El dedo en el gatillo

¿Para qué sirve un Ministerio de Cultura?

En mis años cubanos, nunca caí en gracia en el Ministerio de Cultura, ni disfruté el calor de sus Ministros. Siempre han pasado por alto mi existencia, y yo también pasé por alto las suyas.

Descubrí que el único Ministro de Cultura que vale la pena es uno mismo y decidí refugiarme en el último reducto de independencia de aquella legión burocrática: la Unión de Escritores y Artistas de Cuba. Su presidente, Nicolás Guillén, miraba con recelo la política gubernamental, a pesar de ser un poeta comunista. Aquella sociedad no era comunista, y pronto dejó de ser una sociedad.

Mi independencia como escritor y mi rechazo a convertirme en “corre ve y dile” del oficialismo, bastó para ganarme el respeto de funcionarios del Estado de baja categoría como yo, quienes jamás llegaron a ministros. Pude sobrevivir con una venda transparente sobre mis ojos asombrados de tanta falsecad, hasta que la realidad hizo añicos mi sueño redentor.

Nicolás Guillén falleció, y quedé a mansalva de aquella Unión de Escritores que se convertiría en otra sucursal del flamante ministerio, donde el amiguismo y el juego de palabras ponían a dormir mis páginas. Los encargados de “dirigir” la suerte de quienes jamás entendimos la doble moral, portaban un nombre bastante desagradable: La ambivalencia.

Santo Domingo fue algo parecido y me gané el afecto de escritores, dramaturgos, artistas visuales, músicos y cineastas que veían en mí a un amigo que podía evadir el círculo vicioso del populismo barato.

Cometí un error en 2005 cuando acepté vincularme a la Dirección de Comunicaciones del Ministerio de Cultura. Por fortuna, al siguiente año mi contrato no fue renovado, y todo lo que allí descubrí puede ser tema de un filme de Ciencia Ficción.

Le agradezco al entonces Ministro que me distinguió con el contrato, aunque no fuimos, ni somos amigos. Hice mi trabajo y no quise ser utilizado para otra “cosa”.

Después, y hasta la fecha han pasado por ese ministerio varias personas, unos con menos arrogancia que otros, y todos ellos poco han podido hacer para sacar adelante un programa que incentive la inteligencia y la creatividad por encima del ánimo de los siempre frustrantes intereses populistas de los partidarios que llegan al gobierno “a buscar gloria”.

Con ninguno de ellos tuve amistad. Y después de mi partida, nunca más visité la sede de ese recinto donde cada cual entiende a su manera la dirección de un sector que no necesita que lo dirijan porque reboza de humildad, no aspira a posiciones sacrosantas; sabe cómo debe ganarse la vida y cómo proceder ante instituciones que le dan la espalda.

Los cargos en los ministerios de cultura se otorgan por la cercanía del elegido al Ministro en cuentión, o al jefe del Estado que lo nombra, o por considerar su capacidad para enfrentar políticas acordes con los intereses y la visión muy particular del Jefe de Estado.

Siempre los Ministerios de Cultura se destacan por su estructura compleja. Viceministros, directores generales, dependencias institucionales, funcionarios de menor escala y buscavidas que a nombre del arte intentan venderse como los mejores.

Y dentro de ese conglomerado de cargos y funciones (casi siempre poco convincentes) se distribuyen salarios que nacen del presupuesto nacional, es decir, de nuestros impuestos.

Esto que ahora escribo no es nuevo. Autores de todos los pueblos del mundo lo sostienen porque han sufrido de primera mano las consecuencias de tales entuertos.

No es mi deseo exponer los juegos malabares de los Ministerios de Cultura para sobrevivir en un medio donde el figureo y el ansia de gloria individual imperan. Pero llamo la atención porque el trabajo de nuestros creadores carece de la atención merecida en tiempos donde la cultura es una pieza más que se echa a volar cuando produce buen dinero, una pieza mercantil que en breve tiempo se va por el otro bolsillo del pantalón.

Coincidía un lector de estas crónicas que el status de pobreza de un artista no signa la inteligencia. Por el contrario, mientras más valioso sea un creador, menos recursos del gobierno obtendrá. Respondí con interés porque mencionó mis citas de Tagore, y me recordó repasar los postulados de célebre profesor italiano Nucio Ordine. Me animó su correspondencia no solo porque demuestra que las redes sociales no solo son instrumentos de youtubers, sino que también pueden tener “cerebro y corazón” aunque la correspondencia suceda a distancia. Los Ministerios de Cultura no conocen el santo y seña de los auténticos creadores, populares y cultos. Todo les da igual porque solo obedecen órdenes superiores, caprichos y formas de ver la culltura a espaldas de la tradición literaria, pictórica, operística y teatral de un país. Un Ministerio de Cultura no es una escape de la farandula, ni un mecanismo empresarial. Mucho menos, un organismo tecnócrata, burocrático.

Es algo muy distinto.

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