborador, escribió la experiencia de la escritora norteamericana Helen Haff. Recreo la historia de su obra más trascendente publicada semanas atrás:

“En 1971 la escritora Helene Hanff viajó a Londres. Fue un viaje ansiado durante décadas que no pudo efectuar hasta ese momento. Un viaje al que llegó demasiado tarde porque, para entonces, su buen amigo Frank Doel había fallecido un par de años antes (1969) y la librería en la que compraba libros desde hacía más de veinte años (Mark & Co.) había cerrado sus puertas. En cualquier caso, fue hasta el lugar donde durante tanto tiempo se localizó la librería, para encontrarse un edificio vacío. Los años eran imperdonables (uno de los propietarios también había fallecido), el mundo había cambiado, la vida empezó a ir demasiado deprisa y aquel negocio ya no podía tener continuidad. En la actualidad, en esa misma localización, se sitúa una franquicia de comida rápida y de todo aquello queda la dirección, una placa como recuerdo, y el libro, como evidencia de una amistad que giraba en torno al amor por los libros y la literatura.

“”En el momento de su visita a Londres, la escritora neoyorquina había cosechado un inesperado éxito: después de toda una vida escribiendo dramas y dando forma a su carrera literaria, paradójicamente fueron sus cartas las que terminarían por darla a conocer. Aquella colección de cartas en formato libro (y más tarde como obra de teatro y como largometraje) se titularía con el número de la calle donde se situaba la librería, de donde sacó tantos libros para su biblioteca personal: «84, Charing Cross Road» que se publicaría originalmente en 1970.” (R.T.)

Charing Cross Road era un libro evidente, rutinario, de esos que se escriben por afecto a sus interlocutores. Pero la posteridad le encontró algo de valor literario y la obra tuvo y tiene repercusión en varios países y ha sido reeditada por prestigiosas editoriales. Su autora falleció, pero su obra sigue viva y no sé por cuánto tiempo. Ese es otro tesoro que pertenece a la historia, esa historia que los políticos pasan por alto porque no ofrece votos para sus campañas electorales.

Otra amiga, la ex responsable de investigación de Listín Diario, Carolina Pichardo (quien actualmente ejerce sus servicios profesionales fuera del país), me ha puesto en contacto con una joven dominicana que cursa estudios de periodismo en los Estados Unidos. Kimberly Samboy sabe escribir a pesar de ser estudiante. Lo poco que he leído de ella me ha parecido suficiente como proponerle escribir en Ventana una columna de sus vivencias universitarias cada dos semanas.

Entrar en contacto con ella y su aceptación de colaborar con Listín Diario me ha hecho pensar en mi amiga Mitri Jiménez, quien me preguntó por qué el suplemento cultural de los domingos no tenía más colaboradoras. Ella se sorprenderá cuando lea su columna. Por eso va dedicada a su persona. Y no me canso de buscar….

Tags relacionados