Alegría, trabajo y piedad
El día 6 de mayo pasado conmemoramos, como la familia espiritual de Don Bosco, la fiesta de santo Domingo Savio; uno de los frutos educativos más preciados de la pedagogía del santo de los jóvenes.
Gracias a que Don Bosco era un sacerdote simpático, atlético y alegre, sintonizó con los más desposeídos, por haber sido él mismo abandonado, huérfano, sin comida, sin techo y con una gran necesidad de afecto. Su realidad de huérfano biológico y afectivo le condujo no solo a buscar padres, sino también hijos para ofrecerles una familia. Optó por vivir con los jóvenes y dedicar su vida a ellos; en consecuencia, se convirtió en un padre a “tiempo completo” que pensaba en sus “hijos” día y noche. Con su forma de querer se adelantó a los descubrimientos de la psicología infantil, afirmando: “que los jóvenes no solo sean amados, sino que ellos mismos se den cuenta de que son amados”. Efectivamente, cuanto más nos sentimos amados, más estaremos convencidos de que valemos. Nos amamos si hemos sido amados; nos valoramos si somos valorados por los demás; amamos nuestro cuerpo si es estimado por los demás.
La columna vertebral del Sistema Preventivo de Don Bosco, la constituye la relación afectiva entre educador y educando, con sus tres principios pedagógicos: alegría, estudio (trabajo) y piedad. Efectivamente, cuando el jovencito Francisco Besucco llegó al oratorio le dijo: “si quieres hacerte bueno, practica solamente tres cosas: alegría, estudio y piedad”. Una de sus originalidades como educador radicó en asignar un valor pedagógico a la alegría y al buen humor. La pedagogía de la alegría y de la sonrisa genera serenidad, la cual libera del estrés, de la ansiedad y de la neurosis. Reiteraba continuamente: hay que “servir al Señor con alegría”. Promovía entre sus chicos todo lo que les generara alegría: deporte, teatro, música, canto, grupos, paseos, sacramentos. Amaba el arte, por eso se le denomina “el poeta de Dios”.
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