El dedo en el gatillo

Celebro y le canto a Frankz Kafka

En Cuba fui un comunista barato. Y tonto. Sin tapujos ni excusas. De esos a quien nadie podía señalar cualquier ajuste de frenos en el carro victorioso, porque se las tenía que ver con mis puños. Muchos me temían, otros me adulaban, mientras algunos me miraban de soslayo para no tropezar con la suela de su propio zapato. Pero poco a poco, Nicolás Guillén me enseñó a practicar mi ideología, usando también mi cabeza junto al corazón.

Digo esto porque cierto día en mis treinta y tantos años cayó en mis manos una obra de Frankz Kafka, un judío alemán al que le hicieron la vida imposible, simplemente por ser judío, llamar las cosas por su nombre y por escribir bien, muy bien.

Su única publicación en mi país fue su novela mayor (inacabada), El proceso en una edición muy limitada en Cuba (1972). El tema giraba en torno a Jospeh K., quien es sacado de su domicilio y presentado ante un tribunal por un delito que no cometió. Problemas como el caliesaje, la inseguridad ciudadana, la manipulación de la justicia, la falta de derechos civiles, y el esquematismo de los agentes del orden y jueces, brillan. Ese fue el libro que varios años después de su primera edición, cayó en mis manos.

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