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Internacional

La extraña pareja

Pedro Sánchez ha conseguido ser investido como presidente del Gobierno por tercera vez. El líder del Partido Socialista Obrero Español (PSOE) ha podido asegurar este nuevo triunfo gracias a los pactos con los partidos independentistas y a cambio de una muy polémica ley de amnistía. La ley en cuestión, que hasta hace poco los socialistas habían tachado de inconstitucional, sobre todo favorecerá al independentismo catalán, que en 2017 se alzó con un acto de sedición al convocar un referéndum de autodeterminación ilegal. Lo cierto es que ha revalidado este mandato con los 179 votos que necesitaba y en los próximos cuatro años se enfrentará a las exigencias de sus socios independentistas y a una oposición, representada por el Partido Popular y los ultraderechistas de Vox, que dará voz a una gran parte de la sociedad que se opone a estas concesiones al independentismo por considerar que contribuyen a una grave fisura de la nación española. Sin duda, lo que le esperan a Sánchez y su nuevo gobierno es todo un reto para evitar la ingobernabilidad.

En los días previos a su investidura, las protestas en la sede del PSOE, situada en la céntrica calle madrileña de Ferraz, se fueron intensificando. Más allá de las manifestaciones pacíficas que cientos de miles de votantes de la derecha han secundado para expresar su rechazo a las políticas de Sánchez, se han producido serios incidentes protagonizados por elementos violentos de la extrema derecha. Con su rechazo al sanchismo pretenden conjurar el regreso de la España franquista. Enfrentados a la policía con actos vandálicos, dicen luchar contra la “dictadura” socialista invocando una que durante cuarenta años sojuzgó a los españoles. Además de violentos, también han sido, cuando menos, extravagantes, presentándose muchos de ellos con muñecas inflables que representarían a las diputadas socialistas, a las que igualan con empleadas de “puticlubes”. Forma parte del ADN rabiosamente machista y misógino de estos nostálgicos del fascismo.

Y hablando de extravagancias, el colmo de la rareza en medio del crispado ambiente ha sido la aparición en Ferraz del comentarista político de la ultraderecha americana Tucker Carlson, que llegó con Santiago Abascal, dirigente de Vox, haciendo de anfitrión. Aunque Abascal se paseó con él dándole categoría de invitado VIP, la mayoría de los manifestantes que cercaban la sede socialista no sabía bien quién era ese personaje, ajenos a que se trata de uno de los mayores propagadores de las teorías de conspiración y falsedades aireadas bajo el auspicio del trumpismo. Hasta su caída en desgracia, Carlson había sido una de las estrellas de la cadena de cable Fox, que forma parte del imperio mediático de Rupert Murdoch. En el horario estelar de la noche, su vitriólico programa servía de plataforma para lanzar el veneno anti inmigrante, racista, misógino, anti vacunas, negacionista del cambio climático y fue uno de los propagadores del intento de golpe de estado el 6 de enero de 2021. De hecho, aquel aciago día en que el saliente presidente Trump exhortó a sus seguidores a marchar hasta el Capitolio para frenar la certificación de Joe Biden como presidente electo, Carlson intercambió mensajes de texto con asesores cercanos al ex presidente.

Pero su buena fortuna se acabó cuando la cadena se vio obligada a pagar una demanda millonaria —más de 787 millones de dólares— a Dominion, una empresa de recuento de votos. A pesar de que Carlson sabía que se trataba de una falsedad, acusó a la compañía de haber manipulado los votos para favorecer el triunfo de Biden. En realidad, se estaba prestando a hacerse eco de las fabricaciones de Trump sobre un supuesto fraude electoral. Lo irónico es que, tal y como se comprobó por los mensajes que fueron parte de las evidencias en el juicio, el controvertido presentador se burlaba del entonces presidente y daba por hecho que lo que afirmaba eran inventos. Murdoch, que está más apegado a su fortuna que a sus alianzas políticas, se deshizo de él cuando vio afectados sus intereses por la indemnización que tuvieron que pagarle a Dominion por difamación.

Desde entonces Carlson es más o menos un verso suelto de la ultraderecha en la órbita del trumpismo. Ahora tiene un programa a través de la plataforma X (antiguo Twitter). Y digo más o menos porque Carlson obedece a las directrices de esa multinacional del nacionalismo inflamado de la que Steve Bannon se erige como gurú en Estados Unidos y también en Europa, donde el húngaro Víktor Orbán y el español Santiago Abascal lo ven como mentor. La comparecencia de Carlson en Ferraz junto al líder de la ultraderecha española era un espaldarazo del brazo trumpista a los preceptos de Vox. De ahí la foto de tan extraña pareja, en medio de los disturbios de los exaltados que no se resignan a acatar los mecanismos (por insatisfactorios que a veces nos resulten) de una democracia parlamentaria.

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