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OTEANDO

La inercia a la finitud

Antes de sentarme a escribir este artículo, recibí en mi teléfono móvil lo que ahora le llaman un “Reels”, esa especie de “instantánea” fílmica que distrae hoy a ignorantes y cultos en una insoportable Babel que distrae de lo esencial y sumerge en lo contingente, como si la vida se redujera al parvo mundo de las banalidades. Con frecuencia, evito detenerme en sus famosos “contenidos” -vaya contradicción terminológica-, sin embargo, en esta ocasión me detuve a verlo, por el hecho de que la figura que apareció en la pantalla era la de una funcionaria de muy alto nivel, con un bien ganado abolengo de probidad en el ejercicio de sus funciones.

Nuestra protagonista respondía a la pregunta de cómo quería ser recordada. Su respuesta estaría hecha -supuse- de las cosas que consideraría la harían quedar lo mejor posible ante tan necia pregunta. Y al escuchar sus aspiraciones post mortem, me vinieron a la memoria las reflexiones que suelo hacer acerca de la ambición humana de permanecer en vida después de morir, cuestión que no solo reside en la necesidad de calmar preocupaciones metafísicas, sino que, con frecuencia, anda más vinculada a la vanidosa pretensión de seguir presente e incidiendo en este mundo con los “legados”, que se harán manifiestos en el “pensamiento y obra” del futuro despachado.

El tema adquiere su mejor expresión artística en la obra “El rey se muere”, de Ionesco, en la que el rey Berenger, cuya muerte es inminente, se disloca ordenando cosas que le revelan no solo la pérdida de autoridad e importancia ante sus súbditos -por saberlo un muerto seguro del que ninguna ventaja podrán ya obtener-, sino la inutilidad de sus esfuerzos por hacerse eterno. Peor deviene la cosa cuando el fenómeno se manifiesta no ya en la pretensión de presencia eterna, sino en el temor al descrédito después de la vida, al que el maestro Javier Marías denomina el “horror narrativo”, que padece un personaje secundario de su famosa novela “Tu rostro mañana” al imaginar el descrédito póstumo de su figura.

Lo relatado reafirmó mi convicción de que una y otra actitud frente a la vida son estériles: “la vida es un suspiro en la eternidad”, escuché decir una vez a don Mariano Lebrón Saviñón. Pero nos resistimos a la finitud, si bien tarde o temprano nos convertiremos en amontonada prehistoria que a nadie interesará. Por tanto, que nos baste solo con vivir, y hacerlo lo mejor posible, sin dañar ni dañarnos. La eternidad es del tiempo, no nuestra.