Ante la exitosa gestión de Abinader, el ventorrillo de pesimismo económico de la oposición

Es penoso que profesionales de cualquier disciplina, incluyendo la Economía, adopten conductas oblicuas, de despreciable dualidad. Es decir, que muestren un rostro en las aulas de instituciones académicas foráneas donde imparten docencia y otra en el entorno mediático y político insular. Si allí son metódicos, rigurosos y creíbles —pues capaces son—, aquí mienten sin honor, indiscriminados, a más no poder.

Adoptan tal conducta al emitir consideraciones sobre las perspectivas económicas nacionales para el 2025. Para ello, se sumergen, profundo, en la intención de crear zozobra, mintiendo, desdeñando los datos duros de la realidad.

La suerte es que casi todos —o al menos quienes deben— conocen la diferencia entre los economistas y los empresarios y emprendedores. Aún más: la diferencia entre economistas políticos, con aspiraciones políticas por lo alto, y quienes con su trabajo diario hacen que el PIB nacional se mantenga por encima del promedio regional, superando incluso el de economías regionales petroleras, de grandes riquezas naturales y poblaciones, con ostensible tradición, protagonismo liderazgo en el proceso de desarrollo de la modernidad industrial latinoamericana como Argentina, Brasil y México, para citar sólo tres referentes. Un país, República Dominicana, que por los esfuerzos y dinamismo de sus ciudadanos se ha colocado, con menos de 11 millones de habitantes y escasas riquezas mineras y naturales, como la séptima economía de la región y la quinta en ingreso per cápita merece que de ella se exclame: ¡Waooo!

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