El dedo en el gatillo
Donde quiera aparece un aguafiesta
El paso de los años obliga a vivir con cargos de conciencia. Lo hace contra aquellos lengüilargos que nadie daría un centavo por su cabellera. Sin embargo, ellos insisten y pestañan.
En mi caso personal, no abandono esa manía de sentirme culpable por tanta sordidez a mi alrededor. Una sordidez que no cesa de enviar mensajes altaneros a quienes están dispuestos a sortear su vida. Pero es bueno aclarar de una vez por todas a los que miran por encima del hombro: Gente como uno no aprendió a correr, sino avanzar y chocar con puertas cerradas.
Un escritor con sangre en las venas no usa la literatura como negocio ni con fines de llamar la atención. Escribe como lo haría Eliseo Diego en sus mañanas cubanas cuando sacaba del aire un epigrama y no lo dejaba descansar hasta llevarlo a una hoja de papel en blanco, tal y como el viento lo dictaba.
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