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El dedo en el gatillo

El arte de la fuga

Tengo una buena amiga. Es de carne y hueso, me lee, me respeta y se preocupa por mi salud. Entre otras virtudes es una profesional a quien admiro por su constancia y capacidad. Me escribe cuando sus urgentes ocupaciones se lo permiten. Conoce mis problemas físicos y me ofrece su optimismo para seguir adelante.

A cada rato me obsequia libros poco conocidos, valiosos todos. Algunos no me son ajenos gracias a la magia de la Internet, aunque no haya tenido la dicha de leer, subrayar, comentar e incluir todos entre los que duermen en la mesita de noche de mi cuarto, carcomida por el comején.

Mi amiga, a pesar de los trajines propios de su profesión, sabe tratarme como si fuera su hermano. En este noviembre de guerras, aguaceros y dudosas certidumbres, donde parece que el mundo se va a venir abajo, me ha sorprendido con dos publicaciones ejemplares.

Con ambas he disfrutado el placer de la lectura y he profundizado algunas ideas muy personales, algo que muy poco se hace hoy. Uno de esos tomos tiene un doble título: “La vida fácil” y “El arte de la fuga”(Anagrama, 2021), del autor soriano J. A. González Sainz (1956). El mismo nos transporta al mundo interior de un ser humano que habita el Primer Mundo, pero con ideas que caben en diversos engranajes. Reúne la experiencia y madurez de un compueblano del otrora gran poeta Antonio Machado.

Aquí, se dan la mano la reflexión, la filosofía y la experiencia de alguien que invita a sus lectores a vivir abandonado en cualquier puerto, como si fuera a saltar al vacío con un paracaídas en sus espaldas y, mientras va surcando el aire, observa sitios posibles e imposibles donde mujeres y hombres viven como pueden, a veces como hormigas, dándose cabezazos entre sí, en busca de alimentos para almacenar, y sobrevivir.

Conocí al escritor mexicano Sergio Pitol antes de que visitara la Feria Internacional del Libro de Santo Domingo. Accedí a su correo electrónico. Desde el primer intercambio de afectos, no me pareció recién llegado de un planeta raro. En su aventura europea, sobrevivió gracias a traducir hasta las manchas del Sol. Nos escribíamos con frecuencia y en sus correos me contaba de su vida sosegada, su biblioteca personal, sus gatos, vecinos y gente común y corriente con saludos al pasar: ese era el centro de su vida. No se daba cuenta de su grandeza. No era un escritor de mala muerte, sino un genio de las letras.

Uno de sus libros lo tituló “El arte de la fuga”, igual que González lo hace ahora con “La vida pequeña”. No sé si aquel ha leído a Pitol, ni si le es cercana la obra de la cual tomó su título prestado. Lo cierto es que la magnitud de ambos es real.

Mientras el mexicano explora el devenir con el arte del viajero que ha pisado tierra extraña y sabe que algún día su huella también será borrada, el español viste las alas ocultas dentro de sí mismo. Es una forma de jugar al fútbol con dos porteros a la vez para que el equipo contrario no anote frente a tamaña formación. González emula la forma literaria, pero su hondura conceptual es otra. En el caso de Pitol, reúne pequeños ensayos, crónicas, relatos, diarios y memorias; se fuga del diarismo para detenerse en reminiscencias, admiraciones, nostalgias y premoniciones. Su libro es un festín, un tributo al intelectual latinoamericano que no olvidó sus raíces por lejos que estuviera de los suyos.

Libros aparte, algunas personas insisten en la actual importancia de las redes sociales. Y no les sobra razón. Se lee más por esa fuente. Pero no mejor. Y además, han aparecido en ellas figuras raras. Se llaman influencers y sus temas preferidos oscilan entre decoraciones, peinados, exotismos, comidas, famosos, devaneos y autoayuda. No todos los influencers desvirtúan, pero muchos, sí.

Quienes hacen fama dentro de ese modelo comunicacional, no son premios Nobel. Ni han quemado sus pestañas durante años frente a obras fundadoras. No necesitan nada más que hablar raro, sacar la lengua y bañarse en fama. Pero en su intimidad miran con nostalgia a las gaviotas cuando vuelan sobre el mar en busca de peces voladores que saben esquivar picotazos hambrientos.

Mientras se perfeccionan, las redes sociales han ido a parar a manos iracundas. Sus actuales manejadores no encuentran universidades apropiadas para controlarlas, ni formación familiar para llevar a la palestra pública discursos de interés que ayuden a sobrevivir en esta loca humanidad que desea cambiar la altura que ha heredado a cómo dé lugar.

No estoy apuntado en ninguna red social. No soportaría pedirle consejos a alguien que me proponga escuchar un concierto de Bad Bunny. Prefiero disfrutar los libros que mi amiga se encarga de hacerme llegar para cumplir mi ruta viajera por esos puntos desconocidos que enriquecen lo único que poseo y entrego sin costo alguno a los demás: mi espiritualidad. Aunque mis palabras lleven un sello de utopía.

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