SIN PAÑOS TIBIOS

Antes que el Isabela muera

 Navegar es también una metáfora, un recorrido por ese mar que llevamos dentro, que nos hace pensar y reflexionar en torno a los misterios insondables que nos agobian. Ayer, mientras navegaba por el río Ozama y su tributario principal, el Isabela, no pude menos que pensar en torno a la locura urbana de esta ciudad desparramada sin orden ni límites, y en los cinturones de miseria creados en su periferia urbana, barrios que son testigos mudos del fracaso de todas las políticas públicas, en donde cientos de miles de dominicanos sobreviven a duras penas. 

Mas de 5,500 toneladas de basura recibe diariamente Duquesa, el enorme vertedero a cielo abierto donde se depositan los residuos que generan los habitantes del Gran Santo Domingo; un territorio post apocalíptico en donde dominan los más fuertes, y se estructuran bandas que medran en torno a la basura que allí llega, disputándose todo, negociando con todo y haciendo de todo. 

El río no nos importa porque está lejos, porque no lo vemos, pero, aunque neguemos esa realidad, el líquido residual que genera esa basura en descomposición llega inevitablemente al cauce del Isabela. Arroyos no de aguas cristalinas, sino de lixiviados que descargan directamente en el río, junto a toneladas de desechos que son arrojados por las granjas, industrias, mataderos, y la contaminación producida por las más de 500 toneladas que diariamente entran al río por sus 92 cañadas. 

El Fideicomiso DO Sostenible lidera el proceso de búsqueda de soluciones a esta problemática, armonizando los esfuerzos públicos y privados. Su director ejecutivo, Paíno Henríquez, explicaba a un grupo de comunicadores, justo en el medio del río, que están implementando un modelo de saneamiento y gestión sostenible de las cañadas, articulando con los comunitarios las redes de recolección, clasificación y aprovechamiento.  

Poco a poco se ve un pequeño cambio, pero el gran desafío ciudadano está ahí, a ojos vistas. Duquesa desborda la capacidad presupuestaria, no sólo del fideicomiso, también del Ministerio de Medioambiente, porque es un desafío del Estado y de toda la sociedad. 

Se trata también de que hay que sancionar a quienes violan la ley; implementar la responsabilidad extendida del productor, porque para garantizar la sostenibilidad financiera del sistema, quien genera el producto debe pagar para compensar los efectos contaminantes que conlleva su producción o comercialización; hay que empoderar a la gente sobre la problemática, a través de campañas masivas de educación que creen conciencia para exigir a las autoridades una correcta disposición y aprovechamiento de esos residuos. 

Mientras, el río que está llamado a garantizar la disponibilidad de agua del Gran Santo Domingo —en un contexto global de reducción de recursos hídricos, sequías y cambio climático desafiante—, exhala, moribundo, millones de burbujas de metano que desde el fondo de su cieno emergen a la superficie en una clara advertencia de que está viviendo sus últimos años, y ni como Estado, ni como sociedad, ni como ciudadanos, podemos ser indiferentes.