EN ESPECIAL
Abinader y los decretos perdidos
La guerrita fratricida que ralentiza la administración del Partido Revolucionario Moderno podría sacarlo del poder como ocurrió en 1986 con su padre, el PRD, luego de dos periodos signados por luchas intestinas que llevó al presidente Antonio Guzmán al suicidio y, al cruzar al litoral opositor, el encarcelamiento de Salvador Jorge Blanco. Pasarían 14 años para regresar al gobierno y salir de inmediato, tras la locura reeleccionista en medio de la quiebra bancaria y “domar banco” otros 16, divididos y repetida la historia de asaltos a locales y balaceras.
Desmemoriados, los perremeistas, que casi todos se creen presidenciables, han regresado temprano a aquellos viejos juegos de ser oposición y gobierno y accionar contra compañeros asumidos como enemigos políticos. “Del gobierno que se encargue Luis (Abinader); total, ya él se jubiló”, parece ser la consigna de algunos.
Esos que evaden dar la cara por el gobierno, como ocurrió cuando el mandatario intentó pasar la frustrada reforma fiscal, solo están empeñados en ampliar sus equipos de trabajo y hacerse del apoyo de plataformas de comunicación y de mercenarios mediáticos. (Si algunos de estos últimos, costosísimos, ejerciera real influencia, el candidato peledeista Gonzalo Castillo hubiese obtenido la totalidad de los votos de los casi 8 millones de electorales registrados en el padrón del 2020).
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