Opinión

¡A dónde iba tan de prisa, la bella ballerina!

Hace varios lustros, una hermosa ballerina de ballet, hija de un apreciado amigo, el Arquitecto Leopoldo Espaillat Nanita, falleció en el momento culminante de una práctica de ensayo para una presentación, que debió realizar en el Palacio de Bellas Artes dos días después. Entre distintas ballerinas, María Elena Espaillat de apenas 16 o 17 años, sufrió un síncope cardíaco, en el preciso y culminante momento en que desplazándose en el ensayo se empinó sobre el tablero y habiendo alcanzado su vuelo más alto y conspicuo, danzando en tránsito del vacío al universo, se desplomó al suelo muriendo al instante. Aquella escena nos conmovió a todos. Quisimos revocar sus efectos. Un rayo de muerte se había cobijado en aquel cuerpo nuevo, estilizado, flexible que danzaba rítmicamente. Parecía que un ángel se desplomaba desde el telar del cielo gris de la sala de ensayos, previa a la presentación final. Nos aturdimos. La impotencia fue absoluta y golpeó con fiereza. Un poeta venezolano escribió unos versos que decían: “Mientras los niños mueran/ yo no logro comprender la misión de la muerte”. Pudimos decir, que mientras una bellísima criatura muera, alzándose como un ángel tutelar en el podio derribada por el rayo gris de la muerte, no logramos entender la función de la muerte. El hecho sucedió de manera tajante, inapelable. ¿A quién le pediríamos cuentas? ¿A qué deidad nos dirigiríamos para entender esa tragedia?

Escribí un texto llamado “Mirándote bailar”, que lo presenté una noche, meses después en el Teatro Nacional, interpretado por la excelente ballerina, Carolina Becker. En el poema la citaba: “Fascinante y divina danza la deidad /El instante donde una ballerina se alza/ Y queda anclada vestida de querubín y garbo/ En un solo suspiro de claridad y sollozo/ María Elena Espaillat/ Nos deja cuando intenta subir al cielo/ Núbil sinfonía del alba herida/ Empinada en su caserío de mariposas/ Ella danza danzarina cuando tú danzas/De su lejanía nos acompaña su fulgor/ Su terruño sublime de lámpara encendida/Próxima al mar y su hechizo/ Mirándote bailar urde el ego lo divino…/ Mirándote bailar/ Me colmo de lumbre y prodigios/Vértigo de fiera y alhajas en tu cuerpo sorprendido/ Flamígera en tus pupilas/ Mirándote bailar/ Oh, yo bailador inmóvil/ Embebecido en tu aura/ Cobijado en las vestiduras infinitas de tu alma…”

La reflexión sobre la muerte implica un despojo de tristeza cardinal cuando se presentan casos dramáticos por su contenido de tragedia y dolor. Numerosos filósofos y pensadores clásicos agotaron la temática reflexiva sobre la muerte. Azuza el desconcierto al alma desolada cuando la muerte irrumpe a temprana edad, contradiciendo el orden lógico del tiempo humano, supuesto a agotarse en su ciclo de edades correspondientes. Es evidentemente una queja inútil, cuando el nubarrón grisáceo de la muerte irrumpe sin lógica ni ordenamiento crepuscular. Pero vivir apenas y morir en un esfuerzo físico y espiritual de entonación rítmica con las energías del universo, morir bajo el candor del tiempo de las risas y la primogenitura del amor, fugarse por un túnel de mariposas floridas y sonidos telúricos bajo el vértigo felino de la soledad absoluta, donde riela Dios su envoltura fosforescente. Creo que la música es un puente hacia una eternidad grávida y voraz de destellos, una áncora donde danza la bella ballerina que se deshizo cuando cabalgaba hacia el cielo, dejándonos a nosotros ese legado de lumbre y espejo.

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