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Diplomacia multilateral: aciertos y desafíos

Aunque su concepción se originó en 1815 con el Congreso de Viena, tras las derrotas de Napoleón para reestructurar las fronteras de Europa, fue posterior a la Segunda Guerra Mundial con la conformación de la Organización de las Naciones Unidas, que quedó trazado completamente el multilateralismo. En su historial, ha habido causas exitosamente vencidas. Algunas por cumplir y otras por redireccionarse. Pero, indudablemente, los espacios multilaterales se han ralentizado debido a su rezago multidimensional.

¿Ha llegado el fin del multilateralismo? ¿qué ha provocado la erosión de su credibilidad? Y, por último, no menos importante, ¿cómo influyen o se acatan las decisiones multilaterales?

Las únicas organizaciones que consolidaron su aplicabilidad como organismos multilaterales efectivos son los económicos y financieros. Creados luego a los acuerdos de Bretton Woods; sin embargo, de no reconfigurar justamente su dimensión y alcance, probablemente se acerque su fin. Debido al surgimiento de otros mecanismos de integración financiera con mayor rigurosidad por el respeto a la soberanía de los Estados socios. No obstante, tales dispositivos propiciaron generar descrédito al multilateralismo.

Actualmente el multilateralismo está en un punto de inflexión. En tal sentido, su renovación y articulación a la necesidad cotidiana global es imprescindible. Mientras algunos autores enfatizan su crisis sin solución, otros indican que debido al tope de su competencia es tiempo de ampliar la arquitectura del orden mundial.

Tal vez, el error incurrido ha de ser la concentración en el crecimiento de capital por encima del desarrollo humano. Y eso por supuesto, ha sido uno de los factores dominante por lo cual dentro de la esfera internacional se concibe el laceramiento de sus buenas intenciones. Aunque todavía existe un relativo respeto por aquellas instituciones multilaterales de carácter político y social en virtud de la armonía con que se ha sostenido el mundo.

Hoy, lo que ocurre es un desplazamiento innovador de los métodos multilaterales conocidos. Probablemente con criterios unificadores más participativos y menoscabados de la concepción westfaliana del Estado nación.

En consecuencia, los órganos multilaterales propensos a dirigir el mundo en el aspecto político, económico y social tienen como desafío fundamental establecer por lo pronto una reforma estructural. Que incluya países con el peso suficiente para velar por el bien colectivo de la región a la que pertenece. Y por supuesto, que cuente con la posibilidad de formular políticas globales calificadas para replantear una convivencia universal más dinámicamente integral y apegada a criterios medioambientales vigentes.

De manera que, los triunfos multilaterales no deben medirse de forma individual o regional. Deberá ser un juego de sumar y ganar para toda la humanidad.

El coronel español Luis Caamaño Aramburu expresa en su obra la Eficacia del Multilateralismo, que: “El mayor éxito de la ONU, como ejemplificación de una institución global, ha sido la capacidad de aglutinar las posturas e intereses geográficamente de todos los Estados, aunque ese éxito carezca de efectividad en la práctica”. Eso, porque lo que verdaderamente ha faltado es una superioridad de la vinculación jurídica sobre las políticas. Asimismo, consecuencias directas de las decisiones tomadas, al tiempo que le brinda un seguimiento debido a la adaptación constante de sus resoluciones. O, más bien, una balanza sensata del poder de lobby de unos países sobre otros, para que sus decisiones resulten acogidas sobre las que no les beneficien.

Finalmente, revertir el camino del derrotero multilateral, ha de ser tarea compleja. Y la responsabilidad es de aquellos diplomáticos que deseamos desinteresadamente obtener resultados inmediatos, efectivos y justos que garanticen el clima de sosiego que tanto necesitamos.

Ojalá que así sea.

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