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¿Sin ética, sin poesía y sin Dios?

Hasta los peores mentirosos quieren que el resto del mundo diga la verdad (Savater)…

En toda época, ajeno a las distancias elementales, el valor enaltecido de hacer lo correcto (las buenas acciones) no admite discusión sincera. Aquí reside, sin márgenes de porfiadas cogitaciones, la esencialidad intrínseca de los valores humanos. El rasgo medular de la bondad, del buen obrar.

Es más, los atributos éticos del ser viviente (solidaridad, compasión, empatía, amor, generosidad) han permitido, no sin grandes sacrificios, la continuidad de la siempre acosada familia humana.

Pero los valores no se descubren, se construyen, aseveraba Fitche. Y si bien esta tesis puede ser discutible, no es menos cierto que tampoco hay sociedad sin escala de valores construidos. Rituales y narrativas, levantados en y contra la historia, símbolos que han servido de cemento social, fragua y sello de cohesión, sentimiento de pertenencia y comunidad.

Como se sabe, la Modernidad fue la construcción de un edificio cultural muy sólido, con imperativos fuertes y sembrados relatos. Narraciones que, discusión aparte, partieron de la concepción dialéctica y del pensamiento dual.

Empinada sobre los muros de la Ilustración, la Modernidad habitó la Razón, o, al revés, el sujeto moderno cognoscente, dotado de autonomía, fue habitado por ésta.

A juicio de Lyotard, el período moderno, de los grandes relatos, se concibió así mismo como etapa de plenitud, época pletórica de promesas, superación civilizada y prosperidad para todos. Por eso el Iluminismo, Siglo de las Luces, se rindió ante la conciencia ilustrada como la pretendida diosa de la nueva humanidad. Y aunque muchas fueron incumplidas, aquellas promesas imprimieron, con buena tinta, en la conciencia universal, las letras doradas de la dignidad y los derechos humanos.

Doscientos años después del acta de nacimiento y la adultez ontológica del hombre moderno, el sujeto cartesiano cambió de domicilio. Y, removido y desalojado hoy, el edificio irrecuperable de la Modernidad saltó en pedazos y junto a él, volaron valores, costumbres, relatos. La fragmentación de la nueva vida y sus costumbres proyectó la imagen sincrética de un espejo roto. Entre trocitos y fisuras, la tormenta multicolor de la postmodernidad arrastra y remenea, quedando muy pocas cosas enteras.

El mundo de las metáforas duras cedió habitáculo al universo de los frágiles relatos. Hecha pedazos, hemos pasado de la sociedad de la tradición a la sociedad de la adición. A otras formas sociales de incontables adicciones novedosas.

La postmodernidad, que innegablemente exhibe logros y estadísticas económicas sorprendentes, mantiene pugna contra todas las costumbres heredadas de la vieja cultura. La hiperculturalidad globalizada incluye formas culturales del pasado, pero deshistorizadas, privadas de su origen y de su tiempo, fabricando una especie de cultura sin recuerdo histórico.

No por casualidad Byung-Chul Han (2015;2018) lo denominó el tiempo de la supervivencia histérica, en tanto en cuanto el sujeto reniega de su pasado kantiano para volverse más hedonista, narcisista y aislado, “donde todos son yo”.

Un ego positivo, absoluto, que persigue el placer total, en todo momento, carente de seducción, imaginación y secreto. Fue aquí -puntualiza Han- en dónde la pornografía digital derrotó, por primera y última vez, al Amor y al Eros.

En ese reino de la mirada fugaz, el sujeto cohabita en su marea de excitaciones. Allá arriba, en el panóptico digital, todo se expone, obsesiva y excesivamente, a veces de forma obscena. Sociedad del exceso, o de los excesos, locus propicio donde germina y crece el consumidor ideal, quien, viento en popa, se alza sin carácter fuerte, sin constancia, poca firmeza y nula solidaridad. Levantando vuelo, con su capa cosmética de alegría, cada vez más vacía pero motivadora.

Como en otros tiempos, del mundo que ya tenemos encima, sutilmente entreoímos los ecos. Desde luego, que ya hay quienes empiezan a ribetearlo con toda categoría de expertos, entre futurólogos y mistagogos del porvenir. Una cantera inabarcable de ideólogos positivos, taumaturgos, oradores motivacionales, gurúes de autoayuda, coaching motivadores, lideres emprendedores y políticos providencialistas y falaces.

Celular

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Sobrarán clarividentes encantadores y especuladores de toda laya. Sin cedazo intelectual, verdaderos espeleólogos del destino humano, extraídos del mismo corazón del mercado, que, en su círculo vicioso, es el responsable de recrear las consustanciales arritmias existenciales.

Sin embargo, ante las serias y mayúsculas preocupaciones; frente a las miserias éticas que se solapan y asoman, ¿quién responderá? Ante la hipersexualización mercantil de la vida, la adultización precoz de la infancia, la erotización degradante de las vidas jóvenes y, en fin, la cosificación grosera de la vida común.

Dentro de la infinitud de complejidades y preguntas que entreteje este tiempo postmoderno, subyacen cuestionamientos latentes:

¿Qué consecuencias acarreará la mutación total de tantos valores sustanciales para la convivencia?

¿Cómo restaurar la pérdida de los pequeños rituales que nos sirvieron de piso y columna para cohesionarnos, comprendernos y, más que todo, para evitar devorarnos?

¿Qué nuevo de ethos sustituirá mañana a las virtudes cardinales que aún conservan vigencia?

En definitiva, si nos atenemos a Heidegger, comprender es, en esencia, descubrir la capacidad de interrogarse. De ese modo, conforme al pensar del filósofo alemán, todo preguntar es una búsqueda. Entonces, no sería pueril preguntarse:

¿Qué modelo de sociedad habrá de surgir de un mundo que ya puede caminar y respirar sin ética, sin poesía y sin Dios? Vengan respuestas…

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