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En memoria de un amigo

Era poco más de mediados de los ’80 cuando junto a los periodistas Ricardo Rojas León y Héctor Linares conversamos por más de una hora con José -Nene- Ureña, en una entrevista para el espacio ‘Los desayunos de los lunes de Última Hora’.

Nos conocíamos. Yo al banquero, empresario, emprendedor, dueño de periódico, opinante sobre la economía, el comercio, tema que le apasionaba. Él conocía al periodista. Ese día, recuerdo, iniciamos una amistad personal que perduró y trascendió a su hijo, José Arturo.

La semana pasada me sentí apenado, además de la tristeza por su fallecimiento, por la indiferencia de las autoridades y organizaciones de la sociedad nacional ante su muerte.

Nene Ureña fue embajador del país ante Japón, Canadá, Ecuador y cónsul general en Hungría. La Cancillería no publicó, siquiera, una esquela sobre su fallecimiento, ni que el cortejo fúnebre pasara por la entrada del Ministerio, como se estila y manda el protocolo. Pero tampoco lo hizo la Asociación de Bancos, la Federación de Comerciantes, de la cual fue fundador, y ni siquiera los periódicos nacionales en sus editoriales ya que además de hombre público, fue propietario-fundador de uno de los matutinos importantes del país, El Siglo.

En su funeral esos y otros brillaron por su ausencia. Allí estuvieron los debían estar, los que le querían y respetaban, con sus virtudes y defectos. Los falsos, no hicieron falta.

Esta columna la dedico como recuerdo al amigo, y a modo de desagravio por la actitud de esos ingratos y ‘amigos’ coyunturales. Algo que él describe, de manera elegante, en su obra ‘Rompiendo el silencio… memorias de un banquero’.