OTEANDO

La ignorancia inhibe el sentido del riesgo

Tienen los espacios públicos y privados infestados. Puede que vistan batas blancas, togas negras, hábitos de diversas Órdenes, así como infinidad de uniformes distintivos de las más variadas “profesiones”. Dicen ser maestros, doctores, especialistas y expertos. Haciendo gala de su “saber”, se abalanzan sobre sus víctimas con impiedad arpía. Su desempeño se activa a partir de cierta suerte de “instinto de sobrevivencia”, pretexto al amparo del cual ejercen sus tropelías. Porque, según arguyen: “Si alguien se deja morir de hambre después de nacer es por estúpido. Allá afuera hay de todo sobre lo que medrar y, si te mueres, habrá sido por tu falta de diligencia”. De modo que, si es para sobrevivir, nuestros maestros, doctores, especialistas y expertos no tienen que reparar en escrúpulo alguno.

Lo peor de todo, es que nuestros personajes tampoco reparan en las consecuencias que podría acarrearles la temeridad de sus actos. No parecen sentir aprensión ni para opinar ni para actuar, ni mucho menos sentir vergüenza ante sus “colegas”. Como no podría ser de otra manera; pues aquellos ni se enteran de que estos conocen -al grado de poder detallarlas en su más cercana plenitud- todas las limitaciones que acusan. ¿Y a qué se debe que no se enteren? Sencillo. Se atribuye a Albert Einstein haber dicho: “Todo lo que un hombre no conoce no existe para él. Por eso, el tamaño de su universo es el tamaño de su conocimiento”.

Para entender esta realidad, no hay que ser capaz de elaborar las ecuaciones necesarias para el lanzamiento de un cohete al espacio sideral: los personajes aludidos son temerarios, traviesos y aparentan tan decididamente indiferentes a las consecuencias que podrían derivarse de sus actos por padecer el más terrible de los males, la ignorancia. Seguirán saliendo a la calle todos los días de su vida, harán lo mismo, dirán iguales disparates, asesorarán incautos, buscándose -cada día y sin saberlo- un problema del que acaso no puedan salir y, de salir, sería de la cárcel, después de haber cumplido condena o, de sus bienes, si alguno, previo a haber tenido que indemnizar a uno o a varios damnificados por su hecho personal. Porque, no conocer es ignorar, y la ignorancia inhibe el sentido del riesgo.

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